Nuevo Amanecer

Luces de Bohemia

Ramón María de Valle Inclán (Galicia, España, 1866 -1936)

Pendenciero, bohemio, pedante, soberbio, orgulloso, bebedor, sátiro, tierno y además se le rompía el corazón viendo un animal herido. Todo ello pudo haber sido este otro manco mágico de la literatura española.
Un señor de señores único, una barba de chivo que no decía otra cosa que la verdad, o lo que él pensaba que era verdad. Se declaró carlista por estética, lo que hoy consideraríamos un hombre tradicionalista, de la derecha más rancia. Sólo lo hacía para provocar. Él mismo era una provocación para la época que le tocó vivir. Al caer la noche, Valle, siguiendo los vaivenes de la época, se inclinaba hacia la izquierda y casi hasta el anarquismo.
Si no hubiera sido por él, tal vez no estaríamos hablando de algunas figuras literarias de aquellos años que merecen la pena rescatarse. Si no hubiera sido por él, estaríamos lamentando otra generación perdida, pero en esta ocasión no por causa de una guerra mundial, sino por el vacío. Una generación de autores maravillosos, muchos de los cuales terminaron ahogando sus frustraciones en las barras de madera de las tabernas. Valle Inclán no se daba tregua en su intento de revolucionarlo todo. Sus obras de teatro son extremadamente difíciles de representar, él lo sabía, pero no dejaba de lanzar su reto, con una calidad indiscutible, para que el problema lo resolvieran otros. Utiliza a sus propios hijos, sus propios personajes quiero decir, para incluirlos dentro de otra ficción, una vuelta más de tuerca que a uno lo deja zarandeado.
Luces de Bohemia es el canto del fracaso, de los perdedores de nadie sabe qué, de los amigos de Valle, pero cualquiera de nosotros hubiera dado lo que fuese por estar al menos un segundo, transportados por una máquina del tiempo y de la imaginación en una de aquellas tertulias en un café de Madrid o en el mismísimo cementerio hablando con Rubén Darío (también personaje de Luces de Bohemia) y el Marqués de Bradomín (el universal don Juan de las Sonatas de Valle, ese señor “feo, católico y sentimental”).
Valle quiso honrar a todos aquellos ángeles caídos de la noche y del arte y les construyó un monumento literario en el género que él dominaba como un maestro: el teatro. Era un Madrid triste, de personajes tristes, una época de entreguerras a la que España, con su contienda civil, iba a servir de anticipo de la peor de las guerras. Max Estrella, el protagonista cuya historia sirve para reunir en torno a sí a los demás personajes como Rubén Darío, es un poeta fracasado. Max representa a Alejandro Sawa, un escritor sin fortuna que trabajó para Rubén Darío y que, al morir, dejó una obra inédita titulada: Iluminaciones en la Sombra. Puede que Valle se sirviera de esa noticia para ponerle título a su Luces de Bohemia.
La historia de Max está rodeada de la mala suerte, de olvido y de ese destino trágico, o esperpéntico, repleto de ironías crueles a las que las vidas de muchos se ven arrastrados. Una historia de mala suerte y de falta de dureza en el corazón para soportar los golpes más fuertes. Un poeta suele tener resistencia para todo, un Lord Byron, por ejemplo, puede irse a luchar por la libertad en Grecia, pero no soporta que una muchacha le mire con desprecio al observar las dificultades con las que camina por su discapacidad de una pierna. Un poeta aguanta todo menos que le partan el corazón.
Lo mejor de Luces de Bohemia, como no podría ser de otra manera, no son los cambios vertiginosos de escenas, ni los efectos, ni siquiera la caracterización, sino los diálogos. Como en la poesía, en el teatro, cada palabra está medida. Por una palabra mal enlazada en un diálogo, se puede caer un personaje, puede pasar de lo verosímil a lo falso, por eso no es de extrañar que una coma más o menos sea objeto de horas y horas de valoración por parte del autor, y aún cuando toma la decisión final nunca está seguro del todo.
Los textos de teatro son una lectura peligrosa, porque contagian de manera fácil y rápida. Siempre me ha encantado, mientras leía obras de teatro, figurarme el escenario, los gestos de los personajes, la disposición. El teatro enamora y yo siempre me digo que es mi vocación frustrada, antes de haberlo intentado incluso, como si lo hubiera asumido como un amor platónico. El problema es que la lectura de las obras de teatro se hace de una manera más alegre y liviana que la de otra clase de literatura y apasiona tanto que uno termina exigiéndole a la novela o la poesía la misma intensidad dramática. Los textos de teatros son la forma de literatura más pura y también la más divertida. Si quieren despertar la imaginación en un niño, dénle a leer obras de teatro.
Me atrevería a decir, si es que uno puede atreverse en esto, que no hay mejor forma de iniciación a la lectura que las obras de teatro. Después del Siglo de Oro, quizá el teatro en español le deba mucho a Valle Inclán. No fue hasta entonces, hasta los inicios del siglo, que contamos de nuevo con obras de gran calidad literaria. Muchos años van de una época a otra. Quizá esté siendo algo injusto en esta valoración, pero en un par de páginas no se puede hacer justicia a todo. Luces de Bohemia recuerda a esos borrachos que mientras se tambalean, les surge en la memoria y en la imaginación la oportunidad de reivindicar su orgullo y adoptan las poses de un combate. La búsqueda y la lucha por la propia dignidad, aunque dos hombres tengan que ir a encontrarla en un cementerio. La ambientación, el ritmo y sobre todo los diálogos hace que a veces uno se imagine más sobre la vida real que sobre el escenario a esos autores, muchos de los cuales, hundidos y en la miseria, Valle, en un acto de solidaridad que le honra, les dio brillo como si fueran finos cristales de bohemia, luces ocultas que poco a poco irán descubriéndose. Será el tiempo --y no que se escriba de ellos-- quien haga justicia. Entre la perdición y la desesperación, entre la vida y la muerte, estos hombres y mujeres de un tiempo gris nos dieron con sangre una página genial. Después con el tiempo ha habido muchos como ellos, náufragos con un corazón que no les cabía en el pecho, digamos Carlos Martínez Rivas, nuestra propia luz de bohemia, por ejemplo.
franciscosancho@hotmail.com

Por un error de coordinación, la entrega anterior apareció con el número 6, siendo en la realidad la número 7. Nuestras disculpas al autor y a sus lectores.