Nacional

En el escándolo NO esta el pecado


— Gioconda Belli —

Son las diez de la mańana cuando me siento con Zoilamérica en
el balcón de mi casa para dar inicio a nuestra entrevista.
Desde donde estamos sentadas, un punto en lo alto del Valle
Ticomo, se ve en el horizonte el lago de Managua, el perfil de
la ciudad asentada sobre su costa, la Península de Chiltepe
abrazando la laguna de Xiloá y la hermosa cadena de volcanes
azules al otro lado del lago. Es un día claro, recién lavado
por la lluvia y las dos nos quedamos un rato observando la
magnificencia de este incomparable paisaje nicaragüense.


La Zoilamérica que está frente a mí, ya no es la nińa que
conocí en Costa Rica, en el exilio. Era entonces una nińa de
diez ańos, callada y seriecita, que se dedicaba como madre al
cuido de su hermano Tino quien, en ese entonces, era un bebé.
Esta Zoilamérica ya no es tampoco la adolescente que veía en
las idas y venidas de la Revolución: una muchacha muy alta,
larguirucha, delgada, que caminaba viendo hacia el suelo, un
poco encorvada, envuelta en un aire de tristeza. La
Zoilamérica que tengo delante es ahora una mujer erguida,
hermosa, de largo pelo negro, vestida de jeans y una camisa
con diseńos geométricos blancos, negros y morados. Me llaman
la atención sus manos de dedos largos, expresivos. El timbre
de su voz es ligeramente ronco; su risa me recuerda la de su
madre.


Esta entrevista, le digo, no es para que vuelva a contar lo
que ya dijo en su testimonio, sino para que quienes la lean
puedan comprender mejor quién es ella, las circunstancias que
rodearon su vida, cómo es que sucedió el abuso, qué significó
para ella y qué la motivó a hacer su denuncia.


Asiente con la cabeza. Me da la impresión de una persona
segura de sí, serena. Durante la entrevista me impresiona su
coherencia, su sencillez y me da gusto ver que, a pesar de
todo, ha conservado una cierta inocencia, algo de nińa, que le
permite el optimismo, la esperanza.


Vamos a empezar por el principio, le digo. Háblame de tu
infancia, donde vivías, por qué fue tan importante tu abuela
para vos.


Viví los primeros ańos de mi infancia con mis abuelos en
Managua. Mi mamá tenía 16 ańos cuando me tuvo, así que yo fui
prácticamente adoptada por mi abuelita. Le decía mami a mi
abuelita. Mi mamá vivía en otro lugar. Hasta que murió mi
abuelita, cuando yo tenía seis ańos, viví en un ambiente de
mucho carińo. Recuerdo hasta las canciones de cuna que me
cantaba mi abuelita cuando me chineaba. Cuando el terremoto,
fue ella la que me sacó de los escombros de la casa, que se
derrumbó. Fue una figura muy importante en mi vida. Después
del terremoto vivimos en distintos lugares mientras mi
abuelito construía la casa. Estando en Ciudad Jardín, en una
casa alquilada, mi abuelita murió en un accidente de tránsito.
Yo iba en el carro con ella cuando el accidente. Cuando
recuperé la conciencia la ví en el asiento delantero. Le hablé
"mami, mami", pero ya no me contestó. Después me sacaron del
carro. Eso marcó un corte definitivo en mi vida. A partir de
ese momento empecé a sentirme muy sola. Sentí que todo sería
diferente y empecé a meterme en mí misma, para poder estar con
ella.


Qué pasó después que murió tu abuelita?


Rafael, mi hermano, y yo, nos fuimos a vivir con mi mamá, pero
como mi abuelo necesitaba mucho de nosotros pasábamos tres
días en su casa. Después que se murió mi abuela, mi relación
más cercana fue con mis tías abuelas. Ellas querían ayudarle a
mi mamá y se fueron a vivir con nosotros. Mis tías-abuelas
eran del tipo que te chinean en la mecedora hasta los diez
ańos; de las que rezaban el rosario todas las noches con las
letanías, el "ten piedad de nosotros", "piedad de nosotros".
Me ponían caramelitos en las carteras. Mis tías abuelas son
como almas protectoras para mí, son como mis otras madres,
porque, afortunadamente, yo tuve varias madres sustitutas.


Estaban también mi tía Lourdes, mi tía Violeta, que era bien
brava. Hacía como que me daba con una regla en la cabeza
cuando no podía multiplicar (se ríe). A ella yo le ayudé a
jalar con su primer esposo. Salía a darle razones al novio de
a qué horas pasarla trayendo, le robaba cigarros a mi abuelo
para ella. Mi tía Lourdes era la perfección y pulcritud.
Llegaba y me limpiaba las orejas, el ombligo, me hacía unas
colas de las que no podía salirse ni un pelo, tan estirada que
se me achinaban los ojos.


Y cómo fue la vida con tu mamá?


Tener una mamá joven creo que para todo mundo es difícil. Ella
no cuadraba en la imagen de mamá tradicional. Estudiando en el
Teresiano, la imagen que veía yo era la de la mamá ama de
casa, la mamá que se dedica a ir a dejar al nińo a la puerta,
a darle de desayunar, a ir a las reuniones a traer los
boletines, a llegar al colegio, estar en la casa. Pero yo
tenía una mamá totalmente diferente. Mi mamá trabajaba en La
Prensa. Era una mamá trabajadora, profesional, secretaria, que
además pertenecía a los movimientos de artistas. Siempre
andaba de cotona, con chereques. Y ese mundo de los artistas,
y el mundo del Frente, los peludos, los muchachos, a mí me
rompía los esquemas. Era un mundo muy liberal y yo no lo
entendía, sobre todo porque estaba siendo formada en un
colegio religioso, con un abuelo y unas tías que también
tenían formación religiosa. A mí me costaba entender inclusive
las relaciones que mi mamá tenía con sus parejas. Todo eso
chocaba con la expectativa que el mundo me había creado de lo
que era una mamá, que no era la mamá que yo tenía.


Y no le preguntabas sobre lo que hacía? No te hablaba de sus
cosas?


No recuerdo haber tenido cercanía con ella. Algo me inhibía.
Ella era como una hermana, como una persona que habitaba en la
misma casa. Era una persona más en la casa. Mi diálogo, mi
comunicación era con mis tías abuelas. Cuando salimos al
exilio en Costa Rica, hubo un acercamiento, pero tampoco fue
muy positivo porque era una etapa muy tensa para ella, muy
para ella. Nosotros éramos como algo que ella acarreaba a sus
proyectos. Yo sentía que mi mama no sabía qué hacer con
nosotros. Pero también, creo que fue difícil para mí encontrar
en ella lo que me dio mi abuela. Esa sustitución no la pude
hacer tan fácilmente.


Cómo era tu relación con tu hermano Rafael?


Como teníamos sólo un ańo de diferencia, nos hicimos mucha
compańía. Jugábamos. La relación era muy buena, era alegre,
divertida. Como los dos fuimos criados por muchas viejitas que
nos consentían, los dos nos dimos gusto jugando. Tenemos muy
buenos recuerdos de los que aún nos reímos.


Y tu papá, qué papel jugó él en tu vida?


Desde que tuve uso de razón, mi papá era Anuar Hassan. Mi papá
fue Anuar hasta los diez ańos. Al casarse mi mamá, él asumió
responsabilidades de padre. Cuando ellos se separaron y hasta
1977, él siguió preocupándose por nosotros. Llegaba incluso en
las Navidades. También la familia Hassan nos quería. Cuando
murió mi abuelita fueron muy buenos conmigo. Siempre nos
quisieron mucho. Como mi tía Lourdes se casó con Omar, hermano
de Anuar, él continuó esa tradición.


Es hasta 1977 que voy a viajar a Costa Rica, y hay que sacarme
pasaporte, que una de mis tías abuelas viejitas, me llama a un
rincón y mostrándome una foto de periódica amarillenta, me
dice "tu papa no es Anuar" sino que es este hombre. En la foto
se anunciaba el casamiento de mi mamá con Jorge Narvaez.
Entonces mi papá era Jorge Narvaez. Yo repetí el nombre:
"Jorge Narvaez" Me pareció un nombre bonito, me pareció una
historia de novela, el nombre me sonaba. Vi a una persona
morena, alta y ya estuvo. Mi tía me contó anécdotas, me dijo
que mi papa era muy juguetón, que tenía un sentido del humor,
que me decía Georgina porque me parecía a él. Me contó
anécdotas y me acuerdo que la llegada a los quesos Narvaez
para mí era importante porque me sentía que me reconectaba con
una parte de mi familia. Cuando mi mamá se dio cuenta de que
mi tía me había contado, se enojó con ella. Todo lo de mi papá
era un misterio. No sé cómo murió. Creo que murió en un
accidente, pero también oí decir que se había suicidado.


Qué sentiste cuando te fuiste de Nicaragua al exilio con tu
mamá? Entendías lo que estaba pasando?


Para mí, de nińa, el exilio fue la experiencia más dura porque
la muerte de mi abuela la asumí en el interior, es decir que
mi abuela murió pero yo la guardé adentro, pero el exilio fue
desgarrante. Sentí que me arrancaron de todo el amor y me
hicieron vivir cosas que nunca había vivido, desde ausencia
total de carińo, afecto y protección, hasta lo económico,
porque pasamos muchas dificultades. Además fue cuando comencé
de verdad a conocer a mi mamá, porque nunca habíamos vivido
tanto con mi mama. Mi abuelito no quería que nos fuéramos a
Costa Rica. Mi abuelito peleó, incluso amenazó a mi mamá como
que presentía lo que iba a pasar. Mi mamá no sabía qué hacer
con nosotros porque nunca nos había tenido. Yo me acuerdo
saliendo de Managua en el vuelo de Pan Am, mi mamá tratando de
construirnos ilusiones, que si nos iba a comprar juguetes,
porque sabía que nos tenía sin tenernos de verdad y de que
íbamos a un mundo desconocido.


Se fueron a Panamá, no? Cómo fue tu vida allí?


Cuando nos fuimos al exilio, mi mamá estaba embarazada de
Tino. Ella tenía su compańero, pero después, cuando nos fuimos
a Costa Rica, el desapareció un buen día de nuestras vidas. En
ese grupo familiar, en Panamá, mi papel era cuidar a Rafael,
cuidar a Tino y cuidar la casa. Yo tenía mi rutina: en la
mańana me iba al colegio bien temprano y por la tarde, cuando
llegaba, lavaba y planchaba mi uniforme y el de Rafael,
porque sólo teníamos uno. Después me iba a la lavandería a
lavar la ropa de todos, caminaba seis cuadras a la lavandería
con las bolsas. Rafael nunca quería ir y yo le decía a mi mamá
que lo dejara, que pobrecito que se quedara jugando Después,
limpiaba el apartamento. Cuando nació Tino, yo acompańé a mi
mamá el día que parió. Fue una experiencia bien rara porque
era una clínica bien chiquita en Panamá y yo escuchaba los
gritos de mi mamá pariendo. Entonces yo sentía un gran miedo y
me agarró por correr de arriba abajo en la clínica porque
estaba sola, entonces corría de un lado al otro. A Tino lo
empecé a cuidar desde recién nacido. Le hacía la comida: carne
molida con verduras licuadas, le hacía la pachas. Se las quemé
una vez porque se me olvidó sacarlas del fuego.


Recordás la primera vez que viste a Daniel Ortega?


Yo veo a Daniel Ortega en una casa donde nos habíamos cambiado
en Costa Rica. Lo conocí como "Enrique". Lo ví en la cocina.
Me acuerdo del hombre vestido con camisa a cuadros verdes,
blue-jean, los anteojos gruesos, el bigote, el pelo algo
alborotado porque yo creo que se había hecho permanente. Me
inspiró desconfianza. Era como un hombre que escondía algo, de
esas personas que cuando te vuelven a ver, no sabés que es lo
que están viendo. Esa fue mi primera impresión antes de saber
que él tenía una relación con mi mama. Se sabía que el era
importante por la manera en que lo trataban los demás.


En esa casa siempre había gente que entraba y salía. Cuando yo
noté que había una relación entre "Enrique" y mi mamá, yo me
dí cuenta que era una relación diferente. Había un trato más
cercano entre ella y él de lo que yo había conocido en sus
otras relaciones.


Recuerdo que él hacía intentos de acercamiento pero yo, por mi
propia timidez y no sé por qué, no sé si por instinto o qué,
le puse muchas barreras. No hablaba con él, le contestaba una
frase, daba la vuelta y ya, pero no intimé. Estoy apenas
conociendo a Daniel Ortega, cuando lo encuentro acostado con
la empleada; después también con otra compańera.


A mí se me enredó todo. No puedo decirte qué pensé, pero
eso fue recién conociéndolo. Por eso es que yo he dicho que
desde el inicio no hubo un vínculo de afecto, sino un vínculo
de desconfianza, porque yo lo conocí haciendo ese tipo de
cosas. No sé cómo mis ojos de nińa vieron eso. Yo había visto
tanta cosa rara a mi alrededor, cosas que yo consideraba
"inmorales", cosas que lesionaban mis convicciones morales,
cuando las fiestas en mi casa en Managua con "los peludos" que
ahora que veía esto, no se si me aterroricé o simplemente
pensé que era una cosa más de las cosas que yo había visto. Lo
de Daniel pues yo creo que lo ví como una cosa más. Claro
cuando empiezan ya las bromas a mí y todo eso, empiezo a
sentir temor, malestar.


Y eso pasó a los varios meses de que él estaba viviendo con
ustedes?


No. La agresión verbal vino muy pronto. Por mi misma formación
del colegio, de las monjas, de mis abuelos, de mis tías
abuelas -yo fui formada por viejitas- yo era muy sensible a
las malas palabras y vulgaridades. Entonces cuando aquella
persona (Daniel) empieza, sin ni siquiera conocerme, a decirme
cosas, me da cólera, malestar. Me acuerdo que yo pasaba con mi
toallita a bańarme y él se quedaba haciendo jolgorio con los
otros hombres adultos, diciendo "allá va, estás buena, allí
vamos a llegar al bańo, te vamos a llegar a ver" Todas esas
cosas a mí me causaban mucho rechazo. Ese rechazo me quedó
mucho tiempo.


Yo no le aceptaba piropos a nadie hasta hace poco. Me
molestaban las alusiones a mi cuerpo, fueran buenas o malas.
Por eso quizás la seriedad de Alejandro -Zoilamérica se
refiere a su ex-esposo, Alejandro Bendańa- fue fascinante para
mí. Pero bueno, esas primeras alusiones de Daniel fueron bien
abruptas. Yo sentía que transgredía mi intimidad, que se metía
demasiado conmigo. Cuando nos pasamos a otra casa, donde ya
sólo vivía la familia y había mayor privacidad, fue más fácil
para él entrar al bańo. El recogía mi ropa interior -por
desordenada, yo la dejaba volada en el bańo a menudo- y el la
recogía y me seguía con ella por la casa. La olía. Me decía
"mirá qué rico". La irrupción de el en mi intimidad de cipota,
era lo que en ese momento yo más resentía. No te puedo decir
que entendía la amenaza de una violación porque no la
entendía. No percibía el peligro de que me pudiera hacer algo.
Sentía únicamente que era una persona vulgar, que me decía
cosas que no me gustaban y que me producían cólera.


Las cosas empiezan a cambiar cuando él pasa de la agresión
verbal al contacto físico, al roce de la pierna, a cuando lo
encuentro por primera vez sentado en la cama. Yo empiezo a
sentir que él me está observando todo el tiempo, que está
pendiente de todo lo que yo hago. A la vulgaridad se suman las
provocaciones, como decirme por ejemplo que por qué no tenía
amigos varones, que si era lesbiana, que si el chofer del bus
me tocaba, que me manoseaba, transfiriéndome conductas
sexuales que yo estaba lejos de imaginarme siquiera porque
tenía sólo once ańos. Es decir, no había tenido ni siquiera mi
primer novio, apenas un chavalo en bicicleta me había tocado
la mano y eso para mí había sido una gran cosa. De esa parte
yo recuerdo poco. Lo recuerdo masturbándose, lo recuerdo al
lado de mi cama. Tengo otros recuerdos, pero son más difusos.


Yo me he preguntado cómo es que yo asumí lo que estaba
viviendo, porque yo no acababa de entender lo que pasaba,
porque si yo hubiera visto la peligrosidad de las cosas, yo me
hubiera quedado viviendo con mi abuelito al momento del
triunfo. Pero yo no tenía la claridad porque el mundo no nos
prepara a las nińas para esas cosas.


Y por qué no hablaste cuando llegaste a Nicaragua?


Por qué cuando vengo a Nicaragua yo no hablo? Porque a mí me
deslumbró la Revolución, me deslumbró el regreso, el
reencuentro con mis fuentes de amor de apego, mis abuelos, mis
tías viejas, mi todo. Acordate que yo tenía doce ańos y me
deslumbró la vida de princesa. Después de tanta carencia,
pasamos a ser lo que éramos. Me deslumbra venir al país en
otras condiciones, en otro ambiente. Era como un cuentos de
hadas, en una casa que parecía palacio, por primera vez con
una familia de hombre, mujer e hijos, sin escondernos, mi
abuelo cerca. Era deslumbrante, entonces todo eso operó en mí
para minimizar lo que podía ser la amenaza.


En la casa de Don Jaime Morales yo me sentía como en el cuento
de la Ricitos de Oro y los Tres Ositos. Dio la casualidad que
Don Jaime tenía dos hijos varones y una mujer. Llegamos a la
casa de Don Jaime y el cuarto de la muchacha, que pasó a ser
mi cuarto, estaba tal y como ella lo había dejado, con un
tocador lindísimo. Era un cuarto alfombrado, con un closet
enorme, una sobrecama linda de cuadritos celestes, el closet
lleno de ropa, blue jeanes de marca, abría las gavetas y
estaban los cosméticos, las pulseras, los relojes, todo. Y yo
preguntaba "y podemos tocar?" Recuerdo que viví con las cosas
de la muchacha y jugué con sus cosas hasta que a los quince
días llegaron de parte de Don Jaime a llevárselas.


Tengo que reconocer que de Julio 79 a Julio 80, yo me dediqué
a ser la "princesa" -Zoilamérica hace un gesto de burla-
Vivía preocupada por mis uńas que siempre me había comido. Iba
a clases al Rigoberto, que antes era el 1o. de Febrero. En el
colegio era callada porque tenía poca experiencia de estar en
colegios mixtos y los hombres me daban miedo. Me costó mucho
adaptarme al colegio, pero yo iba a clases y luego volvía a mi
vida de princesa encerrada en mi cuarto, oyendo música. Mi
mamá me regańaba porque no era sociable. Tenía uno que otro
amigo en sexto grado, pero no leía periódicos, no me
interesaba lo que estuviera pasando afuera.


Y con Daniel, cómo era tu relación entonces. Recordás algo
agradable?


En Costa Rica, él se mantenía fuera la mayor parte del tiempo.
A veces ni dormía en la casa, así que lo veía en las mańanitas
cuando me iba a bańar o si habían reuniones en la casa. Cuando
ya vivimos en Managua, él se levantaba religiosamente todas
las mańanas a darnos a Rafael y a mí los cinco córdobas para
el colegio, que era una cosa que nunca había pasado con mi
mamá, que alguien nos despidiera. Por otro lado, estaba
pendiente a la hora del regreso. Sin embargo, esa es la misma
etapa de las llegadas al cuarto de noche. O sea que eran como
dos cosas: el mundo de noche y el mundo de día. En el día, la
princesa; en la noche el horror. En la noche era la figura que
aparece en las sombras no sabés cómo; una presencia física que
entra al cuarto y se masturba, que te hace sentir perseguida,
que te sigue donde vayas. En el día, él nos daba los cinco
córdobas. El hombre de la noche era como otra persona. El
mundo del día era demasiado bueno y lo incluía a él. El mundo
de noche era otro.


Y cuando termina tu vida de "princesa"?


En la lucha de mi mama por sacarme de mi encierro, de pasar
las tardes encerrada oyendo música, me dice que haga algo
social. Yo le digo que quiero dar clases a "nińos pobres" ,
como les decían en el Teresiano. Entonces me habla de la
Cruzada de Alfabetización. A mí, por estar en sexto grado, me
tocaba quedarme en Managua, pero yo quise irme fuera de
Managua y así es como aparezco a los doce ańos en Nueva
Guinea. Obviamente, la Cruzada me concientizó como a muchos
jóvenes. Ví al campesino, aprendí a la par de la cartilla la
historia de la revolución, supe de lo que era la convivencia
con otros muchachos y muchachas, también maduré como
adolescente, ingresé a la Juventud. O sea que también allí
empecé mi vida política y la empecé con esa formación moral
férrea. Me acuerdo que yo fui a alfabetizar a una casa donde
ya habían corrido a dos brigadistas porque fumaban, tenían
costumbres que la familia, que era evangélica, no le gustaban.
Entonces la solución fue mandar a la chavalita bien portada,
que por chavala se iba a adaptar mejor. La convivencia con
esta familia evangélica acrecentó mucho mi fe y mi
espiritualidad que fue algo que mantuve aún en Costa Rica
donde yo iba solita a misa todos los domingos sin que nadie me
dijera. Entonces, la cruzada para mí fue un reencuentro con la
fe. Iba al culto todo los días, me sabía todas las canciones
del culto. El seńor, jefe de familia, me aceptó recibir clases
de la cartilla, si el me daba clases de biblia. Fue una
experiencia completa de renovación de fe, concientización
política, conocer Nicaragua, conocer otro mundo. Regresé con
un sentido de convicción política, más madura, pero me acuerdo
de haber bajado al pueblo a caballo, ya el ultimo día de la
cruzada, llorando porque sabía lo que me esperaba.


Qué pasa a tu regreso de la Cruzada?


Al regresar, es cuando yo empiezo a percibir más claramente la
amenaza de la que estoy siendo objeto. Y es que en 81 y 82, a
mis trece y catorce ańos, el acoso se acentúa. Es ya el
manoseo, la agresión física. Ciertas personas a las que yo les
dije algo en esa época, personas que yo ya ni recordaba, se me
han acercado ahora para decirme que entonces, cuando yo les
conté, se habían sentido impotentes para hacer nada.


Y a Rafael por qué no le contaste?


Porque se exacerbaron todos los mecanismos. Cuando yo regreso
con conciencia política, se abre para él (Daniel) un espacio
más en el que domesticarme, domarme. Se abre para él la
posibilidad de decirme cómo debía ser una sandinista. Y él me
transmite esquemas férreos, bien fuertes en términos de su
versión de lo que era la "moral revolucionaria" que yo veo
ahora precisamente apuntaba a conservarme dócil, en un
ambiente exclusivamente de la casa. En ese contexto, yo no
podía contarle a Rafael. Yo siento que en mí habitó una
inmovilidad, una somnolencia. Yo vivía eso, pero no quería
admitirlo. En ese momento, sin embargo, es cuando yo le cuento
a la Alicia -Alicia era quien cuidaba a Zoilamérica y se
encargaba de administrar la casa- en un momento de angustia.


Y tu mamá no se daba cuenta de nada?


Cuando yo empiezo a enfermarme, a vomitar en la noche, a
salivar, yo creo que ella empezó a sospechar.


Pero vos, qué sentías por él?


El se convirtió en esos ańos en una figura muy importante en
mi vida porque estaba allí. En cualquier momento, estaba allí.
En la casa, estaba allí. En todos mis tiempos libres, estaba
allí. Ejerció una paternidad afectiva y política, que no era,
sin embargo, del todo coherente. Nos decía, por ejemplo:
"ustedes no me van a usar blue-jeanes gringos", pero mi mama
los usaba. El nos había formado para ser ejemplos, debíamos
ser ejemplo porque éramos hijos de un dirigente. Pero esa
paternidad política también se volvió un esquema completo de
dominación. El me decía que yo iba a ser la nińa de la
revolución que él nunca tuvo. O sea que yo iba a ser ejemplar,
pero todo esto en función de él, no en función de la
revolución. Yo siento que él me cultivó políticamente como
parte de todo un mecanismo para tenerme dominada. Era un doble
caso de abuso de poder porque los otros papás que abusan no
tienen el poder político que el llego a tener y a usar sobre
mí.

Cuando se acentúa el rechazo de mi mama hacia mí, tal vez por
instinto, o porque ella no quería enfrentar la situación o por
lo que fuera, él empieza a construir un mundo para mí que
empieza cuando mi mama se va en las tardes a trabajar. El
diseńó una especie de familia dentro de la otra familia.
Dentro de la rutina de atención, de compańía y de
incorporarnos en su quehacer diario, nos llamaba a ver
televisión. Para mí allí empezó la pornografía, la
erotización; en la siesta, en la dormida. El llegaba de las
dos a las seis y media, siete, las horas que no estaba mi
mamá. Durante esas horas, el creaba las oportunidades que
necesitaba, que incluían hasta ver televisión con nosotros,
para gestar las formas de abuso. Me ponía a ver películas
pornográficas, por ejemplo.


Cuando mi mamá me sacó de la casa y me puso a vivir en una
casa contigua, sola, el abuso empezó a ser cada vez más
complejo. El controlaba todo en esa otra casa. Eran llamadas
continuas de teléfono, era él quien me proveía de todo lo
material. La Juventud Sandinista, a la que yo pertenecía,
también le servía de soporte para mantenerme en su mundo,
controlada. A pesar de todo esto, la Juventud fue para mí una
importante ventana y yo participé en las tareas de la Juventud
porque realmente me gustaba ese compromiso, nadie me forzó.
Tuve el gran privilegio de tener a mi lado en la Juventud a
responsables muy valiosos. Mario Caldera fue uno de ellos. En
esa parte él (Daniel) no irrumpió, aunque si fue él quien me
hizo entrega del diploma de militante.


Entonces él como que diseńó ese mundo en el que no entraba
nadie más que quien él permitía. Las tres amigas que entraban
a ese mundo, eran tres amigas que el conocía, con las que se
identificaba, que lo respetaban. Ese mundo es lo que yo llamo
el cautiverio, la prisión que él hizo para mí. Era un
escondite; un escondite de lo que mi mamá no quería ver. Mi
mamá quería tenerme escondida, pero también el mundo quería
tenerme escondida, el quería tenerme escondida y yo quería
tenerme escondida porque no quería que nadie supiera lo que
pasaba.


Eso estableció la realidad del escondite. El escondite de lo
que la familia escondía, de lo que la vida escondía. Y el
único que llegaba al escondite, era él. Yo creo que él también
estaba escondido allí. Allí escondía todo lo que no quería que
se supiera de sí mismo.


Y el poder qué papel jugaba en todo esto?


Se dice que yo disfruté del poder. Yo sí acepto que lo hice en
mi ańo de princesa, pero ya después fue de otra manera. Yo
siempre me mantuve en colegios estatales. Cuando fui dirigente
de la juventud lo fui en barrios populares, en la carretera
norte, en los barrios orientales, siempre mantuve un vinculo
con los sectores más pobres. Y esto me mantuvo conectada al
barrio de mi infancia, a San José Oriental. Esto hizo que no
me despersonalizara. El único mundo que se mantuvo siendo de
princesa eran los actos oficiales, era donde yo aparecía al
lado de la familia.


Haber sido expulsada tempranamente de la casa donde estaba el
mundo mágico también fue, en términos de la formación
política, una bendición, porque si bien la soledad me abatió
porque comía sola, estaba sola, en esa casa no tuve
abundancia. Entonces yo no cambié.


Una manera de quitarle valor a tu acusación ha sido decir que
te enamoraste de Daniel Ortega qué decís vos sobre esto?


Yo siempre digo que, hubo etapa, hay un tiempo allí de
dependencia, que no es enamoramiento porque es un sentimiento
que nace distorsionado. Emotivamente, en términos de
sentimientos, pasé del miedo al acomodamiento, que sí tiene un
componente afectivo en términos de que vos llegás a agradecer,
llegás a desarrollar sentimientos de gratitud. Porque llega un
momento en que todo es distorsión. Yo debo haber sentido que
él era lo único que yo tenía. Eso es lo más duro. Así que en
algún momento, mi sentimiento predominante hacia él fue de
gratitud porque él me protegía. Aunque era mi agresor, era una
compańía, una presencia, alguien que estaba allí. La Alicia,
cuando ella y yo hablamos, me dice "por qué yo no hacía nada?"
"Porque era el único que te podía dar algo, el único. Sacarte
de allí, para qué" Entonces, esa fue la etapa en que yo
acepté la situación y por aceptarla, le empecé a buscar
explicaciones. No dejaba de agredirme la situación, mis amigas
de ese entonces son testigos de que yo les contaba los
vejámenes, pero él allí estaba. Entre 83 y 86, como que me
adormecí, es decir, me resigné, me cree una explicación, me
quedé allí y dibujé ese mundo con lo que yo necesitaba para
no sentirlo mounstruoso, para intentar quitarle todo el
terror.


Y qué pasó en 86?


Cuando en el 86, empiezo los intentos de liberarme, la persona
entonces se me transforma en el perseguidor. Y digo el
perseguidor porque era como una cacería. Fue la etapa en la
que él me dio más miedo. En los primeros ańos, el miedo que yo
sentí era el miedo a la noche, al fantasma, al monstruo de
máscaras. Pero, ya mayor, entre los quince y los dieciocho,
fue el miedo al hombre que te podía hacer algo. Ya empecé a
tener instinto de riesgo de mi vida porque aquí ya entraron
los mecanismos de escuchar mis llamadas, el mecanismo de los
escoltas vigilándome, el mecanismo de amenazar, el mecanismo,
incluso, del chantaje emocional, de verlo llorar diciéndome
que no me fuera de la casa, de llamadas en llanto, de los
mensajes de la voluntad de Dios, del castigo de Dios. Allí se
afianzó el modelo de dominación sicológica y de la prisión.


Como te decía, yo vivía desde los once ańos en su mundo, pero
el mundo que él fue construyendo pasó por varias etapas. El
primero fue el mágico, donde el era bueno de día y mounstruo
de noche, pero este último ya fue el cautiverio en su máxima
expresión, donde me privó de mi libertad porque yo lucho por
salir y ya no puedo. Y ya no puedo porque yo no puedo y porque
él me convence de que yo no puedo. Entonces lo mas grave de
esos ańos, del 86 al 90, además de lo que pasaba, es que él
me hizo sentir a mí de que yo no podía salir de ese mundo.
Alejandro me cuenta que la primera vez que nosotros hablamos
de lo que sentíamos, yo le dije fue que yo tenía una situación
de la que yo no podía salir y de la que nunca iba a poder
escapar.


Cómo fue que pudiste tener una relación con Alejandro si
Daniel Ortega te tenía tan controlada? No se opuso a tu
matrimonio?


Yo conocí a Alejandro por mi trabajo en la Cancillería. Era mi
jefe. Trabajábamos en el mismo departamento y oficina. Eso
facilitó la comunicación, el vínculo y la posibilidad de
vernos. En 89-90 empezamos a andar. Yo me había ido de la casa
contigua porque mi mamá me había corrido y eso agilizó un
proceso de relación con Alejandro. Mientras tanto, yo ni
siquiera había tenido fuerzas para decirle a Daniel "no quiero
volverlo a ver, déjeme en paz", no. El sigue vigilándome y
sigue incidiendo en mi vida. Cuando Daniel sospecha del asunto
y confirma sus sospechas, lo acepta porque considera a
Alejandro una persona leal a él que le guardará el secreto.
Entonces empieza su nueva manera, que eran las llamadas, la
búsqueda. Era su manera de decir "aquí estoy, aquí estoy, aquí
estoy. Estoy donde vos estés". Entonces era la voz diciéndome:
"Ajá, me dejaste. Estoy solo.


Me dejaste solo. Ya sabés que yo no tengo nada". Me
chantajeaba haciéndose la víctima. Daniel no quería que me
casara, y me continuó llamando con pretextos de todo tipo para
que yo llegara a lugares donde él pudiera seguir su acoso y
abuso. Incluso, más tarde, intentó acercarse a nuestras
actividades sociales con la idea de crear circunstancias que
permitieran prácticas sexuales aberrantes. Esto él me lo hizo
saber de forma explícita. Por otro lado, asistió a mi
matrimonio en 1991, al que no llegaron ni mi madre, ni mis
hermanos; y también llegó a verme al hospital después del
parto de mi primer hijo, y me llevó un regalo. Siguió sus
atenciones como padre "público", mientras continuaba por
teléfono las aberraciones, vulgaridades e insinuaciones
sexuales. Para entonces, yo sentía que necesitaba estar
aislada, protegida de él y de un mundo que no entendía, al que
no me adaptaba.


Por qué no dijiste nada en el 90?


Por qué no hablé en el 90? Lo explica mi misma relación de
matrimonio. Yo salgo al mundo y me doy cuenta que no sé vivir
en el mundo. Me siento totalmente desadaptada de todo. Siento
que nada me da seguridad, ni siquiera el matrimonio, que nada
me da estabilidad. Empiezo a construir yo la otra cárcel, la
cárcel del ser desbastado, para protegerme. Mi primer ańo de
matrimonio fue terrible. Yo tenía muchas ilusiones, muchos
sueńos con mi matrimonio, pero no sabía por donde empezar.
Estaba demasiado destruida.


Por fin me agarré de lo profesional y encontré allí una forma
de alimento y sustento. Empecé a trabajar con los
desmovilizados en reconciliación, en no violencia. No sabía
por qué eso me hacía sentir bien. Me identifiqué con los
desmovilizados de una manera muy intensa y dediqué a eso siete
ańos. Yo me ví en ellos. Eran seres que no se adaptaban, que
no se adaptaron a la vida civil, que tenían traumas, que
tenían miedo de recordar, que traían heridas y que, por otro
lado, necesitaban reintegrarse y no hallaban cómo. En el
trabajo con los desmovilizados, me humanicé y creo que
entonces asumí una