Nacional

Posoltega en la memoria

La ciudad no muere nunca. A nueve años, ya no hay lágrimas ni dolor. Sólo recuerdos y símbolos: piedras gigantes, cruces, 2,800 árboles nuevos a razón de uno por alma, y un Parque Memorial donde dos vigías, sobrevivientes a la muerte, cuidan día y noche el principal recuerdo de aquel nefasto día: una fosa común donde yacen los restos de 800 víctimas del alud

Posoltega en la memoria de una de las peores tragedias

Aquel alud de hace nueve años

No cree estar equivocado. Lo dice con seguridad: “Allí donde está esa piedra era mi casa”. La piedra, una bola gigante de color rojizo, perdida entre la maleza verde y limoneros jóvenes, se asemeja a una plancha electrodoméstica sin asa sobre el lomo, donde destaca con precisión un agudo pico que apunta al norte.
Juan de la Cruz Miranda Morales avanza silencioso hacia ella. Alza el machete y corta de varios filazos la maleza verde que empieza a brotar en los alrededores de la piedra colorada. Deja las chinelas viejas a un lado y sube descalzo al lomo pétreo, que tiene un tamaño cercano a una de esas camionetas grandes de doble cabina.
“Todo esto era El Porvenir”, dice fuerte y viendo con solemnidad hacia las lomas brumosas del volcán Casita, donde debido a la llovizna que ahora cae sobre la zona, no se ve con precisión el enorme surco que dejó el alud del 30 de octubre de 1998, cuando las aguas intensas provocadas por el huracán Mitch provocaron el derrumbe de un costado del cerro.
Juan de la Cruz es uno de los dos celadores del Parque Memorial Volcán Casita, un rústico campamento de andenes de piedras lamosas, una única casa de construcción de piedra bruta y dos monumentos tristes y descoloridos: una plancheta de losa de cemento con una cruz roja al centro y una pila de piedras que asemejan a una pirámide con cuatro pilares que se unen en la cima, de unos cuatro metros de alto, para sostener una cruz blanca metálica puesta en dirección al volcán.

Con tremor de cataclismo
Juan es, junto a su hermano Pedro Pablo Miranda, uno de los 45 sobrevivientes de las comunidades “Rolando Rodríguez” y El Porvenir. Allí el cerro se desparramó con violencia y arrasó con los dos pueblitos rurales que se componían de ranchos de ladrillos rojos y construcciones rústicas de paja y madera, enterrándolos para siempre sobre cuatro o cinco metros de lodo, piedras enormes y árboles gigantes arrancados de cuajo de sus raíces.
“Ya iban varios días de lluvias. Ya se habían perdido las siembras y yo no tenía nada que ponerme porque todo estaba mojado, la ropa no se secaba. Iba a la venta de la esquina a buscar unos fósforos y sal para preparar la comida, porque eran antes de la once de la mañana cuando el cerro explotó y se dejó venir tronando como helicóptero volando bajito”, dice Juan de la Cruz, quien asegura que vio cómo el bosque arriba de la comunidad venía siendo tragado por una ola gigante de aguas bermejas, mientras la tierra bajo sus pies temblaba arriba-abajo como si alguien la sacudiera.
“Yo pensé rápido para dónde agarrar. Si agarro para la derecha llego al río y allí me arrastra el lodo, y si corro para la izquierda salgo a la frijolera, y allí es liso, no hay de dónde agarrarse, así que corrí duro para abajo sobre la calle principal de El Porvenir hasta alcanzar una subida al final de la comarca”, relata Juan sin atisbo de tristeza, porque repite a cada instante que vivir de los malos recuerdos es como morirse a cada momento.
“Ya no tengo fantasmas”, dice sereno, para terminar de contar que en tres o cuatro minutos, corrió tanto cuesta abajo que cuando una corriente lo alcanzó para tirarlo sin aire y adolorido sobre las copas de unos árboles, ya el pueblo había desaparecido, y sobre lo que antes eran techos de zinc, sólo se miraba lodo, algunas lomas intactas, y árboles tirados.
Durante meses siguió escuchando en sus recuerdos los clamores de dolor y muerte de los primeros minutos después del aluvión. “‘Ay mamita linda’, ‘ayudame diosito’, ‘dónde están mis muchachitos...’ qué cosas no escuché yo en esos días. Menos mal que ya me pasó la cavanga”, dice a modo de resignación.

Los muertos se olvidan
Los Miranda Morales eran 30. En menos de cinco minutos quedaron sólo cuatro: tres varones y una mujer que estaba en Managua el día de la tragedia. En honor a la tragedia, a su hermano Pedro Pablo, quien casi pierde las dos piernas en el alud, le pidieron cuidar el Memorial, y es por eso que ahora Juan de la Cruz vive allí y vigila día y noche el parque.

Ellos, los hermanos Miranda, esperan a los visitantes y les abren un libro de recuerdos donde cada quien estampa su firma y deja una contribución voluntaria para el mantenimiento del lugar.
Pedro Pablo cuenta que de ocho años acá, la afluencia de visitantes al lugar va disminuyendo, a tal grado que cien personas es la cifra récord en lo que va del año, nada comparado a aquellas legiones de hasta 500 visitas mensuales en los inicios del parque, construido en 1999.
“Es que están malos los caminos, está lloviendo mucho y hay que ser realista, a los muertos sólo la familia los recuerda”, explica Pedro Pablo, quien invita a su hermano Juan de la Cruz a mostrar el parque que, dicho sea de paso, se construyó sobre el caserío “Rolando Rodríguez”.

Tour por un pueblo arrasado
¿En inglés o en español? Dice a modo de broma Juan de la Cruz, quien ya inicia el recorrido sobre el parque y sus alrededores, para ir explicando, conforme a la guía que guarda en su memoria, dónde quedaba cada cosa en los caseríos El Porvenir y “Rolando Rodríguez”.
En medio de los matorrales y caminos rústicos que suben al cerro, se ven a cada lado cruces sobre terrenos baldíos. “Donde hay una cruz existía una casa”, dice casi musitando Juan de la Cruz, quien cuenta que hace un año los vestigios de la desgracia seguían aflorando.
El año pasado andaba ayudando al conductor de un tractor para abrir los caminos por donde originalmente estaban las calles de la comarca, cuando vio una imagen dolorosa: “Pegado al terreno de donde Alonso Poveda, al final del Michigüiste, estaba una calavera de mujer abrazada a un esqueletito de niño. Cuando los tocamos se deshicieron. Los enterramos ahí mismo y pusimos una cruz”, cuenta sereno Juan de la Cruz, quien guarda con profundo respeto una estatuilla de un Corazón de Jesús que encontró en los alrededores de lo que fue su casa.
“Ese santo era de mi papá”, dice con respeto, y sigue caminando entre el bosque montoso señalando, aquí y allá, las calles del poblado, donde antes vivió fulano, donde estaba la casa de sutano, y allí, donde están esos hierros, era la única escuela primaria.
“La corriente se llevó a un poco de muchachitas que no habían terminado la escuela y ya andaban por reventar de panzoncitas”, relata, siempre pie adelante.
En tiempos de vida, antes que el Casita se desparramara, en El Porvenir había 75 casas en lotes de media manzana o más, y 82 ranchos en la “Rolando”.

Era un pueblo alegre...
“Todos nos conocíamos, yo me sabía de memoria dónde vivía cada quien y de aquí ‘jalábamos’ los chavalos a cazar, y los domingos a jugar béisbol al cuadro”, platica el guía, quien alza el machete para señalar un jenízaro flaco a un costado de la trocha: “Allí era la cantina. Ni la lluvia paraba los tragos”.
Avanza más allá, sobre la maleza, sube una loma resbaladiza y desde allí comienza a distribuir el pueblo que ya no existe. “Aquí era la aguadora, de aquí tomábamos agua los dos pueblos”, cuenta antes de subirse a la mohosa estructura de cemento donde todavía hay unos tubos plásticos por fuera.
Sobre el camino se ven personas que suben y bajan al cerro. A la par de algunos terrenos donde yacen cruces indicadoras de pasadas vidas, se construyen rústicas casas donde los campesinos se guarecen de las lluvias en vigilia de sus siembras.
A fuerza de la costumbre, Juan de la Cruz los ha ido conociendo y entablando amistad con ellos, pero no es la gente que antes él conoció, cuando El Porvenir era una comunidad alegre y sencilla en su anonimato, y no se había convertido en la reserva silvestre, silenciosa y solemne que es hoy.

Todo se perdió
“Todo eso que se ve allá, donde están los guarumos hasta el final de la arboleda, eran casas. Todo se perdió”, dice, buscando sobre los árboles jóvenes y las enormes rocas de varias toneladas que se divisan sobre el terreno verde que sube y baja, alguna referencia más para seguir contando cómo era la vida allí antes que el alud lo sepultara.
Al fin halla algo: allá, debajo de aquella loma chapodada, estaba un caserío pegado a la quebrada, en cuyo fondo Juan de la Cruz y otros amigos del vecindario echaban carreras de caballo.
La corriente se enfiló por allí y se llevó las casas en un enorme cauce que todavía hoy, nueve años después, inspira temor con su fondo pedregoso y las raíces salidas de las paredes. Por allí pasaron, arrastrados por el lodo, cientos de personas que terminaron desparramadas en los cañaverales que circundan al poblado urbano de Posoltega, a unos 15 kilómetros al norte de donde fue la cooperativa “Rolando Rodríguez”.
La lluvia empieza a arreciar y Juan de la Cruz indica que es hora de regresar, no vaya ser y el camino se ponga más resbaladizo y alguien caiga rodando de la loma. “No vale la pena morirse aquí”, dice, apurando el paso para regresar al donde lugar donde debe vigilar, día y noche, una tumba solitaria con 800 almas sin nombre.

Un árbol por cada alma
La plancheta de la cruz roja que está dentro del Parque Memorial es una fosa común de 30 metros de profundidad y 10 de diámetro, donde fueron enterraron 800 cadáveres rescatados de entre el lodazal.
Fue construida en 1999 con ayuda de Estados Unidos, luego que el ex presidente estadounidense Bill Clinton visitara el lugar y se conmoviera hasta las lágrimas cuando le preguntó a un niño huérfano qué le gustaría de regalo. La respuesta lo dejó sin aliento: “Quiero que me traiga a mi mamita”.
Después que el cerro se desplomara sobre las comunidades “Rolando Rodríguez” y El Porvenir, centenares de cuerpos fueron enterrados en otras fosas comunes, y otros tantos que aparecían en los cañaverales y quebradas fueron cremados y enterrados en el mismo lugar. Oficialmente la alcaldía de Posoltega calculó en 2,800 la cantidad de muertos.
El Parque Memorial volcán Casita fue reforestado en 1999 y ahora está en medio de un silencioso bosque de 2,800 árboles jóvenes, cuya existencia en precisión numérica se explica en un rotulito a la entrada del parque: “Área reforestada del Parque Memorial volcán Casita. 2,800 árboles. Cada árbol, un alma”.
Allí se celebran cada 30 de octubre actos religiosos como misa, vigilias y jornadas de oraciones en memoria de las víctimas del derrumbe. La gente lleva flores, retratos y objetos de los difuntos, y arregla y limpia la única tumba del parque.
En octubre de 2003 la Asamblea Nacional declaró al municipio de Posoltega Patrimonio Histórico de la Nación.