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Vio a Somoza en último crepúsculo de la dinastía

* “No me gusta hablar de mí mismo, pero yo creo que soy superior moralmente a los que me dicen somocista” * Había corruptos en aquel régimen, pero también gente increíblemente honesta y eficiente, asegura * “¿Qué si yo creía que el régimen (de Somoza) estaba terminado? Por supuesto que sí”

Edwin Sánchez

La última vez que Harry Bodán, entonces vicecanciller de la República, vio a Anastasio Somoza, fue a la hora del crepúsculo del 16 de julio de 1979. Al reloj de la dinastía somocista apenas le quedaban a lo sumo unas siete horas, las mismas para que él, segundo titular de Relaciones Exteriores, relevara a Julio C. Quintana.
“No estaba nervioso”, recuerda al dictador.
El joven diplomático que servía en el cuerpo exterior desde 1975, le había dicho meses atrás que su gobierno ya no era viable. Que incluso, en las últimas semanas, sus amigos personales que estudiaron con él en la Escuela de Diplomacia en España se negaban a atender sus llamadas, a menos que las hiciera a sus propias casas.
“En mi opinión, el gobierno ya no era viable después de los ataques del 78, cuando hubo alzamiento generalizado y el gobierno utilizó la fuerza militar. Según los entendidos en la materia, el gobierno obtuvo una gran victoria militar, pero fue una enorme derrota política. Después de eso no había viabilidad.
¿Por qué aceptó?
“Luego viene la torpeza humana… ¿que si yo creía que eso había terminado? por supuesto que sí, pero ya mi idea del conflicto no era cuestión personal. A uno le toca muchas veces estar en situaciones por casualidad. Lo que hubiera sido espantoso era haber renunciado en medio de todo, cuando sabe que uno puede ayudar, en la forma que le estoy diciendo”.
Bodán reflexiona a la pregunta de por qué ponerse en la primera fila del servicio diplomático en un momento en que ya nada era viable, y él saca a relucir los conceptos aprendidos en Madrid.
“Uno debe entender cuál era el deber de uno, y no es que sea moderado por naturaleza; mi formación diplomática conlleva la creencia de que los conflictos se pueden resolver por el diálogo y por el compromiso”.
Preservar el orden, dice ahora el doctor Bodán, quien se desempeñó como el último canciller de una efímera presidencia que trataba de suceder al dictador para hacer un “traspaso ordenado y evitar que se perdieran más vidas humanas”.
Mucho tiempo en la vida de un hombre ha transcurrido desde entonces, aunque sólo sea una gota, pequeña, en el mar de los acontecimientos de la historia. “Lo que pasa es que hay un período del 79 del que nadie quiere hablar, pero si uno es franco y quiere saber la verdad, se cometieron muchísimos actos de violencia innecesaria, de ambas partes”.
Usted sería el último canciller del somocismo o del pequeño período de transición. ¿Cómo queda esta parte de la historia?
Hay un aspecto legal. Yo fui Ministro de Relaciones Exteriores porque se notificó al cuerpo diplomático mi nombramiento, y el 90% respondió. Los que no respondieron al nombramiento eran los países que habían roto relaciones con Nicaragua. Ésta es una legalidad internacional. Y la aceptación venía precisamente, porque creo yo que había ese entendimiento para ese período de transición, donde alguien tiene que ocuparse de la parte internacional. Una cuestión ordenada, para entregarle a quien fuere.
¿Se sentiría mejor canciller de la transición?
No me molesta ser canciller de Somoza ni que me digan somocista y todo lo demás, si no es en sentido peyorativo, porque eso sería juzgarme moralmente. Y no me gusta hablar de mí mismo, pero yo creo que soy superior moralmente a los que me dicen somocista.
Se conocía que Somoza y compañía hicieron una serie de cosas que precisamente terminaron botándole, metieron las manos al erario, aunque habrá sus excepciones. Somoza era sanguinario y se quedó con tierras, propiedades, y por extensión, a los que tuvieron con él se les llama…
Mire… no quiero justificarme ni nada, porque no necesito justificarme. Vine en 1979, y todo el período anterior estuve fuera de Nicaragua, y también el período de ocho años de estudiante en España. No quiero alegar ignorancia ni nada. Pero tengo un conocimiento directo más que el ‘tan tan’ que dice la gente, de que durante el terremoto tal cosa. Pero sí le diré algo y que llamó mi atención, como lo comentaron personas a quienes les tenía aprecio y servían al gobierno en esa época.
Apareció una noticia en el periódico de que un ministro que había otorgado una licitación a su compañía, y este ministro era parte de la Junta que tenía que decidir las licitaciones. Y cuando le preguntaron al ministro que si no consideraba aquello falta de ética, él contestó: ¿Por qué? Si mi compañía es tan buena como las otras, ¿cómo no puede ganar?
Ahí me di cuenta de lo que es la corrupción. No es sólo el hecho de hacer actos de corrupción, sino moralmente no saber qué es corrupción. Es cuando alguien dice que no entiende por qué lo están acusando de corrupto, cuando lo que ha hecho a todas luces es una corrupción.
Fue cuando dije: yo no sé que hay tal cosa (en Nicaragua), pero esa reacción (del ministro) lamentablemente se sigue viendo en la historia posterior de Nicaragua, donde algunos creen que sus actos no son corruptos. Y unos dicen: lo que sucede es que unos lo hacen y lo demuestran visiblemente, y otros no. Esas distinciones no las creo: el corrupto es corrupto.

Los honestos en el somocismo
¿Cómo un hombre como usted, preparado para ser diplomático de carrera a pesar de servirle a un sistema acusado desde afuera y adentro, no se contaminó?
Es una actitud personal y lo diré con toda honestidad: yo conocí a muchísima gente en esa época que estaba en el gobierno, muy honesta y de gran eficiencia. No quiero mencionar nombres porque temo dejar de fuera a algunos. Todo mundo coincide en que ese régimen fue exitosamente económico para el país. Ahora, que si eso se lo repartían, estamos hablando de las cifras reales. Si hubiera seguido ese crecimiento, Nicaragua estuviera ahora 5 ó 6% arriba de Costa Rica.
¿A qué se debía eso?, fundamentalmente a que se dejaban libres las energías del pueblo de Nicaragua. Eso me ha llamado la atención. El pueblo de Nicaragua era un gran productor porque había incentivos de producción, crédito agrícola por el Banco, la cartera de recuperación de esos préstamos andaba por el 92%; el campesino se sentía orgulloso de pagar.
El crédito no se daba en base a la hipoteca de la tierra, sino a la prenda agraria; si había producción el campesino pagaba, si no había, el banco no podía recuperar. Para que hubiera producción el banco debía darle asistencia técnica, semilla, etc.
Eso no puede negar ni justificar a un régimen que políticamente vaya por un lado y económicamente por otro.
¿Llegó a hablarle a Somoza por la falta de libertades públicas y del libre juego democrático?
No era político, pero lo que le decía al presidente de entonces era reflejar el sentir de lo que estaba diciendo la comunidad internacional, la cual consideraba que era un obstáculo a la democracia, a la paz, y, por consecuencia, al progreso nicaragüense. Eso se lo decía claramente porque fue mi deber.
¿Eso no era agradable a los oídos de Somoza?
No, no, al contrario de lo que se cree, no sé si hacía caso --por lo visto no--, pero él apreciaba ese tipo de cosas. “Presidente, recibí la visita del embajador tal y me dijo que ellos expresan las preocupaciones de su gobierno por esto y esto”. Y si me pregunta mi opinión, yo le decía: somos un país desafortunadamente pequeño y éstos son países importantes en el área, y habría que buscar una fórmula de arreglo. ¿Cuál es?, en eso ya no me meto, esa es la realidad. Estamos perdiendo el apoyo internacional.
Escuché a gente decir cosas que no creo que hayan sido muy agradables para Somoza, como escuché a otros que decían todo lo contrario; por supuesto había gente muy clara.

Mañana:
* “Somoza estaba tranquilo”
* “La gente quiere justificarse ante la historia”
* “Desde Cancillería en complicidad con embajadores, sacábamos a gente de las embajadas fuera del país”