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Enfoque


Capítulos que olvidó el Presidente Ortega

El discurso del Presidente de Nicaragua en la ONU, con matices más, matices menos, tuvo el contenido que leíamos desde los años sesenta del siglo pasado en los manifiestos del FER.
Casi todo lleno de verdades como montañas, pero sin la visión de contrapartida que en los últimos 20 años se nos ha esclarecido con no menor dosis de certeza: La responsabilidad de la clase política nacional en los países que han sido víctimas de esa actitud imperial globalizante.
Hay Estados donde no ha sido posible ni la dominación económica ni el saqueo de recursos, ni mucho menos la intervención militar extranjera.
Incluso, en países no desarrollados plenamente, como Chile y Costa Rica, la voluntad hegemónica externa ha tenido que retroceder.
Los chilenos, con la solidez mayoritaria de una gran conciencia institucional, resistieron el golpe militar y, en su oportunidad, levantaron el NO que hoy hace de Salvador Allende un paradigma de la lucha revolucionaria con respeto a la libertad y a las instituciones democráticas.
En Costa Rica, con gobiernos muy complacientes con los designios del Norte, no se atrevieron a pasar por encima de la voluntad popular para aprobar o rechazar el TLC con EU, y resolvieron que fuera una consulta nacional la que decidiera democráticamente.
Reduciendo el asunto a Nicaragua, no podemos ignorar el contexto histórico interno que ha abierto las puertas a la dominación y vasallaje que potencias extranjeras nos han impuesto.
William Walker fue traído por una facción política para imponerse con su falange mercenaria a su enemigo nacional. Este último se vanagloriaba después porque derrotarían a los primeros con su “mismo gallo”.
Al final el gallo los picoteó a los dos, se hizo presidente de Nicaragua y se lanzó a la aventura de uncir a Centroamérica con los Estados esclavistas del sur de su país.
La oprobiosa Nota Knox jamás habría sacado a Zelaya de la presidencia de Nicaragua si el líder liberal borrando de un plumazo en 1896 la Constitución de 1893 no se hubiera convertido en un dictador, institucionalizador de la tortura y responsable de dividir a la sociedad nicaragüense en bandos tales, que el interventor no sólo impuso sus marines en nuestro país por varias décadas sino que se convirtió en auditor, árbitro y usufructuante de las principales fuentes de la riqueza nacional.
Moncada, en lugar de seguir a Sandino, se tomó de la mano con Mr. Stimpson y eso significó que la dictadura somocista que le siguió fuera una especie de cancerbero de los intereses imperiales en la región e hiciera descansar su poder en un brazo armado formado a la imagen y semejanza de las guardias nacionales de los Estados Unidos.
En los años 80, si los delirantes gobernantes de Nicaragua no hubieran querido imponerse en todos los renglones del país, diciéndole a los campesinos dónde sembrar, qué sembrar, a quién vender y si sus cuadros políticos en lugar de captar la simpatía y el cariño de los barrios no se hubieran convertido en arrogantes “bajadores” de órdenes, las armas de Reagan y Bush no hubieran encontrado manos que las empuñaran.
En fin, el dominio y la expoliación extranjera siempre ha encontrado en Nicaragua a una clase política atrasada y corrupta.
La clave del rechazo con éxito que otros países, no todos desarrollados, han tenido para ser dueños de su libertad y su destino ha estado radicada en la calidad de sus dirigentes, que con visión de estadistas han sabido crear consensos nacionales y la convicción en los ciudadanos de su ejercicio de soberanía a través de los recursos a su alcance para controlar la racionalidad del poder.
Al Presidente Ortega le faltó, pues, decir en la ONU que frente a todos los males que señalaba provenientes del exterior, estaba decidido a que la sociedad nicaragüense no se dividiera nuevamente, a que los nicaragüenses gozaran de instituciones democráticas eligiendo directamente a sus diputados, escogiendo a lo más idóneo y capaz para la administración de justicia, integrando un instituto electoral que goce de credibilidad y confianza, restableciendo la autoridad moral del aparato tutelador de lo bienes del Estado. Eso es lo que queríamos oír.
Sólo con esos consensos podemos ser un país fuerte. Persistir en la lucha contra los males imperiales sin tener detrás a una nación democráticamente organizada reduce la retórica a la inmolación frente a poderosos enemigos, como ocurrió en los años 80 y que hoy podemos preguntarnos: ¿Para qué sirvió tanto sufrimiento?