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Fantasma del Casita sigue atormentando

* Evacuados y expertos hablan de retumbos, fisuras y hundimientos en cerro que sepultó a un pueblo

Dos semanas consecutivas de lluvias y correntadas que bajan atronadoramente del cerro Casita han despertado la alarma y revivido los viejos miedos a la muerte en este municipio de Chinandega, donde una mañana de 1998 un alud de lodo y piedra mató a más de 2,800 personas.
Según Pablo Salgado, asesor ejecutivo de la alcaldía que preside Carlos Alonso Tercero, la principal amenaza al poblado de 18 mil habitantes es el ensanchamiento de dos cauces que actúan como tenazas, que poco a poco han ido creciendo y socavando los diques naturales que defienden al casco urbano de las correntadas.
De acuerdo al informe de la alcaldía, el cauce oeste ha crecido más de 200 metros en algunas partes, y desde el paso del huracán “Félix”, en septiembre pasado, las aguas cambiaron de dirección y ahora van socavando las paredes de arena al sur y oeste de la ciudad.

Vigilantes del miedo
El ex alcalde y líder comunitario Rolando Peralta, en apoyo a las autoridades locales, ha organizado a grupos de vigilantes que se turnan en cada lluvia para observar la subida de las aguas en el cauce amenazante.
“Aquí hay grupos de jóvenes de entre diez y doce voluntarios que se turnan frente al cauce para vigilar las crecidas del río, y si ven que el agua va llegando al borde, tienen que correr a ir a poner la alarma ante Defensa Civil”, relata el ex alcalde, quien expresa que no quisiera volver a ver aquellas escenas dantescas de cientos de cadáveres tirados por los alrededores del poblado.
“Aquí bujan las aguas cuando caen del cerro, parece como que vienen bajando cien camiones”, dice Pedro Adolfo Santana, uno de los vigilantes del cauce que ya se “comió” una calle y motivó el traslado de 20 casas a otras zonas del casco urbano.
Otras las preocupaciones que se viven en este poblado, yacen arriba y más allá de las aguas que llegan a las puertas de la ciudad: en los cerros vecinos.

Temores de allá arriba
Gerardo Ramón Reyes Guido, promotor de Defensa Civil de la ciudad, está muy preocupado por la situación que se genera en la cúspide y en las faldas del volcán Casita.
“Nosotros hemos detectado una fisura vertical de 300 metros de altura en una loma del cerro conocida como Cocesna, y estamos investigando la información sobre hundimientos de tierra y deslaves pequeños en algunos costados”, dijo Reyes Guido, quien de igual manera confirmó su preocupación por la presencia de varias familias que en los últimos años, y después del desastre, han subido al cerro a instalarse en construcciones precarias, y ahora se niegan a salir a pesar de las advertencias de no asentarse en al menos diez kilómetros a la redonda del lugar del desastre.
Producto de las lluvias, las autoridades municipales, coordinadas con el Sistema Nacional de Prevención de Desastres, evacuaron a 30 familias asentadas en las faldas del cerro.
Las 102 personas fueron trasladadas a los albergues del centro escolar Reina Sofía y al Instituto “Rubén Darío”, donde continúan mientras no cesen las lluvias, según confirmó Maura del Socorro Rivas, asesora local del Ministerio de Educación. Un grupo de aproximadamente 15 familias más evitó ser evacuado del lugar.

Memoria sin pánico
Jairo Manuel Gutiérrez, voluntario de Defensa Civil que participó en la evacuación, confirmó la oposición de los pobladores a abandonar el peligroso sitio.
“La gente estaba viendo los derrumbes, sabe lo que pasó allí, y aun así no quería salir para no dejar sus cosas abandonadas. Un grupo de unas 15 familias quedó allá, y más bien se escondieron cerro arriba para evitar que las sacáramos”, se quejó el voluntario.
Eso lo confirma Ana Cecilia Reyes Calero, refugiada, quien de mal humor confiesa que no quería salir del cerro el sábado porque no quería dejar sus cosas, “y porque el agua estaba pasajera”.
Olivia Laguna, otra de las evacuadas de la hacienda Bella Vista, dice que vio varios derrumbes de tierra cerca de donde ella estaba trabajando, pero que “eran pequeños”, y que no quería salir por que ella ya está acostumbrada a los “retumbos”, mientras José David López, de Argelia, relató que salió huyendo porque la noche del viernes varias piedras enormes se desprendieron de una loma del cerro e hicieron retumbar la tierra, como aquella mañana de octubre de 1998.