Nuevo Amanecer

César Meléndez: “Sigo siendo el mismo”


César Meléndez es una voluntad optimista del Teatro Latinoamericano y su empeño de conciencia ha dado frutos persistentes al poner en escena el formidable monólogo “El Nica”. Nos ha dejado claro que su satisfacción personal es un asunto de nuestro tiempo: atrapar ese rostro humano de los migrantes, y cederlo a la constancia humanista en jornadas intensas por la recuperación de la confianza de patria entre los centroamericanos. Su tarea no ha sido fácil. Hay muchos muros decrépitos por derribar y odios y olas de escepticismo. Pero el amor a la gente es más abundante en César Meléndez, quien sigue fiel a la hermandad humana. Es un colectivista listo para debatir con la adversidad. Sabe que su trabajo para unos resulta incómodo, y para otros, un jalón de conciencia en la denuncia. Pese a todo, no sabe si con su forma de hacer teatro, profundiza en un provocador. Meléndez, sí sabe lo que le pertenece: entregarse al intercambio de compartir con la gente, y amar la vida sin formas de reducir la ternura.
Es joven y preciso en la humildad de ser nicaragüense y latinoamericano. Es teatrista, pero no un artista de poses y de maquillajes para esconderse. En nuestra conversación nos enseñó su alma y su sed de ayudar a construir una esperanza universal. Se compromete en el día a día, con la intuición, y con los retos y desafíos que impone el amor sin resignación.
César Meléndez nos dejó una agradable impresión como artista sincero y confiable. No quiere escalar la fama y sólo quiere ser un hombre sensible a las posibilidades de comunicación que por generosidad compartida le entrega la gente en los lugares que conocen de su quehacer teatral.
NAC conversó en exclusiva con este amable artista, y con las fotografías de Rodrigo Castillo así empieza esta amistad dialogada…
Tito Leyva: ¿Estás consciente de que con “EL Nica” en escena eres un gran provocador?
César Meléndez: ¿Provocador yo? Si es cierto, me gustaría con esta obra provocar cosas positivas.
TL: ¿Qué se siente ser en tan poco tiempo un símbolo del teatro latinoamericano?
CM: Yo no soy un símbolo, ni nada. Soy un humilde trabajador. Es paradójico que en Costa Rica, he encontrado una maravillosa oportunidad de expresarme con “El Nica”, y que lo sigan recomendando en las escuelas, colonias populares, zonas rurales, universidades, en salones comunales y bananales.
TL: Cuéntanos, ¿cómo se ha logrado este impacto?
CM: Si hay alguien a quien reconocer y agradecer es a la gente de las zonas rurales, porque con ella se inició este venturoso camino que lleva ya seis años. Es mi primera obra de teatro y en ella están mis primeros sueños y mis iniciales pasiones, mi primera ventana para vernos como seres humanos, hijos de un mismo pueblo.
TL: Eres un dramaturgo exitoso, ¿te ha golpeado la forma de ver tu vida interior?
CM: No quiero faltarle el respeto a los escritores, a los dramaturgos. Lo digo honestamente, yo no soy dramaturgo. Lo mío es un ejercicio de escritura.
TL: ¿Cuáles son tus referentes, tus influencias?, ¿a quién le agradecés por ponerte en el camino teatral?
SM: Mi primer agradecimiento es a Dios, por ser tan generoso conmigo. También mi profundo agradecimiento a mis profesores de la Escuela de Artes Dramáticas de la Universidad de Costa Rica, y a tanta gente que me ha tendido la mano para orientarme. De igual manera, a los críticos en general que han sido muy amables con lo que hago. En fin, a todos, porque sin ellos este artista no tendría la oportunidad de ser un servidor.
TL: ¿Qué te dice al oído la vida?
SM: Que siga peleando contra mi propia ignorancia y no desfallezca.
TL: Tengo entendido que tu esposa es tu productora, ¿cómo has logrado empatar con resultados armónicos?
SM: Lo que hemos logrado humildemente es la constancia del amor de Cristina Burgos y César Meléndez, hijos del arte y con pasión por la gente. Ella es una gran teatrista y miembro de la familia Castania, organizadores del teatro argentino y con gran expediente de calidad. Yo conocí de su gran labor en el Teatro Carpa y me quedó esa gran experiencia que fructificó en este amor. Con ella desperté mi pasión por ir a las comunidades y escuchar a la gente campesina, y gracias a esta misión, he recibido como abono mucha fe a mi trabajo. Confieso que he aprendido mucho a emular esas experiencias, que me llenan de orgullo.
TL: ¿Qué ha sido de tu vida antes del teatro?
SM: Estudié la carrera de Planificación y Promoción Social, después Administración de Negocios y fui cantante en varios grupos musicales, entre ellos, Manantial, Blanco y Negro, la orquesta de Wilfrido Vargas y otros, pero ha sido en el teatro en donde he logrado combinar todas las carreras.
TL: ¿La xenofobia es sólo para atacar a los pobres?
SM: No estoy seguro ni siquiera que se pueda llamar xenofobia al rechazo de la pobreza. La xenofobia es el resultado de algo más. No, no tengo todavía una palabra para describir eso, pero me da la sensación, y es un texto que está en el programa de mano. Creo que la falta de valores humanos, de fomento, de información en valores humanos está haciendo que cada uno de nosotros, no quiero culpar a nadie en general, pero no hemos logrado transmitir correctamente esa formación necesaria que está necesitando la juventud. Entre todos debemos advertir del peligro de quienes están más interesados en hacernos pensar más en lo exterior que en lo interior. Pareciera que hay alguien que nos está haciendo sentir que mi superioridad, cualquiera que yo descubra, puede ser mejor por diferente que la suya o la de cualquier otro. Cuando en resumen nuestras diferencias son nuestro mejor valor, y que no hay que cualificar, que alguien que es negro de la Costa Atlántica pueda tener menor valor que alguien de Managua, que es moreno o que es blanco. Alguien que es indígena no puede ser que valga más o menos que un pescado. Y lo inexplicable es que se inviertan muchos millones para salvar algunos peces y no se invierta ni un centavo para salvar a los indígenas de una destrucción posible. De todo esto me ha invitado esta obra de teatro para involucrarme y entenderlo en primer lugar, para escribirlo, y poder comprenderlo como actor e interpretarlo. La obra ha sido todo un reto, una gran escuela de agradecimiento y aprendizaje de cosas hermosas y rotundas.
TL: ¿Este ejercicio de conciencia social te ha dado malos avisos de parte de los políticos?
SM: No sé. Yo creo que cada quien recibe el mensaje como cada quien determina, y el mejor ejemplo de ello es que la obra está pensada para que, siendo un monólogo, el personaje está en un diálogo con el Cristo de su habitación crucificado y entre los dos hablan. Y aunque el Cristo no emita ni una sola palabra, el público no escucha a nadie interpretando la voz del Cristo, la gente logra escuchar la voz de Cristo.
TL: ¿La voz de la conciencia?
SM: Bueno, cada quien escucha al Cristo que pueda tener en su mente. Si esa voz de Cristo resuena de alguna manera, y en otra, de otra (se ríe) y en otro ser humano es capaz de revertir un pensamiento que tengo de otro ser humano, yo no soy responsable.
Yo sólo soy un humilde trabajador de teatro y mi tarea es de la manera más objetiva posible intentar comprender una realidad para de la manera más objetiva, insisto, aportar de mi humilde contexto en el que yo me he desarrollado y plasmar esa realidad en el escenario.
No es tarea nuestra decir que es bueno o que es malo. La tarea es ponerlo en el escenario y que cada quien tome sus propias determinaciones. Hay gente que se siente ofendida, pero no es mi intención.
Hay gente que goza, pero nuestra intención no es que gocen; hay gente que logra cambiar de actitud para un lado y para el otro. El Nica es una obra de la conciencia de cada persona.
TL: ¿Eres un gran lector de Darío?
SM: Yo quisiera ser un gran lector de Darío, con más tiempo para escucharlo. Creo que lo que he leído de Darío es lo que me ha conducido a hacer este ejercicio. Si fuera un gran lector del poeta, me daría miedo decirlo. Le agradezco a mi madre, por leerme desde niño a este gran nicaragüense glorioso.
TL: ¿Qué te han dado los aplausos?
SM: ¿Los aplausos? No lo sé. Creo que una maravillosa oportunidad de poder entender que hay una responsabilidad encima. Es como una gasolina que me mueve a intentar generar mejor el trabajo que se está realizando. Creo que me da la sensación de que cada vez soy más pequeño. Al final de cuentas, el aplauso no es el que se escucha, sino el que se siente.
TL: ¿Tenés muy claro lo que es la fama y ser popular?
SM: Bueno, no tengo claro lo que es el concepto en ese sentido. Sé que hay personas que trabajan, y pasan su vida, y añoran poder tener fama. Hay gente que no le interesa la fama, porque le interesa la fortuna, y por eso ponen a otros a que sean los productores, y ellos se quedan con la fortuna.
Hay gente que es popular, y que no necesariamente tiene fama. Sócrates no tenía fama y era popular, después se hizo famoso. Estas cosas pueden ser ejercicios de nuestra vida de comunicación. Creo que usted es famoso o popular, según el contexto en el que se desarrolle. Yo soy famosísimo para mi mamá, porque me ve todos los días, me idolatra todos los días, así es la vida.

Los angustiosos lamentos de los inmigrantes quedan claros en
cualquier idioma
Nelson Pressley
The Washington Post
Teatro La Luna presentó recientemente en el Festival Internacional de Teatro Hispano la obra “El Inmigrante” del costarricense Cesar Meléndez, conocida en Latinoamérica como “El Nica”. Se trata de un monólogo, a veces cómico y otras veces angustiante, que describe exhaustivamente las duras penas que pasan los inmigrantes.
No tiene importancia que el inmigrante interpretado por Meléndez sea de origen nicaragüense, o que la tierra de abundancia que éste invadió fuera Costa Rica.
La obra, sin demasiado esfuerzo, trasciende fronteras, y la traducción simultánea al inglés que estaba disponible en audífonos era perfectamente clara.
Un hombre cansado, vistiendo harapos manchados de sangre, gritos, epítetos e insultos xenófobos en un bar contra el forastero… ¿Qué no podría quedar claro? Meléndez no deja lugar a dudas en la interpretación de su obra, a veces acalorada, que ha sido ampliamente presentada en su país.
El actor, escritor y director basó la pieza en una nota periodística sobre las graves dificultades de un nicaragüense en Costa Rica.
Sin embargo, su propuesta en realidad no pretende ser un documental. En los 90 minutos de duración del tempestuoso monólogo, el corazón sangra, el alma llora y el inmigrante reclama al Jesús de un pequeño crucifijo por todas las degradaciones que ha tenido que enfrentar.
Desgarradora podría resultar una palabra muy suave para describir la interpretación de Meléndez. ¿Cómo se podría describir una actuación que llega a su clímax cuando el actor se golpea y se deja caer bruscamente sobre el escenario en alusión al obrero nicaragüense que recibe una brutal paliza de una pandilla de costarricenses, y finalmente queda postrado en la misma posición que Cristo en la Cruz? El milagro radica en que la solemne pasión de Meléndez queda exenta de cualquier sensación de absurdo, aun cuando se encontraba indudablemente en el punto máximo de su actuación.
Afortunadamente, Meléndez identifica eficazmente los momentos oportunos para agregar ciertas dosis de encanto y humildad a su interpretación.
La colorida satirización del jefe panzón del inmigrante entra en el momento preciso, resultando divertida y acertada. Igualmente acertados resultan los efectos de sonido que usa en algunos momentos mientras relata su historia: el chillido de las puertas de un bar, los granos que se desprenden del concreto que él martilla durante sus jornadas de trabajo.
Y naturalmente, era imposible no reaccionar ante los reportes de terribles circunstancias hechos por el inmigrante: el Gobierno brutal de su país, los desastres naturales, los “cazadores” costarricenses, que llegan a Nicaragua en busca de trabajadores inmigrantes y el peligroso viaje emprendido con la esperanza de llegar a un mejor lugar.
¡No es mi culpa!, llega el llanto. Y Meléndez, apartándose de la cara los mechones de su larga cabellera y con la mirada puesta en el cielo, nos obliga a compartir su profundo lamento.
Traducido y adaptado por Tania María Zambrana A.