Nuevo Amanecer

"Gigante ético" lo llamó Carlos Fonseca


Antes de la hora señalada
Son ilustrativas las anécdotas que acrecen la aureola del héroe‑poeta, conocidas después de su muerte. La primera de ellas cuenta que, estando exiliado en El Salvador, encontrándose en un parque con un ex oficial de la G.N., opositor a la dictadura, éste se quejaba de la impotencia de los nicaragüenses para acabar con ella, porque todas las conspiraciones fracasaban, y porque faltaba un hombre que se enfrentara personal y directamente al tirano. Rigoberto, que lo escuchaba en silencio, le dijo con firmeza pero sin alardes: “Yo puedo ser ese hombre”.
De regreso de El Salvador, de acuerdo con lo planeado con sus compañeros de conspiración, ya en León el 21 de septiembre de 1956, Rigoberto quiso entrar en el Teatro González, donde se realizaba la convención liberal‑somocista, pero no pudo porque se lo impidió el conocido guardia Toribio “Pipilacha” Obando. Pero en horas de la noche, Rigoberto sí pudo hacerlo a la Casa del Obrero, porque Oscar Morales Sotomayor, entonces teniente académico de la G.N., alejó a Obando de la puerta alegando que éste podía marcharse, pensando que él vigilaría mejor.
Don Agustín “Capi” Prío relata que Anastasio Somoza G. pasó con sus cortesanos -‑guardias, ministros y conmilitones‑- saludándolo desde la puerta de su negocio, entonces frente al parque central de León, lo que también había hecho poco antes Rigoberto, llevados por la fuerza del destino”, según palabras del popular personaje leonés, pese a que se le advirtió a Somoza por distintas vías de los peligros que se cernían sobre su vida. El periodista ya fallecido Armando Zelaya Castro, quien acompañó a Rigoberto hasta las puertas de la Casa del Obrero la noche del ajusticiamiento, relataba que vecino a su casa habitaba un oficial de la Guardia Nacional. Poco después de la acción de Rigoberto, una patrulla de guardias llegó a requerir al militar para que se presentara a la comandancia departamental, informándole puertas afuera que el general Somoza había sido herido de gravedad. A la pregunta del oficial sobre el autor del hecho, un alistado le respondió: “Se dice que fue un hijo de Sandino”.
El poema premonitorio de su muerte
Un ocultista diría que el poema “La confesión de un soldado”, de Rigoberto, es una precognición, una anticipación dramática de los instantes finales de su vida, ya en transición fugaz a la muerte. Sobre este poema se pueden hacer ciertamente diversas conjeturas, pero lo que en él nos conmueve es la sugerencia descriptiva, de la que serían las postreras secuencias de su existencia, luego de hacer fuego contra la obesa humanidad de “Tacho” Somoza G., en el que sin duda alguna es el poema mejor logrado de su escaso poemario.
De entrada nos dice que “una bala me ha alcanzado”, y que “he caído al suelo con una oración”, para agregar que está solo y abandonado, y que en el suelo hace una confesión, para en la segunda estrofa reiteramos que es Nicaragua su patria querida, su gran nación, y que “es por ella que sangra mi herida/, que sangra la herida de mi corazón”. A continuación, en la tercera estrofa afirma que pese a estar herido seguiría peleando, defendiéndola por todas partes, “hasta ver en tu suelo brillando/, brillando el sol de la libertad”.
¿Cómo no pensar al leer estos versos en los segundos finales de Rigoberto, luego de recibir la primera descarga del guarda espalda de Somoza? Veamos lo que preanuncia al confesar que las fuerzas le fallan, que se siente morir; y que al despedirse de la patria amada, “bajo tu seno yo quiero sentir / que tu sol calienta mi tumba fría”. Y luego le formula a la patria, en los dos versos finales, una propuesta que está cargada de sentido y de dinamismo histórico, y que se vincula a la carta última a su madre, pues asegura que “...otro hombre ocupará mi puesto/ hasta dejar al enemigo vencido”, o sea que su acción sólo era... ¡el principio del fin de la dictadura!
Tales son los versos que Rigoberto escribió el 2 de septiembre de 1946, ¡diez años antes de que cayera como una centella sobre el verdugo de Sandino y opresor de los nicaragüenses!, y de escribir el mejor poema de su vida, en la Casa del Obrero, el 21 del noveno mes de 1956. Se comprende entonces que por todo ello Carlos Fonseca Amador, considerando que para Rigoberto no había mayor bien que una patria libre, lo llamó sin reservas gigante ético. Justamente un hombre de bien como López Pérez habría querido serlo.

I

Una bala me ha alcanzado
he caído al suelo con una oración,
estoy solo y abandonado
en el suelo hago esta confesión.

II

Es Nicaragua mi patria querida
es Nicaragua mi gran nación
es por ella que sangra mi herida,
que sangra la herida de mi corazón.

III

Por ti seguiría peleando
defendiéndola de ciudad en ciudad
hasta ver en tu cielo brillando,
brillando el sol de la libertad.

IV

Las fuerzas me fallan, me siento morir.
Adiós oh patria mía,
bajo tu seno yo quiero sentir
que tu sol calienta mi tumba fría.

V

Ya que Dios ha dispuesto
que hasta aquí te haya servido,
otro hombre ocupará mi puesto
hasta dejar al enemigo vencido.

2 de septiembre de 1946.