Nacional

Izquierdas de América Latina y sus compases

* Ortega es jugador de todas las apuestas: quiere ser amigo de Chávez, protegido de la Iglesia Católica, bien visto en Teherán y receptor de la ayuda de Occidente * Está la versión autoritaria de Venezuela; la europeizada de Bachelet; la de Colombia en eterno pleito; la anti Chávez de Alan García, y otras que temen ocurra lo de Bolivia

EL PAÍS
La versión convencional de la historia asegura que, en América Latina, hay dos izquierdas fundamentalmente distintas. Una es la autoritaria de Hugo Chávez en Venezuela, que niega el carácter de verdadera izquierda a todas las demás, y otra, la socialdemocracia europeizada, llena de las mejores intenciones, pero con limitada capacidad de intervención sobre la realidad, que es la de Bachelet en Chile.
Y, admitiendo el matiz como categoría, habría hasta una tercera opción encarnada por los Kirchner en Argentina, que la derecha suele calificar de ‘populista’, como expresión de un desdén indeterminado, pero seguro que nocivo. Vistas las cosas de cerca, diríase, sin embargo, que las izquierdas de América Latina son algunas más.
La izquierda en permanente bronca consigo misma es, por antonomasia, la colombiana. Y ahora que Samuel Moreno, nieto del general Rojas Pinilla, retuvo el pasado 28 de octubre la Alcaldía de Bogotá para el Polo Alternativo Democrático --sólo el nombre ya indica facción-- las contradicciones internas pueden agudizarse aún más.
El Polo es una taifa de ideologías amalgamadas, desde la social democracia amansada al comunismo irredento, en la que nadie ignora que su única oportunidad de disputar con éxito en 2010 la presidencia a Álvaro Uribe o sucesor designado, es presentar a Lucho Garzón, alcalde saliente de la capital y social demócrata de libro, pero sin que haya ninguna probabilidad de que así sea, porque, en la mejor línea hispanizante, prefieren perdedor seguro a arriesgarse a que gane un competidor.
Alan García, el “anti chavista”
Y si la izquierda chavista es proto-cubana, marxista por libre, bolivariana como por ensalmo, y decidida a que las formas clásicas de la democracia no se interpongan en su camino, se desarrolla hoy en Lima el modelo literalmente opuesto. El presidente Alan García se presenta ante el mundo como el anti-Chávez, el líder de un partido izquierdista de antigua vitola, el APRA, que, como Deng Xiao-ping, dice a los peruanos que lo importante es cazar ratones, enriquecerse y enriquecer al país.
Y mientras que para el venezolano el pacto comercial --TLC-- con Estados Unidos es anatema, el elocuente peruano quiere ser el primero de la clase ante Washington y Bruselas.
Más complicado lo tiene Rafael Correa, de vocerío chapista, pero alma episcopal, que es más nacionalista que izquierdista en un país como Ecuador, urgentemente necesitado de una remoción social incluyente antes de que la reclame el indigenado, como ocurre en Bolivia.
Ortega: jugador de todas las apuestas
Y tanto para el ecuatoriano como el peruano, ésta puede ser la última oportunidad del reformismo criollo, que ambos entienden de forma muy diferente. El propio Evo Morales, bajo la advocación del líder de Caracas, trata de cabalgar la primera revolución genuina, socialista o no pero siempre caótica, de América Latina; Daniel Ortega en Nicaragua, jugador de todas las apuestas, quiere ser a la vez amigo de Chávez, protegido de la Iglesia Católica, bien visto de Teherán y receptor en nómina de la ayuda de Occidente.
Y aún quedan el presidente electo Álvaro Colom en Guatemala, cuya social democracia puede haberle hecho equivocarse de país; Óscar Arias en Costa Rica, cuando ya no es el tiempo de Contadora, que ve como sin la guerrilla alrededor San José sólo es un nombre de santo; el uruguayo Tabaré Vázquez acostumbrado, al contrario, a no llamar la atención; y Lula, izquierdista de lo posible --que es bastante menos de lo que él creía-- empeñado en que su social democracia de izquierda acelere la escalada de Brasil a la gigantomaquia mundial.
Más allá de las diferencias hay, sin embargo, coincidencias. En Colombia, con la colaboración del nacional-derechista Uribe, la izquierda está barriendo el sistema tradicional de partidos, hasta el punto de que nunca más un presidente colombiano llevará liberal o conservador de primer apellido.
Y en esa tesitura se halla también el ‘kirchnerato’ que ha elegido a la señora de la casa, Cristina Fernández, sobre los restos de un peronismo, vergonzante de su nombre, que va más de social que de legalista, frente a otro centro-izquierda que también dirige una mujer, Elisa Carrió, y una constelación de partidillos de la derecha. Y, por último, el ubicuamente petrolífero Chávez, que el próximo 2 de diciembre será declarado elegible en referéndum sin límite de mandatos, que ya ha destruido la estructura de partidos del ‘antiguo régimen’.