Nuevo Amanecer

En la gesta heroica de recuperar el cielo


Isla Zapatera, Granada de Indias, 2005.

Jugando a morir
Mis alas son mis dos pulmones. Con cada uno de sus aleteos traspaso distancias y me sumerjo profundidades. Es un vuelo que no cesa ni cansa. Una mamífera inmersión en la criatura, y viceversa (y en este caso estoy hablando del ascenso urgente a la superficie y del hondo suspiro que te toma entonces nasal): se siente cómo entra el aire en el pecho y cómo una ola encumbra por dentro su nostalgia antes de romper en el corazón. Es cuando aprovecho para alzar el vuelo. Con el tórax aún henchido hasta los rincones guardo el aliento cuanto puedo. Agradezco el soplo. Me elevo. Y aliabierto en las alturas, fingiendo que me he muerto, planeo longitudes.
Matriz de la buenaventura
Bienaventurado el hombre que se humilla temprano junto con los pájaros y también el que se ensalza en vino y se acuesta tarde. Bienaventurados ambos porque duermen ahora y poco importan ya sus nombres y apellidos, sexo, color y fechas que señalen el lugar y la historia que dejaron al partir. Una sola suerte los acompaña: un solo destino que los dos ignoran y que los dioses, dizque para el bien de todos, guardan hasta ahora. Callan porque temen vernos iluminando, con la llama en nuestras manos, el difícil camino de la perdición y prefieren contemplarnos afilando nuestras tarjetas frente a las cajeras, por unos cuantos monosílabos de verdad. Es por eso que inventaron otra senda. Otra ruta en donde te encapuchan en la entrada. Te toman de la mano. Y a ciegas y a tientas fingen embarcarte, entre golpes y tropezones, en la gesta heroica por recuperar el cielo. Esa es la razón por la cual persiste aún el trauma del paraíso y el sueño recurrente con los infiernos: desde pecar tan sólo con la mirada y mentir, hasta desconfiar del Dios que te toca y matar. Todo sin sospechar siquiera que cuanto sucede pasa ya sin menoscabo de la suerte que espera.
Palabra escondida
La palabra de hoy detuvo a tiempo su salida. Se ocultó cuanto pudo esperando que la musa que la inspira, mañana la distinga de cualquier voz que pase por la calle o se detenga en su casa. Se esconde cada día, porque prefiere el momento de sonar ella sola entre todas o, al menos, de ser encontrada alguna vez en el extremo de un arcoiris. (Aunque ya la he visto brillar rotunda como un dije en el escote azul de un sueño. Fue una noche que comenzó con una sola estrella en la tarde muriendo y una luna nueva a la par estrenando su filo creciente en el hemisferio).
Pero en esta ocasión inusual la desenterré por accidente (sucedió mientras escarbaba los surcos del día en el papel). Con delicadeza pagana la levanté del suelo y la acuné como deidad en mis manos. La alcé luego frente a mis ojos y soplé con cuidado sobre su rostro, para espantar el polvo y la ausencia y admirar así, con deleite antiguo, su belleza intacta, persistente a pesar de su boca pálida y la sed en sus comisuras (fue esta sequedad lo que me impulsó a humedecer su carmín desvanecido y a regresar a sus labios el ocre mojado por la pluma antigua de su ceramista. Fue un beso de despedida. Antes de acomodarla de nuevo en su acento y darle otra vez cristiana sepultura).