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“No quiero que mi hija repita mis desventuras”

* El nuevo rol de la mujer es ser cabeza de familia, y una mayoría recurre al trabajo informal, sin financiamiento ni seguridad social

Marta Mojica es una de las mujeres que debe sobrevivir a través del trabajo informal. Nacida en el barrio Santa Rosa de Managua, a sus 35 años nos cuenta lo difícil que ha sido para ella sobrevivir con tres hijos y sin el apoyo de su esposo.
Su drama comienza a los tres años, cuando quedó huérfana de su mamá, quien murió durante la revolución de 1979, junto a su tía y una hermana. Su padre no se hizo cargo, y ella, sus hermanos y sus primas, también huérfanos, fueron a vivir con su abuela. Después, el gobierno de ese entonces les designó una pensión paupérrima que no resolvía para alimentarlos a todos.
En medio de esa incertidumbre, a sus 16 años creyó haber encontrado el amor, sin embargo quien sería su compañero de vida se convirtió en una pesadilla y en una carga.
“No tuve apoyo del papá de mis hijos. No sé por qué nunca me ayudó. No estuvo conmigo en los momentos difíciles ni siquiera en los alegres. Mi relación con él no era buena. Había mucha violencia doméstica, con daños tanto físicos como verbales”, expresa.
Narra que con él vivió casi 20 años, y lo más difícil del día era cuando regresaba de trabajar, pues comenzaban las discusiones al exigirle dinero para la comida.
“Ambos vivíamos bajo el techo que heredé de mi mamá, pero no teníamos relación como pareja. Muchas veces me golpeó, y en una ocasión me amenazó con un cuchillo. Trató de herirnos, a mi hermana y a mí. Tuvo intenciones de sacarme de mi hogar, pero no lo logró. Después era yo quien le decía que se fuera, pero no quería. Mi marido era vicioso, y en sus locuras siempre pensaba cosas malas y nunca miró en mí a una mujer luchadora. Yo trabajaba y compartía mi comida cuando él no trabajaba, y si encontraba un trabajo en la zona franca o en los mercados, rara vez daba algo para el hogar. Lo hacía sólo cuando quería”, asegura.
Mojica comenta que desde el inicio de su relación marital ella comenzó a trabajar. Lo hizo lavando y planchando. Después vendía bolsas de agua helada, luego ropa interior y ropa en el Mercado Oriental, considerado el centro comercial al aire libre más grande y variado de Centroamérica, con más de 9 mil comerciantes en 84 manzanas de terreno.
Comenzando de cero
“Lo más difícil fue llegar al mercado sin saber nada, ‘al sol y al viento’, empezando a trabajar en la venta de bolsas con agua helada. Desde las 7 de la mañana pasaba dejando a los niños a la escuela, y hasta las 5 de la tarde dejaba mis labores. Los ingresos eran pocos, difícilmente para comprar los frijoles. En algún momento me tocó recoger verduras que los vendedores descartaban. Así lograba complementar la alimentación de la familia”, recuerda con el dolor que eso significó para su autoestima.
Recuerda que cuando la administración ofreció varios tramos para negocios, logró obtener uno, porque en ese entonces estaba embarazada. Sin embargo, ese niño no pudo ver la luz y falleció antes de llegar a los nueve meses. Esto porque ella padecía de diabetes y no pudo sostener el embarazo.
Tiempo después se inició en la venta de juguetes de segunda mano, que por libras compraba a los mayoristas. Su primer saco de juguetes significó para ella desembolsar 600 córdobas, dinero que le costó recolectar a través de la venta de prendas de ropa. Primero obtuvo un puesto en una de las calles céntricas, y la venta del producto se movía mucho. Así llegó a comer mejor y “hasta le alcanzaba para comprar el alimento del siguiente día”.
Un mes después consiguió un tramo de dos metros cuadrados en la zona del fondo del mercado, pero ahí no había movimiento de clientes, y en cambio había muchos adictos a inhalar pegamento. Cuando llegó, por tres días no vendió un solo juguete. La pasó muy mal y decidió cerrar, tomar una canasta con productos y sacar la venta de forma ambulante, para llevar el sustento a su hogar.
Cuando mejoró la afluencia de clientela estabilizó sus ventas de juguetes y se diversificó comprando otros productos de segunda mano, como fajas, peluches, utensilios de cocina, carteras, mochilas, cubiertos y también maletas. Actualmente alquila dos tramos, cada uno seis veces más amplio que el primero que originalmente tenía. En medio de ese mundo ella se ha dado cuenta de que la mayoría de las mujeres trabajadoras del mercado son madres solteras.
Así nos confía que tiene dos varones y una niña. Uno de ellos trata de seguir adelante y lo apoya en el negocio, mientras tanto su hija estudia el segundo grado de primaria. Con la niña tiene dificultad, porque deberá operarse por problemas en las adenoides o amígdalas faríngeas. “Eso no le permite respirar bien. La cita para la operación en el hospital público la programaron a seis meses, por lo tanto la niña deberá seguir sufriendo y yo desvelándome con ella”, nos comenta.
Ausencia de seguridad social
Por ser parte del área de labor informal no está afiliada a la seguridad social. Así está expuesta a todos los daños y efectos negativos que este tipo de trabajo implica, con remuneración inferior al salario mínimo que en Nicaragua no cubre el 27.9% del total de la canasta básica de 53 productos, no tiene de seguridad ocupacional y hay exclusión del sistema de seguridad social en lo que respecta a prestaciones médicas, invalidez por accidentes o por enfermedades.
El año pasado, el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social, INSS, anunció la implementación de un proyecto piloto que buscará la cotización al seguro social de los trabajadores independientes.
Se trata de un seguro facultativo que tendrá las mismas prestaciones del régimen integral del seguro social, señaló en su momento el coordinador del proyecto, Pedro José Quintanilla, quien anotó que el trabajador se podrá afiliar por un costo mensual de unos 17 dólares.
Según el capítulo “Derechos económicos, sociales, culturales y ambientales”, del informe 2009, del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos, Cenidh, en su inciso “Derecho a la seguridad social”, se alega que la mujer, aunque pueda afiliarse al seguro social, no siempre muchas obtiene ventajas.
Ellas están “expuestas a la exclusión de la seguridad social en lo que se refiere a cobertura, protección social y vulnerabilidad, ya que el 67% de las pensiones son pagadas a hombres, mientras que las mujeres sólo son beneficiarias del 32% de las mismas”, subraya el informe.
La doctora Vilma Núñez, Presidenta del Cenidh, expresa que ver a las mujeres como cabezas de familias y únicas proveedoras, es una situación social propia de los niveles de pobreza que vive el país y de la irresponsabilidad paterna machista.
“Teniendo en cuenta que la mayoría de nuestros hogares están en pobreza, y que la mayoría de los hogares son jefeados por mujeres, lógicamente, podemos decir que la pobreza en Nicaragua tiene rostro de mujer”, apuntó la doctora Núñez.
Sin financiamiento
Con una década en el Mercado Oriental, Mojica dijo no recordar que en algún momento viera interés estatal de brindar apoyo a los comerciantes, y mucho menos a las mujeres.
Aunque para las zonas rurales del país el gobierno implementó el programa piloto Hambre Cero, en un intento por impulsar la productividad, en la zona urbana no hay una política de financiamiento para los trabajadores independientes
Según Martínez, el representante de la Confederación de Trabajadores por Cuenta Propia, las condiciones de trabajo en su sector son sumamente precarias, en medio de un sistema excluyente, que los humilla, los desalojan y a veces hasta se les criminaliza.
“Por eso nos estamos organizado, capacitando, y buscamos fuentes propias de financiamiento para hacerle frente a las necesidades, ya que no tenemos acceso a la banca privada nacional. Alguien que quiere comenzar vendiendo bolsas de agua helada no es sujeto a crédito”, expresa el sindicalista, argumentando que están en la creación de un fondo revolvente para apoyarse entre los trabajadores organizados, que representan tan sólo el 0.1% de la masa laboral independiente.
Al final del día
Actualmente Mojica tiene una relación estable con alguien que dice amarla, apreciarla y que la apoya en todo, incluyendo el cuido del negocio que ella forjó con esfuerzo propio.
Mientras cierra su puesto de ventas, cree haber pasado algunos de los años más duros de su vida, por eso agradece a Dios por darle fortaleza y haber podido salir adelante.
“Ahora lo único que me preocupa es que mi hija supere su enfermedad y estudie. A ella le gusta este negocio, pero quiero que se prepare para que no repita mi historia de desventuras”.