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El larguísimo calvario por una prueba de VIH

Hacerse una prueba de VIH en un hospital público de la capital no es tan fácil como lo pintan. Es una travesía que requiere armarse de valor, paciencia, y, claro, disponer de mucho tiempo. Aun así, nada garantiza que logre su objetivo, tal como comprobamos en un recorrido por tres hospitales capitalinos

Después de tres días de peregrinación por tres hospitales públicos de Managua prácticamente rogando una prueba gratuita para detectar el Virus de Inmunodeficiencia Humana, VIH, ese segundo jueves de abril que decidimos hacer el recorrido juntas, parece que nos cae la suerte.
Llegamos a eso de las 7:30 de la mañana al Hospital Alemán Nicaragüense, donde ya reconocen a Reyneris, pues un par de días atrás vagó por esta unidad buscando que le hicieran el examen de VIH. Nos recibe el portero, a quien le rendimos explicación del motivo de nuestra visita.
Siguiente paso: la oficina de Epidemiología, donde sólo una tomará la consejería que finalmente se limita a indagar la vida sexual: “¿Relaciones sexuales con los de su mismo sexo?”, “¿Viajes en los últimos tres años?”, “Número de parejas en los últimos tres meses”, “¿Relaciones homosexuales?”, “¿Uso frecuente de preservativos?”, “¿Transfusiones sanguíneas?”, entre otros, fueron los cuestionamientos.
Parecía que alcanzaríamos el objetivo cuando llega la orientación: “Vaya para que le den cita”. Lo que sigue es una caminata hacia una oficina ubicada a muchísimos metros de distancia. La persona encargada de programar la toma de la muestra de sangre reconoce a Reyneris como la universitaria que aún sigue buscando que le practiquen el examen de VIH, y como un gesto piadoso decide “mover una palanca” y luego de hacer una llamada, así, sin más, llega el primer pinchazo. Advertencia: debía volver al día siguiente por los resultados y no en diez días como había comunicado la consejera previamente.
Ahora vamos al Hospital Escuela “Roberto Calderón”. Es nuestra segunda vez en ese centro, pero en la primera gira no fue posible ubicar la oficina donde atienden solicitudes como las nuestras porque llegamos por la tarde.
Pasan unos 15 minutos, la mayoría invertidos en esperar a que la persona de información se carcajeara al teléfono. Nos “orienta” y terminamos donde no queríamos: explicándole al guarda de seguridad, ubicado en la puerta que da al laboratorio, que buscábamos hacernos un examen de VIH. Él sí nos dirige bien, y de camino una de las trabajadoras de la oficina de epidemiología nos aborda, queriendo saber qué examen solicitábamos. Le comentamos y ella adelantada nos cuestiona sobre por qué acudimos al hospital, si “en los centros de salud tienen los mismos reactivos que nosotros”, la ignoramos.
Finalmente, entramos a una sala toda blanca donde destacan carteles que invitan a hacerse la prueba de VIH. Pasa media hora, y el lugar más parece una sala de cine, pues todos los pacientes evacuan el tedio de la espera viendo las cursis series mexicanas que en la mañana transmite un canal local. La enfermera encargada está en estadística y tardará.
Así dan las 10:30 de la mañana. Aparece la enfermera y una amable doctora Moreira, quien ante nuestra petición responde que es imposible hacernos la prueba, y ofrece lo que temíamos: cita para el día siguiente. “Trabajamos, no nos van a dar permiso”, le argumentamos. “Les puedo dar una constancia, pero les digo, esto no pasa todos los días, siempre atendemos, pero hoy, justo hoy, dos médicos fallaron y no podemos atenderlas, yo mañana con gusto las espero porque necesito darles la consejería” explica. ¡Tocará volver!

En el “Lenín Fonseca”: el caos
Nuestra agenda marca como último destino el Hospital “Lenín Fonseca”. Tras literalmente “aplanar” sus instalaciones y preguntar, a cuanta persona “engabachada” se nos cruzara en el camino, dónde podíamos solicitar un examen de VIH, terminamos en Emergencias.
El primer filtro, el de seguridad ¡Sí, a él también le contamos a lo que llegábamos! Pasamos con una doctora cuya función es recibir a todos los que buscan alivio a sus males en esa unidad. Ella con cara de fastidio, luego de conocer nuestras intenciones, dice que es imposible que nos realicen la prueba, explicando que atienden urgencias y únicamente a los hospitalizados se la practican, así que el resto según nos comentó debe solicitarla en el centro de salud de la zona donde habita.
-- “Pero la Ley dice que en los hospitales uno también la puede solicitar”, le refutamos. Finalmente, ante nuestra insistencia, decide “hacernos el favor” de ir a buscar los formularios. Sólo nos dan uno, así que una de nosotras lo responde.
En este centro quisimos probar si existe discriminación hacia las trabajadoras sexuales. Empieza el interrogatorio en presencia de las dos, bajo el consentimiento de quien se haría el examen… “¿número de parejas en el último mes?”, transcurren unos cinco segundos sin respuesta, como haciendo un inventario. La doctora ayuda como apurada: “uno, dos, tres, cuatro, cinco…”
-- Uhmm menos de diez calculo”.
“¿Usa condón en sus relaciones sexuales?” La respuesta es negativa, y se empieza a desvanecer el gesto de fastidio en su rostro por uno que revelaba algo de asombro. Así que lanza la siguiente pregunta: “¿Relaciones con trabajadores del sexo?”.
-- “Ese es mi trabajo”, recibe como respuesta.
“O sea que usted es trabajadora del sexo”, dice como para estar segura desde su escritorio ubicado en un rincón de Emergencias, donde los pacientes esperan sentados de frente a que les atiendan.
Al finalizar, la doctora garantiza confidencialidad con la prueba, y explica que la solicitud de examen iba en clave y sólo ella sabría a quién realmente pertenecía.
“Ahora hay que ir al laboratorio. ¿Está segura de que no quiere esperar a que venga el otro formulario para que se haga la prueba?”, pregunta ya amable a la otra, seguramente creyendo que estaba frente a otra trabajadora del sexo que no se protege.
Recibe una negativa, y de camino al laboratorio decidimos poner a prueba la rigurosidad con que tratan a quienes buscan estos exámenes considerados “especiales”. Quien no había llenado el formulario se tomaría la muestra, fue nuestro plan.
La enfermera no notó el cambio, apenas miró el brazo extendido para extraer la sangre. Sus sentidos estaban más concentrados en una plática con sus colegas que hasta olvidó usar los guantes de rigor. El resultado estaría listo por la tarde, fue lo único que informó.
Volvimos por ellos hasta la tarde del siguiente día. La sorpresa: ¡se perdieron! La razón: se entregan el mismo día, de lo contrario se pierden.

Tercera gira al “Roberto Calderón”
7:58 de la mañana, ya estamos en la puerta de Epidemiología. No ha llegado el personal. Diez minutos después abren la oficina, encienden la tele, y angustiadas pensamos que deberemos someternos a otra cursi sesión.
Esta vez la doctora no tardó, nos reconoce e invita pasar a su oficina. Pregunta qué tanto sabemos sobre el VIH, y así comienza una satisfactoria charla en la que explica que el VIH se transmite por relaciones sexuales sin protección, de madre a hijo durante el embarazo cuando el parto es natural; a través de la leche materna si la madre tiene el virus; cuando se comparten jeringas con personas que tienen el virus, entre otras situaciones.
“¿Qué pasa cuando el resultado del examen da positivo?”, pregunta, para decirnos que se practica otra prueba para confirmar el resultado, pero que en realidad la que ellos realizan tiene un 98 por ciento de efectividad. Después nos informa que el VIH requiere de tratamiento antirretroviral permanente para controlar la carga viral, y hasta nos explica cómo actúa en el organismo una vez que se adquiere.
“Se puede vivir con el virus antes de que se manifiesten los síntomas, y se puede vivir muchos años más con el tratamiento, antes de pasar a etapa Sida (Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida), que es la fase crítica de la enfermedad”, mencionó.
No nos dejó ir sin exponernos la diferencia entre VIH y el Sida, para concluir en que se tenga o no el VIH, a todos se nos extiende “una invitación a una vida más sana”, empezando por lo sexual.
Y cerró con la pregunta: ¿Qué harías si sale positivo?... antes --por el carácter de “trabajo” por el que solicitábamos el examen-- no cruzaba por nuestra mente la posibilidad, entonces vino la reflexión, empezamos a escarbar nuestra vida sexual y apareció la duda, el miedo.
-- Pues llorar, y cuando deje de llorar buscar ayuda, respondió la primera--. La doctora sonrió y sugirió como lo correcto buscar ayuda y realizarse estudios clínicos para determinar la carga viral, porque según expuso, existen diferentes niveles. Su objetivo fue siempre transmitir que un resultado positivo no es la muerte como erróneamente la gente piensa.
Pero como también está lo otra posibilidad: negativo, ¿qué harías?
-- Pues, celebrar.
“Continuar así, negativo”, corrigió. ¿Cómo se logra? Según sus recomendaciones con el ABC de la prevención: Abstinencia, fidelidad y uso del condón, aun si se vive en matrimonio. Salimos de esa oficina satisfechas y entendiendo que la consejería no se resume a conocer el comportamiento sexual que fue lo que encontramos en los otros hospitales.

El resultado
Ese mismo día a la una de la tarde estamos de regreso. El suelo parecía tener un imán que hacía pesados nuestros pasos cuando desde el parqueo nos dirigíamos por los resultados a Epidemiología, por un atajo que después de tres giras habíamos detectado. Las manos sudadas es la reacción común. Nuevamente salta el recuento mental de nuestro comportamiento sexual, buscando negarnos la posibilidad de un “positivo”. ¡Llegamos!
Una enfermera hace pasar a la primera. El pulso se acelera, los nervios son inevitables.
-- “Como le dijo la doctora, cuando los resultados son positivos se manda a hacer una confirmación”, dice con toda la tranquilidad del mundo, mientras con la punta de un lapicero saca la grapa que sujetaba una esquela identificada con iniciales. Parecía ser la antesala de un resultado adverso. “En su caso es no reactor”, se limita a decir, tomándose ella el privilegio de ser la primera en conocer los resultados. Finalmente salen las palabras. La mente sólo preparada para esperar un negativo o positivo no logra procesar el término.
-- ¿Eso qué significa?
“Significa que es negativo”, responde… ¡Por allí hubiera comenzado!

Hacerse la prueba: el paso más difícil
Arely Cano, de la Asociación Nicaragüense de Personas Viviendo con VIH/ Sida, Asonvihdisa, considera que tomar la decisión de hacerse la prueba es el paso más difícil, por lo que a su juicio el sistema de salud no debería ser tan burocrático cuando alguien la requiere.
No obstante, reconoce que el acceso a la prueba en Nicaragua ha evolucionado en comparación a una década atrás, recordando que cuando ella recibió el diagnóstico positivo de VIH, el estigma y la discriminación eran parte del servicio. En lo que sí Cano manifiesta reservas es en la confidencialidad.
“No hay respaldo de quiénes se darán cuenta si es positivo o no”… he ahí la decisión de elegir dónde hacerse la prueba”.
Sin embargo, la gratuidad del servicio en los centros de salud y hospitales públicos, los hace más elegibles que centros como SI Mujer y Xochiquetzal, entre otros, donde se debe pagar entre 100 y 200 córdobas por un examen de VIH.
Por su parte, el doctor José Medrano, Secretario Técnico de la Comisión Nicaragüense del Sida (Conisida), aseguró disponibilidad de la prueba de VIH en el sistema público de salud, agregando que existe prioridad en cuanto a evitar la transmisión vertical.
“Excusa para no tener prueba, no podría haberla. Nicaragua tiene 23 millones de dólares disponibles por el Fondo Global para invertir en VIH en los primeros dos años, lo que incluye inversión en accesibilidad a la prueba. Ésta debería ser a todos los niveles”, manifestó respecto a este punto la representante de Asonvihsida.
Respecto a los pasos a seguir para evitar una peregrinación en busca de un examen de VIH, Medrano sugiere acudir primero al centro de salud más cercano.
No obstante, muchos --incluidas nosotras-- descartan la opción por encontrar gran número de rostros conocidos y el temor a ser estigmatizados.
Cano respaldó esa preocupación argumentando que hay un sinnúmero de casos que buscan lo más lejos posible la prueba de VIH. La desconfianza a la confidencialidad es la principal razón, sobre todo en las zonas rurales, comentó la fuente.
Ambos coincidieron en que la descentralización de la prueba les está permitiendo tener un panorama más claro de cómo el VIH está afectando a la población, y por eso la importancia de realizársela.