Nuevo Amanecer

El río San Juan

“Nosotras somos como el río San Juan, le pertenecemos a Nicaragua pero nos navegan los ticos”. Irma Prego

Irma, vos ya no estás aquí para acompañarme en este escenario que como ciudadana espectadora, nicaragüense–costarricense, debo contemplar y asumir con el corazón partido en dos.
Seguramente navegarás por el río San Juan, sentada junto a don José Coronel, tu gran amigo poeta y compatriota que también amaba a Costa Rica, a doña Carmen Naranjo y a su largo poema “mi guerrilla”.
Aquí donde vos y yo crecimos, como mujeres, personas, y seres humanos. Entre el guisar, el cuido de nuestros hijos y el temible delirio de escribir que nos sorprendió como por arte de magia, porque estuvo ahí, transmutado en silencio.
Nos inventamos y mezclamos como granito de arena, para dejar en alguna parte de este planeta una construcción más sólida y fiable, que nos permitiera vivir entre hermanos.
Es en esta tierra de nuestros hijos costarricenses donde nunca olvidamos el lugar que nos vio nacer, de donde vinimos y pertenecemos: de Nicaragua, vilipendiada por usurpadores que siempre han sido de los nuestros.
Cosechas enteras de esperanzas se han tragado en este lugar donde la tierra no sólo habla, sino que da fruto para todos, pero qué desalmado desperdicio.
Te pregunto, amiga, será posible que vos y don José, durante el viaje por esas aguas, puedan enviarnos una señal de amparo y convergencia.
No es justo que nuestros gobiernos continúen gastándose en vanas discusiones.
Vos lo dijiste Irma, ¿te acordás? “Nosotras somos como el río San Juan, le pertenecemos a Nicaragua, pero nos navegan los ticos”.
¿Qué cree, usted don José?
El río, objeto de su amor, de su poesía, que lo llevó a usted hasta el cielo, porque el río fue su cielo en la tierra, patrimonio nicaragüense para la humanidad.
Costa Rica nunca ha dicho que el río San Juan le pertenece.
¿Qué dice Dios de todo este enredo?, platiquen ustedes con él y que nos dé una ayudadita, para que toda esta marabunta politiquera se enrumbe hacia donde el río quiere.
Y vos Irma, que con tanta gracia e ingenio conversabas con tus amigos y amigas costarricenses, a través tuyo les fue fácil comprender nuestra manera directa de hablar, les explicaste que hasta podemos parecer irreverentes, pero en nuestro interior no hay más que un niño apasionado.
Te amaron en esta tierra bendita, bendita así dicen las viejitas de este país, “Costa Rica es una tierra bendita”. Y yo les creo.
Viviste en permanente interacción, les diste y te dieron, como es de ley, nada se les olvidó de tu “agonice con elegancia”.
Cuántos nicaragüenses se albergaron en los momentos más duros del éxodo, aquí viven ahora, y aunque pareciera pretenciosa mi idea, siento que así corresponde.
El nicaragüense ha venido a servir de agente nivelador en la economía de Costa Rica y, por ende, repercute positivamente en lo social. Aceptamos también la realidad, existen cuotas y límites para el buen funcionamiento del vivir en sociedad.
De este intercambio, Nicaragua obtuvo la oportunidad de mantener a miles de compatriotas alejados del hambre y la miseria. La mayoría, gente trabajadora y buena, que no tenía probabilidad de sobrevivir, en una República donde dos parias de la política nicaragüense, siguen desestabilizando a un país que ya no tiene más sangre que ofrecerles.
Muchos desearían volver a su patria, unificar sus familias fragmentadas - otros, tuvieron la dicha de salir juntos, se han adaptado y sus hijos son costarricenses - pero nada ni nadie les garantiza el pan nuestro de cada día ganado con el sudor de su frente, dolorosas pérdidas y separaciones han sufrido. Costa Rica les ha dado trabajo, ellos han sabido aprovechar la necesidad de mano de obra y han aprendido de los derechos del trabajador y sus obligaciones, como nunca lo hicieron en su país.
La carga de sentimientos y emociones que disparamos, a menudo en total divergencia con la sana construcción de la vida, destruye todo a nuestro paso, nos llenamos de mala leche.
No envenenemos las aguas de un río que sólo belleza, unidad y equilibrio aporta al universo.
Que le vaya bien, don José Coronel. Hasta luego, Irma Prego.
¿Creen ustedes posible invitar a Dios a darse un baño en las aguas del San Juan?