Nacional

Un rosario de bondades y el progreso asoma

* Todo lo artesanal cambió y con ello la vida del poblado * Comercio, pequeña industria y hasta la propia seguridad dieron un salto de calidad

Amparo Aguilera

II PARTE

Cuando a los pobladores de Cua, Bocay, se les pregunta al azar qué tanto ha cambiado su vida diaria con la energía generada por la planta hidroeléctrica El Bote, lo primero que tienen en mente es la alimentación, y allí surge un rosario de bondades.
Responden de entrada: “Ya tenemos pollo congelado” o “no comemos sólo gallina de patio”; “variamos la comida”; “hacemos queso fino”; “la crema dura más”; “ya podemos hacer ‘pocicle’ (helados)”; “las verduras dilatan más”; “estamos mejor nutridos”.
Otros, en cambio, hablan del antojo diario: “tenemos hielo y agua helada”; “hay gaseosa helada”; “se elaboran más frescos naturales”; “las cervecitas están en su punto, ahora sí da gusto tomarlas”.
Sin embargo, al entrar en calor en el tema, dan más razones para hacer ver la importancia de contar con luz de forma permanente en la zona, por la perseverancia de la Asociación “Benjamín Linder”. Y así, todo lo que a simple vista es normal, adquiere relevancia.
En la comunidad El Bote, donde se asienta la planta impulsada por el agua que proviene del río Cua, afluente del río Coco, los habitantes consultados refieren desde cuánto ha mejorado el comercio y la seguridad ciudadana, hasta el hecho de disfrutar, en los últimos tres años, de novelas “rosas” mexicanas, noticieros locales y películas.
El líder territorial y además pulpero en la comunidad, Anselmo Cordero, comenta que “los ingresos, en términos de comercio, han aumentado en un 20 por ciento”.
Antes de 2007, año en el cual comenzó a operar la planta, Cordero detalla que su pulpería movía 500 córdobas a la semana, pero desde hace tres años, reporta 600 córdobas o más, según la época, porque ofrece más productos, como el pollo refrigerado, uno de los que más demanda tiene en el poblado.
“Si hablamos de la seguridad, el cambio es evidente: desde que hay luz la gente que toma licor no dispara, no anda armada, y no camina ‘lajeando’ (apedreando) las casas. Eso ya no se ve, y hay más presencia policial”, explica, tras recordar que tiene 22 años de vivir en El Bote.

La vida es más alegre
En tanto, Bedayda del Socorro Castillo, de 26 años y con tres hijos, menciona que en el pueblo “hay más vida”.
La gente, según dice, “sale más en la noche, no tiene miedo. Van a los tragamonedas, no sólo a tomar licor; hacen otras cosas. Ahora hasta se dan clases por la noche, entonces uno ve más gente sana”.
Castillo, al igual que Cordero, tiene su ventecita, en la que mueve entre 400 y 500 córdobas semanalmente. Es decir, entre 100 y 200 córdobas más respecto a hace tres años, cuando la comunidad no tenía energía eléctrica de forma permanente.
Harvard Centeno, otro poblador de El Bote, dice que para él lo importante es que la vida “es más alegre”.
“En mi casa tenemos equipo de sonido y los vecinos también. Pasamos escuchando música para no aburrirnos. Mi mamá ve las novelas mexicanas, las hondureñas… y también se ven los noticieros de Managua, porque no llegan los periódicos hasta aquí (El Bote)”, aclara el hombre de 30 años.

Sólo les faltan los celulares
Lo cierto es que “hasta nos acostamos más tarde. Antes (sin luz permanente) nos dormíamos a las seis de la tarde, pero ahora pasamos despiertos hasta las nueve o las diez de la noche o más: si queremos, amanecemos. Lo que nos hace falta sólo es la antena para los teléfonos celulares, para sentirnos completos”, dice.
La profesora Maribel Lanuza coincide en esto último con Centeno. “Nos hacen falta sólo los celulares, porque con la luz estamos bien. Ya hasta molemos los granos en el mismo poblado”.
Aparte de eso, “como maestros nos permite dar charlas educativas a cualquier hora del día, y como ama de casa, puedo decir que nos ha ayudado a entretenernos y a socializar más. Ahora hablamos con los vecinos de temas que salen en la televisión, hay cosas de qué hablar”, opina.
A doña Edicta Imelda Ruiz, de 49 años, la vida también le mejoró. Ruiz, esposa de un finquero, precisa que cuando no tenían la planta hidroeléctrica, le tocaba procesar en un molino de mano entre 40 y 50 libras de maíz para dar de comer a los mozos de su hacienda.
Eso le tomaba hasta tres horas. “Pero con la luz de la planta, muelo las misma cantidad de libras en 15 minutos, porque tengo molino con motor eléctrico. Estoy contenta con eso”, manifiesta.

Actividad económica es diversa
El alcalde del Cua, el liberal Raúl Acevedo Lara, enfatiza que la zona es otra desde que no le falta la luz. “Por donde veamos, hay más desarrollo”, recalca.
Ejemplifica que a finales de los 90 no contaban con “grandes” distribuidoras de productos alimenticios y del hogar. “Pero ahora, con la luz, en El Bote hay cuatro grandes distribuidoras que incluso abastecen a gente de Matagalpa y de Wiwilí. Hay comercio por todos lados, hay más alimentos y productos con valor agregado como el queso industrial y el café empacado, que se ve en departamentos como Matagalpa”.
Acevedo indica que, además, están más comunicados con el resto del país y el mundo. “Ahora hay internet, las instituciones tienen computadoras y es fácil intercambiar información entre los municipios, con el Gobierno central y con pueblos amigos del exterior. Esto es una gran herramienta de desarrollo”.
Por otra parte, en el Cua afloran centros de computación. Los estudios universitarios en la zona son una realidad, gracias a la energía de El Bote.
El municipio alberga, desde 2008 y 2009, dos universidades que ofrecen desde carreras forestales hasta Turismo y Administración de Empresas. Una es la Universidad del Norte, y la otra, la “Martín Lutero”.
“Contamos con 150 muchachos que estudian, y esos serán los futuros profesionales, son hijos e hijas de campesinos y productores”, detalla el ingeniero Juan Enrique Morales, quien incluso destaca que hasta el tráfico ilegal de madera se ha reducido porque hay más control en la zona.
En cuanto a medios de comunicación, también hay cambios. Antes de 2007, el Cua sólo contaba con una radio, de acuerdo con los lugareños. Ahora tiene dos: Radio Bosawás, que es de la comuna, y Radio Peñas Blancas, que es privada.
El director de Radio Bosawás, Martín Javier Machado, señala que con ese medio de comunicación atienden a la población que usualmente llega a pedir ayuda económica, e informan sobre los proyectos sociales que impulsa la Alcaldía.
Además, en la programación hay temas religiosos y ambientales. “Así que se educa por ese lado a la gente”, expone.
Elsa Benavides, una de las propietarias de Radio Peñas Blancas, la otra existente en el Cua, refiere que en su caso actúan como “mensajeros” entre las familias de la zona.
“La gente viene aquí (a la radio) y manda mensajes a los familiares que viven en las comarcas más alejadas: les avisan cuándo van a visitarlos, si hay un muerto en la familia, si hay enfermos, si requieren de su ayuda, en fin, de todo, y nosotros damos ese servicio sin ningún costo, porque la luz nunca falta. Incluso en períodos de emergencia estamos disponibles para informar a la población. Me refiero a épocas de huracanes y de elecciones”, ejemplifica.
Una de las instituciones que más utiliza las radios locales es el Ministerio de Salud, Minsa. La entidad ve el medio como “ideal” para anunciar las jornadas de vacunación. La directora del centro de Salud de Cua, Aurora Medina, confirma que al contar con 102 comunidades en la zona, la mayoría rurales, la radio se convierte en el medio más cercano para esa población.
Incluso, dice que para atender emergencias también los saca de apuros. “Ahora con la luz permanente, el área de emergencia se nos llena. Hay días que atendemos hasta 24 personas, muchas de ellas niños con problemas graves de asma y neumonía (y a veces toca trasladarlos)”, subraya. Aunque ahora los aparatos utilizados para esos problemas --como los nebulizadores-- no se les dañan, porque tienen energía eléctrica las 24 horas del día.

Hay más carpinteros
Otro negocio que no pasa inadvertido, tanto en El Bote como en el Cua, son los talleres de carpintería. Víctor Manuel Blandón expresa que antes de 2007, cuando no operaba la planta de El Bote, en el Cua había sólo seis talleres. “Actualmente hay 15 talleres”, precisa. Es decir, que han crecido en un 150 por ciento.
Los talleres, de acuerdo con Blandón, trabajan ocho horas, y no cuatro o seis como ocurría cuando la energía era escasa.
“Como la luz sólo se tenía de cuatro a seis de la mañana y de doce del mediodía a seis de la tarde, entonces sólo se podía aprovechar la tarde para trabajar. En la mañana era imposible ya que era muy baja, todo el mundo la ocupaba”, rememora el carpintero.
Al contar con más horas laborables, los ingresos de un taller actualmente son, en promedio, de 10 mil córdobas al mes. “O sea, un 50 por ciento más de lo que se registraba cuando no se tenía la energía a tiempo completo”, destaca Blandón.

Proyectos agropecuarios en mente
Hoy por hoy, las expectativas que genera esa energía en El Bote siguen creciendo. Blandón no duda de que los negocios crecerán al mismo ritmo en los próximos tres años.
Entre tanto, otros pobladores como el presidente del Poder Ciudadano en el Cua, Aníbal González, recalca que hasta tienen en mente instalar proyectos vinculados a la producción, como trillos de arroz y granjas de cerdos.
“Estamos claros de que sólo unidos podemos hacerlo. Estamos claros, además, de que no queremos asistencialismo, sino proyectos que lleven el esfuerzo de todos, porque así se valoran más, entonces estamos pensando ya en un trillo de arroz para consumo interno y para venta. Creemos que instalarlo significará un costo de unos 100 mil dólares. Este financiamiento prácticamente se tiene, y ahora sólo es diseñarlo y trabajarlo en conjunto porque hay luz”, sostiene.
También “se está pensando en aprovechar los proyectos como Hambre Cero, del Gobierno. Para comenzar se piensa en granjas, porque es un hecho: la luz que encendió Benjamín Linder nunca se apagará, como decimos en el Cua. ¿Se preguntarán por qué? Por el esfuerzo de todos y a eso apostamos”, puntualiza González.

¿Qué dice la Iglesia?
En el municipio del Cua --parte del mismo es la comunidad de El Bote--, el 57 por ciento de la población es católica y el 43 por ciento evangélica, según la memoria de la Alcaldía del Cua 2005-2008.
“Así que los líderes de ambas religiones han jugado un papel importante en temas cruciales como el de energía. Los han apoyado, y eso ha hecho que la comunidad se empodere más de proyectos como la planta de El Bote”, apunta Luis Gaitán, Director de Planificación en la Alcaldía del Cua.
El padre Carlos José Blandón indica que la planta, sin duda, ha llevado el progreso a la zona. “Hay bancos, fotocopiadoras, impresoras, centros de computación, las instituciones operan sin problemas más de ocho horas al día, entonces se siente el desarrollo, porque un pueblo sin luz es un pueblo pobre”.
Aunque al mismo tiempo refiere “que lo negativo son negocios como los tragamonedas y las cantinas. Pero en general el tener energía las 24 horas es positivo, ya nadie se alumbra ni con candelas ni con candil”.
Entre tanto, el pastor evangélico Isidro Espinoza valora que con la luz de El Bote hay más creatividad en los negocios. “Ya vemos negocios donde se reparan motos, que antes no se veían, y la gente se hace de sus cosas como las refrigeradoras”.
Además, alaba la asistencia técnica de la Asociación “Benjamín Linder”, “porque si se daña un transformador, de inmediato lo reparan, acuden rápido a repararlo, son responsables, y eso genera confianza en el proyecto”, sostiene.