Nuevo Amanecer

Asalto a la palabra


A Mariano Marín, ciudadano de Las Islas.

Con el toque de los dedos en el teclado aparecen al trasluz las letras en la pantalla. Así emergen también del agua en el verano los petroglifos de Zapatera. El Águila y el Jaguar sumergidos, en un costado del lago, vuelven con la estación seca. Regresan humedecidos a resguardar con sus sellos el rostro divino de Cuatlicue, la Diosa del Faldellín de Serpientes.
En el lago de los archipiélagos, hace más de quinientos años, cuando fue revelada la profanación de sus deidades, los ancianos de Zapatera ordenaron de inmediato a los escultores esperar, al pie de los acantilados, a que bajaran las aguas y salieran a flote los peñascos, para tallar en ellos las réplicas de sus dioses y el laberinto de Isletas. Los más ardientes soles y las más calurosas lunas llenas las pasaban los artistas esculpiendo sobre las olas.
Cuando llegó la barbarie al cerro de las ceremonias y la estatuaria de filigrana rodó con sus alter egos, ya los toltecas que hasta aquí llegaron veían sumergirse a su Diosa, con el faldellín de serpientes y toda la cresta emplumada.
Desde entonces esconden las lluvias a las divinidades. Hasta que el águila sagrada regresa con el estío –-en Semana Santa seguro-–, cabeceando en el viento la presa. Busca tinta que culebree en su cauce, letra que brinque en la pausa y rama alta donde posar su sueño acechante y enroscar otra vez su asalto a la palabra nueva.
Pero en estos tiempos en que sin duda se pinta menos al escribir --es decir, cuando poco se ejercita el arte de trazar los signos y la práctica artesanal de elaborar letras propias--, no sé cuánto desoriente al águila que sigue desde las alturas el hilo circular del laberinto, el hecho que con sólo desearlo y sin tocar siquiera se graben e impriman perfectas en filas los últimos modelos de la caligrafía.
Lo que sí sé para su orientación --y respiro-– es que continúa apareciendo Cuatlicue en Zapatera y que aún se usan garras contra la presa: se encorvan los dedos frente a la página encendida y se empinan las uñas sobre el tablero, para que veloces y de puntillas bajo las yemas dancen las letras y las líneas corran como los cangrejos.