Nacional

Un país de niños con rostros manchados

* Ésta es la continuación del reportaje que obtuvo el reconocimiento del mejor trabajo sobre el tema de niñez y pobreza a nivel centroamericano por parte del Instituto Interamericano de Derechos Humanos en el marco de su 30 aniversario * Su elaboración fue realizada en julio del presente año, poco antes del cierre técnico del vertedero La Chureca

Rafael Lara

Segunda entrega y última

El joven Bayardo Rivas, de 18 años, es recolector de material reciclable en el antiguo vertedero La Chureca. Es habitante del barrio Acahualinca, de Managua, el cual tiene una población de 850. El 53 por ciento son menores de 18 años. La comunidad fue fundada a orillas del vertedero municipal La Chureca, el basurero más grande de Centroamérica, que recibe 1 mil 400 toneladas de desperdicios en 42 hectáreas de terreno. (En la actualidad el vertedero realizó su cierre técnico).
A la par de unas 400 personas en pobreza, Bayardo trabaja. Desde muy temprano está listo para su faena y hasta las cuatro de la tarde hurga entre la basura buscando aluminio, hierro, bronce y cobre. Materiales que puede vender a los recicladores.
El reciclaje se ha convertido para los nicaragüenses en una opción laboral para las personas en pobreza extrema y sin preparación profesional. Para los grandes compradores de metales y plásticos, el negocio de la exportación de desperdicios selectos representa 38 millones de dólares anuales, o sea, un aproximado de 100 mil dólares diarios. Para los recolectores en ocasiones significa 50 córdobas por día, equivalente a 2 dólares con 50 centavos.
“Me levanto a las cinco de la mañana a enjuagarme la boca, busco cómo lavarme y voy a trabajar. Llegan camiones de las recolectoras, de los barrios. Ahí se encuentra el aluminio y cobre. Con el dinero lo primero que busco es algo de comer y rezo para que no me pase nada ese día. Entonces vienen los camiones y reconocemos si son los que vienen de las empresas o los de los restaurantes”.
Hay familias que van al basurero y ya tienen reconocidos los camiones que son de los mataderos, el que suple la recolección a supermercados, el de los restaurantes, o el del pescado y arriban con los desperdicios en descomposición. Los recolectores toman parte de estos para su alimentación y la de sus hijos. A la vez también recolectan los materiales reciclables.

Un mal día
Para Bayardo, el día que lo entrevistamos no fue de suerte, porque llovió y hasta se le reventó la chinela al andar entre el lodo putrefacto y los desperdicios.
Al llegar el mediodía se separa de sus ocupaciones por un momento, para ir al proyecto “Los Quinchos”, de rescate y reinserción de niños y adolescentes, impulsado por una organización no gubernamental sin fines de lucro. Este en ocasiones alimenta a por lo menos unos 300 niños, niñas y adolescentes en explotación laboral, en abandono, o de los barrios aledaños. Sin embargo, sólo una fracción de ellos se ha reinsertado en los cursos técnicos regulares.
“Trabajo un rato y luego vengo a comer al proyecto. Uno tiene que ganarse el pan de cada día. Con la venta del metales saco entre 40 a 60 córdobas (entre 2 y 3 dólares al día). Con ese dinero compro mi gaseosa y pan dulce. La comida es primero, el vicio es después”, expresa Bayardo, quien está en proceso de abandonar la inhalación de pegamento.
Él nos asegura que trabajar en La Chureca lo enferma continuamente de gripe, tos, calentura, entre otras enfermedades, producto de la insalubridad, el humo de las quemas, las olas de tierra contaminada levantadas por los vientos del verano, o la putrefacción que se acelera en invierno. Aunque hay un centro de salud en el barrio, los medicamentos escasean.
“A pesar de la pobreza, mi día a veces lo comienzo alegre, pero en ocasiones me levando todo triste, cuando me siento abandonado. Yo vivo en la calle y el pegamento me hace olvidar todo, hasta el frío, aunque sea por un rato. No tengo a nadie que me ayude, vivo solito, mi papá no me pone importancia, sólo vive tomando guaro (licor) y me pegaba mucho cuando vivía con él”.
Bayardo narra que comenzó a inhalar pegamento desde que tenía 11 años, por problemas familiares. Antes era parte de un proyecto de la Isla de Ometepe (en el lago Cocibolca). Era un internado, pero su papá lo sacó de ahí para retornarlo a su casa.
Con dolor recuerda pasajes de lo vivido entonces, y nuevamente menciona el alcoholismo de su papá. “Mi padre no le puso mucho amor a sus hijos y le pegaba mucho a mi mamá. Me metía para que no la golpeara y por eso no me quería ver. Después mi mamá murió de una enfermedad y entonces fui con mi abuela en Ticuantepe (municipio a 18 kilómetros al sur de la capital) y viví con ella, pero también falleció. Entonces mi papá me corrió de la casa y la vendió. Ahora duermo en varios lugares, donde me agarre la noche. No es como tener un hogar, tener lo propio”.
Para él, el futuro es salir adelante a través de un centro de ayuda para recuperarse y prepararse aprendiendo un oficio, ya sea como chofer o como operador de computadoras. “En el proyecto ha aprendido a hacer hamacas, pulseras y se las entregamos a los profesores. Con eso se ‘ajusta’ para la comida de todos en el proyecto de Los Quinchos”.
Señaló que por parte del gobierno no recibe ningún tipo de ayuda, ni hay programas de apoyo, y recuerda que antes en ocasiones había algunas donaciones, pero ahora nada de eso viene del Estado.
En estos momentos el vertedero municipal de La Chureca está en proceso de cierre, porque alcanzó su capacidad máxima, sin embargo, a través de la cooperación española en conjunto con la Alcaldía de Managua impulsan un proyecto para la instalación de una empresa de reciclaje que empleará a los recolectores del barrio en condiciones de salubridad. Bayardo asegura que él no fue tomado en cuenta porque vive ahí pero no tiene casa.

Sin servicios básicos
También habitante del barrio es María del Carmen, de 12 años. Ella inició en la recolección desde los seis años, junto a su familia. Nos comenta que ha dejado esa labor y estudia el cuarto grado de Primaria en el colegio cristiano La Esperanza.
“Mi familia sigue trabajando en la recolección y logran aproximadamente 50 córdobas diarios, lo que se usa para comprar comida. Mis padres me dicen que salga adelante y que siga estudiando. Yo quiero ser abogada porque me gusta defender a las personas”, expresa de forma pausada la niña que también es asistida por el programa Los Quinchos.
Cuando le preguntamos por los servicios básicos con los que cuenta el barrio se extrañó y dijo que lo único que tienen es agua potable. Lo que es alcantarillado lo desconoce totalmente, en cuando a la energía eléctrica dice que ha llegado a las casas pegándose a los postes del barrio más cercano.
Nos confía que el lugar donde ha vivido toda su vida no le gusta y preferiría habitar en otro sitio, lejos de las montañas de basura y de las aves carroñeras.

Una esperanza
Esos deseos de la niña no necesariamente son sueños, porque hay ejemplos de superación. Uno de ellos es Manuel de Jesús Sevilla, originario de Ocotal. De niño, a los 7 años, abandonó su casa por el maltrato de sus padres. Entonces, colgando de las escaleras de un bus expreso se dirigió a la capital. Deambulaba por las calles, era adicto al pegamento y practicaba las raterías para sobrevivir. Actualmente, a sus 29 años, es ingeniero forestal, una carrera que estudió en Cuba, gracias a una beca.
Otro joven emprendedor es Ulises Eugarrios Cárcamo, quien viene de una familia de doce hermanos todos de padres diferentes. Según nos dice, con su mamá no tenían estabilidad y vendió su hogar. Entonces comenzaron a vivir en casas de otras personas. Finalmente tomó las calles, donde mendingaba. Algo que para él quedó en el pasado.
A sus 22 años cursa el quinto año de Secundaria y para su futuro aún no se decide entre las carreras de Ingeniería Industrial o Sociología. “Me siento muy capaz, después de vivir cuatro años completamente abandonado en la calle, sin madre”.
Actualmente y gracias, específicamente, a las organizaciones no gubernamentales que asisten a la niñez y suplen las deficiencias del Estado, que son muchas en Nicaragua asistidas por la cooperación internacional.
Ulises ya cursó computación, estudió teatro en Italia, también es artesano, trabaja en manualidades y es carpintero, pero no sólo eso, también es promotor del centro de protección infantil que antes le dio la mano. Ha trabajado en los diferentes espacios de su organización y actualmente da asistencia a casi 80 niños y niñas, a quienes trata de captar para rescatarlos y permitirles una oportunidad de vida.