Nacional

Sin rendirse, cae, se levanta y sigue adelante

* Cada noche sus padres la cargan hasta la universidad * Incomprensiones y maltratos de conductores en la calle * Pero en Unica recibe solidaridad de alumnos y maestros

Una joven con discapacidad física sabe lo que significa caer para levantarse y seguir de frente. Ante las dificultades de una ciudad cruel con los discapacitados, y ante la insensibilidad social de los conductores, ella sonríe y sigue adelante buscando el éxito en la vida.
Tuvo la mala suerte de venir al mundo en mala posición fetal. Aunque al final lograron extraerla del vientre con vida, la mala postura y las complicaciones del parto la marcaron para siempre con la inmovilidad de sus dos piernas.
Desde ahí, de esa lucha entre la vida de su madre o la de ella, María de los Ángeles Maltez logró obtener su primera victoria: nació y tuvo madre viva, y eso, para ella, es lo más grande del mundo. A pesar de las afecciones físicas, la niña creció sana, y lo que la naturaleza le quitó en movilidad, se lo dio en inteligencia.
“A los cuatro años ya sabía leer y escribir y siempre estaba aprendiendo lo que los otros niños tardan en aprender”, cuenta orgullosa su mamá, doña María de la Concepción Sánchez, una humilde costurera que ha tenido que partirse la espalda sobre la máquina de coser ropas, para que la muchacha lograra estudiar primaria y secundaria, y actualmente pudiera ingresar en la universidad.
A punta de desvelos y costuras
“Su padre y yo siempre la vamos a dejar y a traer para que ella aprenda y sea alguien en la vida”, dice la señora en esta humilde casa con aires de finca en las Sierritas de Managua. Si la muchacha ha logrado llegar a donde está, aparte del esfuerzo de su madre costurera, es también gracias al desvelo de su padre, José Maltez Sotelo, quien trabaja de vigilante en una embajada en Managua.
“Él es mi chofer”, dice ella a modo de broma, y él sonríe con aires mal fingidos de enojo por la chanza de su hija mayor de una prole de tres.
“Pero ahorita tenemos malo el carro”, sigue la joven, y es entonces cuando la cara de broma de José cambia repentinamente a pesadumbre y angustia. A este punto, explican el motivo de sus preocupaciones.
“Nosotros todos los días vamos a dejarla y traerla a la universidad, usted sabe que están malas las calles y que las cosas se desgastan. La silla de ruedas de ella ya está toda arruinada, parece carreta de bueyes, y tememos que un día se nos friegue y ella se nos caiga”, dice Sotelo, quien buscó a EL NUEVO DIARIO para saber si lograban conseguir una silla de ruedas para la muchacha.
De su casa al recinto, hay kilómetro y medio de distancia. La pareja se turna para ir a dejarla y a traerla a la Unica, donde ella logró una media beca tras tocar muchas otras puertas universitarias que nunca se le abrieron.
“Fuimos a la UCA y nos tuvieron con que llegáramos y llegáramos, que metiéramos papeles y nunca nos respondieron. En otras universidades ni nos dejaron preguntar, y en la UNAN nos tuvieron haciendo fila tres horas y después ni la querían atender. Además, le ofrecían unas carreras raras que a ella no le atraían”, cuenta José.
Ciudad hostil
“A la Unica entramos gracias a una media beca de un monseñor que nos echó la mano, y por eso ella está ahí. Con mucha dificultad le pagamos la media beca y le mantenemos los estudios, y ella se pone las pilas para mantener el promedio y terminar sus estudios”, dice doña María, quien acaricia la cabeza a la muchacha, que se sonroja de que la traten como niña.
La falta de movilidad de sus miembros no es la única dificultad que ella ha encontrado para seguir estudiando. La misma universidad, con sus edificios de tres pisos y graderías, ha sido una tortura en sus últimos cuatro años.
“Me he caído varias veces, y al inicio era difícil, pero poco a poco mis amigos y compañeros de clases me han ido ayudando, y ahora ya casi no me caigo”, dice ella riendo.
Para solucionar la falta de rampas y vías de comunicación seguras para que ella se movilice, la universidad ha decidido mantenerla estudiando en el edificio de Derecho y no en el tercer piso del edificio de Ciencias Económicas.
“Se han portado súper bien conmigo, hasta me llegan a hacer las gestiones al aula para evitar que yo me mueva a las oficinas administrativas”, dice ella agradecida, y con las manos asidas fuertemente al andarivel que la sostiene, mientras su padre repara y soca las tuercas de la silla de ruedas azul que yace en una esquina del porche de la casa.
Golpes tras golpes
“Viera los pijazos que se me ha pegado mi pobre hija”, dice José, y la muchacha se sonroja y lo regaña: “¡Ay, papa, van a decir los periodistas que soy una dejada!” Entonces él explica que no es porque ella sea una dejada, sino por muchos otros motivos que a él lo llevan a maldecir a los que tienen carros, y a doña María a rezar para que no llueva.
“Ustedes saben cómo están las calles de arruinadas, hoyos por todos lados, y como ella estudia de noche, cuando está oscuro no hemos visto los huecos y nos hemos pegado unos pencazos”, cuenta él con pesar, y dice que cuando los golpes son por estos motivos, él no se molesta tanto como sí le molesta la actitud de algunos conductores.
“Cuando venimos a la orilla de la carretera, a los conductores no les importa que ella venga en silla de rueda. Pasan a toda verga y la bañan de agua sucia. Muchas veces nos hemos tenido que regresar a cambiarla porque la han empapado de lodo y de agua sucia los conductores de unos grandes carrazos”, se queja amargamente él.
Y la mamá de la muchacha no se queda atrás ante los reclamos, y cuenta las peripecias que ha tenido que pasar para que hija llegue a la universidad. “Unos buseros ingratos casi nos pasan llevando, no respetan su condición de persona con discapacidad, y algunas veces, cuando nos vamos al centro de la calle para evitar los hoyos, los carros nos pitan y nos pitan para que nos apartemos y hasta escapan de atropellarnos. Nos han pasado silbando cerquita”, se queja la señora.
En otras ocasiones, cuando no les pitan o las mojan, les gritan ofensas: consigan un carretón de caballo, compren un tren y muchas otras sandeces.
Miedo al agua
“Yo ya no les hago caso, yo sé que no me puedo pelear con unos cuantos vulgares”, dice ella con dignidad, y su mamá sigue contando que aparte de los inconvenientes de una sociedad cruel y una ciudad inhumana, hasta contra la naturaleza tienen que luchar para que la muchacha alcance sus sueños.
“Yo le pido a Dios que no llueva en las noches cuando ella va a clases. La otra vez casi se me la lleva la corriente. Tuvimos que pelear para cargarla con todo y silla para que no se la llevara el agua. Viera usted qué arrecha estaba la lluvia ese día, venimos hechos sopa los tres”, cuentan a dúo don José y doña María.
Y es hasta entonces que ella expresa sus miedos: teme mucho al agua, a los rayos, sobre todo, porque piensa que la silla metálica puede atraer las centellas. También detesta las calles lodosas, porque casi siempre los carros la pringan, y le tiene miedo a los hoyos porque más de una vez ha caído en ellos cuando va a clases.
”He perdido muchas clases por eso, porque cuando me enlodo debo regresar a cambiarme, y cuando llego ya han comenzado las clases”, cuenta la muchacha que sueña, si Dios le presta vida, coronar su carrera e iniciar un posgrado para dedicarse a trabajar y pagar, en buena onda aclara, el gran esfuerzo que sus padres han hecho por ella.

También aprende inglés
María de los Ángeles Maltez Sánchez durante el día ayuda a su mama en la costura, pegando botones, cortando telas y haciendo otros trabajitos pequeños. Luego estudia y hace las tareas, y por las noches va a clases en la universidad.
Los sábados va a clases de inglés en el Colegio Americano, donde logró conseguir otra media beca, y mientras ella aprende el idioma, uno de sus padres espera afuera hasta que terminen las clases para llevarla de regreso.
“Ya hasta aprendí mis dos palabritas en inglés de tanto oír la clase”, dice con orgullo José Sotelo.
Aparte, ella quiere aprender otro idioma que no es del agrado de su madre: japonés. “Yo le digo para qué le puede servir eso, y ella insiste en que un idioma lindo, pero de todos modos no tenemos para pagarle ese curso”, dice la señora, y la muchacha no deja de reír.
“Cuando termine la carrera, si Dios quiere, aprenderá otra carrera. Hay varias que me gustan, pero primero sacaré el posgrado, y cuando logre conseguir trabajo, me meteré a otra cosa”, dice la joven inquieta y de sonrisa amplia.