Nuevo Amanecer

Votos blancos en alegoría contemporánea


Colaborador NAC desde Brasil
(cardoso.everton@hotmail.com)

Elecciones. Un día de lluvia fuerte y, en un sitio de votación, sólo están los que allí trabajan. Pasa el tiempo. Poca gente llega a votar para alcalde hasta las cuatro de la tarde. Solamente a esa hora, la gente sale de sus casas y decide ejercer su derecho a elegir quién gobernará la ciudad. Para espanto de todos, el hecho de que la mayoría de la población hubiera votado no traerá de vuelta la normalidad al sufragio.
Entre los que votaron: 70% votó en blanco. ¿Sería algún tipo de protesta? Sobre esta pregunta se desarrolla toda la alegoría que crea el más importante escritor de lengua portuguesa de la actualidad: José Saramago.
Ganador del premio Nobel de Literatura en 1998, Saramago tiene en su propio nombre una historia interesante.
En 1922, cuando su padre lo fue a registrar, quería que se llamara José da Silva. Sin embargo, como el padre tenía el apodo Saramago, le registraron José Saramago da Silva, un chiste que casi no le permite ir a la escuela por tener apellido diferente de su padre. Por ese motivo, al final el padre también tuvo que adoptar el apodo formalmente para que el hijo pudiera estudiar. Después de haber trabajado de cerrajero, diseñador, funcionario público y periodista, Saramago decidió dedicarse exclusivamente a la literatura en el 59. Los lectores se lo agradecemos.
El Ensayo sobre la lucidez (2004) es, de una manera, la continuación del Ensayo sobre la ceguera (1995), pero de ninguna forma un segundo tomo. Al buscar sospechosos para la supuesta revolución, la policía decide buscar a las personas que años antes habían estado ciegas. En la investigación descubren que una mujer no estuvo ciega: ella sólo fingía para poder estar junto a su marido ciego. Pobre “mujer del médico”, víctima de la falta de culpables para los votos blancos.
“Mujer del médico”, una manera particular que Saramago tiene de dar identidad sin nombrar a sus personajes.
Tal vez un intento de dejarlos más amplios, más humanos y quizá, más importante, más cercanos a nosotros.
Aunque como lectores no sepamos sus nombres, nos causan empatía, uno se identifica con ellos y, a través de la descripción del autor, nos convertimos en cómplices íntimos de ellos.
El lugar, o más bien el no-lugar, marca otra característica de Ensayo sobre la lucidez.
Hablando de la capital de un país que podría ser cualquiera y utilizando un lenguaje muy particular -–con frases que no obedecen las reglas tradicionales de puntuación-–, el autor portugués logra crear escenas en las cuales el lector se siente envuelto en la persecución del gobierno federal a los mentores de la supuesta revolución de votos blancos.
Tan aclarador como la alegoría de la caverna de Platón, Ensayo sobre la lucidez también nos lleva a pensar sobre política en un momento en que todos parecen poder ser comprados y la palabra honor no parece querer decir nada. Esta lectura lleva a una reflexión obligatoria para todos los ciudadanos sobre el voto y su poder.
En ningún momento el no-lugar de Saramago podría ser empleado a tantos países: Nicaragua, Perú, Brasil y tantos otros.
Quizás es simplemente porque hablar de corrupción y ganas de protestar en Latinoamérica es, actualmente y para tristeza de todos, hablar de lo obvio.