Nacional

Mártires religiosos que no alcanzan en el cielo


Madrid / EL PAÍS

Sacerdotes y obispos defensores de los pobres o de los indígenas en América Latina o en África, engrosan cada año las filas de mártires de la Iglesia Católica, aunque ninguno de ellos ha llegado a los altares. Sin embargo, 498 religiosos muertos en la guerra civil española serán beatificados el próximo otoño en Roma.
Morir atravesado por las lanzas viene a ser, en la iconografía cristiana, sinónimo de martirio, como recuerda la figura asaeteada de San Sebastián. Pero ser cosido a balazos, o sucumbir a los golpes ciegos del rencor, tampoco impide alcanzar la condición de mártir. En vísperas de la beatificación de 498 mártires de la guerra civil española, todos del bando llamado nacional, en la Iglesia romana también hay sitio para otros muchos muertos por su testimonio de fe. Sin embargo, su lugar es discreto, en comparación con la primera división de mártires con que la Conferencia Episcopal Española pretende “contribuir a la memoria histórica”.
El cuerpo del obispo capuchino Alejandro Labaca, vicario de Aguaricó --Ecuador--, estaba ensartado por 84 lanzas cuando el 21 de julio de 1987 fue hallado en una aldea tagairi, en la Amazonía ecuatoriana. Junto a Labaca estaba el cuerpo exangüe de la misionera Inés Arango, que le acompañaba en el intento de convencer a los indios de que se trasladaran para evitar ser arrollados por el avance de las explotaciones petrolíferas.
Los indígenas se sentían acorralados y le mataron en un gesto de autodefensa. El guipuzcoano Labaca contrapuso la defensa de la vida de unos pocos al interés dominante en consonancia con el mensaje que había recibido del Concilio Vaticano II. El mismo Pablo VI había alentado su labor.
El misionero jesuita Vicente Cañas también optó por los indígenas. Uno más entre los indios nwene nawe, convivió con ellos en el Mato Grosso brasileño y fue asesinado en 1987 por orden de seis ricos hacendados, cuyos planes estorbaba la presencia de los nwene. El proceso judicial se inició en diciembre pasado --casi veinte años después de su muerte--, tras una investigación plagada de corruptelas y trampas: el jefe de Policía encargado del caso fue uno de los instigadores del asesinato.

Los derechos humanos
“(Labaca y Cañas) eran defensores de los derechos humanos. Hay un montón de mártires contemporáneos que se dejan la piel en defensa del pobre o del indígena”, subraya Diego Azqueta, presidente de la ONG Watu Acción Indígena y amigo personal de Labaca. “No pretendían evangelizar a nadie, no eran fundamentalistas. Lucharon más que cualquier ONG para defender a los indios de agresiones externas. Cañas se vistió como ellos, se cortó el pelo igual que ellos, cazaba con ellos y fue uno más entre ellos. Murió por ellos’.

El caso Ellacuría
Otro tipo de martirio es el del jesuita vasco Ignacio Ellacuría, Rector de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”, asesinado en 1989 en San Salvador junto a cinco sacerdotes, su ama de llaves y la hija de ésta, por paramilitares de los escuadrones de la muerte. La matanza fue orquestada por el mayor Roberto D’Aubuisson, fundador del partido de extrema derecha Alianza Republicana Nacionalista --Arena--.
Casi veinte años después, nadie ha pronunciado una palabra sobre la posibilidad de beatificar al jesuita, aunque a la ciudadanía poco le importe. “A Ellacuría y sus compañeros la gente los llama los mártires de la UCA, o los mártires del pueblo. Así los siente el pueblo”, explica el jesuita Manuel Plaza, del Centro Ellacuría de Burgos.
Dictaduras militares, guerras civiles, la defensa de la causa indigenista o el medio ambiente han costado la vida a buen número de religiosos, que pese a las circunstancias de sus muertes no son considerados mártires. El contexto es claro: tras el Concilio Vaticano II, una legión de jóvenes misioneros se acerca al pueblo.
La opción preferencial por los pobres --o por los indígenas, o los perseguidos-- de la teología de la liberación enraíza especialmente en América, aunque no faltan ejemplos de martirio en África, como los de Joaquim Vallmajó, torturado y asesinado por milicianos del Frente Patriótico en Byumba --Ruanda-- en 1994, o Isidro Uzcudun, muerto en 2000 también en Ruanda. Otro caso llamativo es el de monseñor Enrique Angelelli, asesinado en 1976 en una carretera de la provincia de La Rioja Argentina, en plena dictadura militar.
No recibió el primer homenaje de la Iglesia de su país en conjunto hasta el verano pasado. Su muerte fue presentada durante todos esos años como accidente de tráfico --sin rastro de vehículos ni de atropello, sólo un golpe en el cráneo--, pese a que durante la investigación salieron a la luz amenazas de muerte contra él de la organización de extrema derecha la Triple A. Angelelli era próximo a la teología de la liberación y declarado opositor a la dictadura.
Entre las víctimas más recientes figura la hermana Dorothy Stang, estadounidense nacionalizada brasileña, a la que, en 2005, dos ricos hacendados mandaron asesinar. Los planes de la religiosa, que alentaba la ocupación de tierras comunales y defendía la reforma agraria, impedían a los terratenientes imponer su ley en el Estado de Pará, habitado por campesinos privados de sustento y derechos.

Sólo monseñor Romero… pero estancado
Aunque el Vaticano insiste en la necesidad de precisar el martirio como “muerte por odio a la fe”, cada año el martirologio registra nuevas altas (basta echar un vistazo a www.servicioskoinonia.org/martirologio). La única canonización en curso es la de monseñor Óscar Arnulfo Romero, asesinado en 1980 de un tiro en el corazón mientras decía misa en la Catedral de San Salvador.
Desde el mismo día de su muerte se le conoce popularmente como San Romero de América, pero el proceso está estancado. ¿Por qué? Manuel Plaza sostiene que “la canonización de Romero no avanza porque sigue creando tensión y nerviosismo entre algunos miembros de la Iglesia salvadoreña.
La fe unida a la justicia y los derechos humanos molesta a muchos. Pero la memoria histórica es muy importante para que se respeten los valores que costaron la vida a Romero o a Ellacuría; valores que siguen teniendo sentido y que no se pueden enterrar”. A juzgar por los hechos, el martirio, como la memoria histórica, parece depender del lado desde donde se mire.