Nacional

Piedras y morteros para nuevo servicio militar patriótico

* Sin blancos de “derecha oligarca” hay que lanzar las municiones para algún lado * Los adultos, empleados del Estado, acarreados por sus jefes, observan con vergüenza ajena desde las aceras

Ramón H. Potosme

La silueta de un joven luce frondosa, su espalda sudada todavía está limpia, y lleva puesto un jeans de buena marca y unos zapatos “converse”. A su lado tenía una mochila de color militar con un buen diseño, pequeñita y a la moda. En su rostro parecía haber alegría y gozo porque con su mortero apoyaba la destrucción de una fachada del edificio de la Asamblea Nacional.
En los altoparlantes, las canciones que sonaron fueron las cantadas durante la insurrección contra la dictadura somocista, las históricas de lucha de Los Guaraguao, y el compendio completo de los Mejía Godoy y la incitación a la intrínseca rebeldía de la juventud.

¿Cuál Decreto?
Pero al poco de estar se dieron cuenta de que no tenían adversarios, nadie contra quien luchar. Repetían constantemente frases en contra de los diputados y en defensa del decreto presidencial 03-2010, algunos de ellos ni sabían el contenido del decreto y se molestaba si se les preguntaba. Su estadía en el sitio perdía sentido, pues dentro del edificio del Parlamento diputados liberales y orteguistas sesionaban con normalidad.

La alegría por las piedras y los morteros
Los sacos de morteros no podían llegar en vano, y tirarlos al aire era como desperdiciarlos… parecía aburrirles. Entonces lanzaron morteros a las ventanas de la fachada norte de la Asamblea Nacional, que está frente al Ministerio de Hacienda y Crédito Público. El alcance esta vez fue limitado y muy poco hacían con los morteros.
Las piedras que dormían a sus costados fueron despertadas y estrelladas contra los ventanales que quedaron completamente dañados. Es la segunda ocasión este año que deberán ser cambiados. Los morteros, sin cesar, eran lanzados sobre los huecos y el techo del edificio. Esto sí les alegraba.
Terror en trabajadores del parlamento
Dentro del edificio las trabajadoras de la Asamblea corrían nerviosas, y con voz entrecortada narraban cómo habían caído los vidrios y el temor que sintieron al ver entrar los morteros. “¿Y cómo no voy a estar nerviosa si caían vidrios y entraban piedras y morteros?”, expresó una señora casi llorando a un periodista de televisión.

Los observadores
De largo, otros jóvenes se protegían del sol bajo árboles de Laurel de la India o de algunos más pelones. Ahí estaba la inmensa mayoría de los movilizados hasta el Parlamento. A veces sonreían para no estar fuera de tono, pero lo hacían con timidez. Algunas veces expresaban aprobación ante el relato de los “heroicos” que acababan de terminar alguna cantidad de los sacos de morteros. La cantidad de pólvora pudo superar el volumen de agua que cargaban en sus hombros decenas de vendedores de agua helada que aprovecharon la ocasión.
Un niño que usaba una camiseta grande corría entre los adultos con emoción y agresividad, y entre los grupos con camisas militares, pañoletas del Che Guevara y look de revolucionarios, los chavalos y chavalas se hablaban con provocación, compitiendo por quién hacía mayores osadías. Más alejados estaban los trabajadores de las instituciones del Estado, bajo los árboles del Parque “Luis Alfonso Velásquez” o en las orillas del asentamiento de los afectados por el Nemagón.

Los adultos
Algunas enfermeras y mujeres adultas desaprobaban las acciones con su cabeza y sus ojos engrandecidos. Quién sabe qué pensarían, pero ninguna de ellas era parte de la batalla. Por sus camisetas se pudo conocer la presencia de trabajadores del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social, INSS, del Ministerio del Trabajo y del Fondo de Inversión Social y Emergencia, FISE, con Nelson Artola a la cabeza.
Las decenas de buses quedaban bajo los árboles, algunos de ellos fueron fletados desde Masaya. Ahí venían los morteros. Llamaron a unos cuantos para cargarlos con municiones, y atrajeron a centenares, que corrieron un tramo de 100 metros, aun cuando no sabían a qué iban, igual de alegres regresaron hasta los semáforos ubicados cerca del Parlamento.

La organización
Su desplazamiento también tenía un orden, por la voz de mando habían quienes coordinaban; desde el altoparlante llamaban a los jefes de distrito a ordenar la situación cuando se salía de control. Los mismos dirigentes se habían dado cuenta de que no podían seguir apedreando las instalaciones del Parlamento.
Formando largas hileras, los jóvenes corrían como en batallones, obligando al agente a concentrarse por el semáforo, pasadas las 11 de la mañana. A esa hora la sesión ya había terminado. Los dirigentes dieron todo el mérito a los manifestantes, cuyo logro había sido “obligar a los diputados de la derecha a trabajar”. Había una misión concluida.
Uno de los jóvenes agarró su lanzamorteros, más pequeño de lo normal, y lo metió en un ojal del bolso militar, mientras caminaba airoso hacia su casa. Atrás quedaba el diputado Gustavo Porras con su discurso y con cualquiera que quisiera sumarse.