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“Soy un sacerdote ortodoxo con mentalidad abierta”


Edwin Sánchez

Casi a las cuatro de la tarde, el sacerdote Rolando Álvarez nos hace pasar a su oficina. La casa cural está llena de gente que lo busca. Les deberá orientar, y a veces, hasta desenredar la vida de algunos que llegan con demasiados nudos en sus calendarios personales.
Como a nosotros, también los recibe con una sonrisa que parece adelantar un mejor desenlace para esas biografías todavía no resueltas. Y comprobamos que está en lo que le gusta: la cura de almas.
Su labor sacerdotal ahora es más visible. El nombramiento de Secretario de Información y Prensa por el Arzobispo Leopoldo Brenes lo colocó frente a las cámaras. Y, quizás, es lo que más se conoce de él y poco de otro nombramiento: dirigir la Pastoral Juvenil de la Comisión Arquidiocesana.
“La vocación sacerdotal es un llamado de Dios, que definitivamente, la persona lo trae desde el vientre de su madre, pero sin duda alguna, a este llamado se le suman diversos factores, situaciones y circunstancias, como es primordialmente la educación familiar”. Es gentil, parece que conoce el oficio de ser vocero desde que era chavalo y, a pesar de su juventud, a confesión de parte, relevo de pruebas: parece inscribirse en el sector más tradicional de la Iglesia Católica, quizás en una buena época para él, cuando el papa Benedicto XVI mueve la batuta del más serio revival que haya experimentado la milenaria institución.

A misa todos los días
“Gracias a Dios crecí en un hogar constituido por un matrimonio totalmente integrado, entre mi padre, Miguel Álvarez Madrigal, y mi madre, Ángela Lau de Álvarez, la cual recuerdo, me llevaba todos los días a la eucaristía y a veces hasta a más de una misa en el día. Por supuesto, cuando iba a una segunda y tercera misa, estaba enojado, pateando, llorando de inquieto, tratando de regresarme a la casa, pero ella, mujer de mucha devoción, insistía en que debíamos participar en dos o tres eucaristías en algunas ocasiones”.
Los libros casi hacen de paredes en su despacho. Libros de filosofía, y por supuesto, la Biblia. Aun cuando pertenece a la cúpula del clero, recurre a su padre, hombre al que define como muy sabio, a pesar de que llegó hasta el sexto grado de primaria, para consultarlo.
“Él es de Ticuantepe. Obrero de un trillo, y mi madre (q.e.p.d.) era chinandegana. Ayudó a mi padre y sostuvo no sólo mis estudios, sino también los de mis hermanos, vendiendo atol en las calles, y luego comida en el Mercado Oriental, cerca de El Chiquero. Una mujer que para poder ayudar a mi padre hacía desayuno, almuerzo y cena. Cuando tuve conciencia, un poco mayor en la vida, recuerdo que salía a las cuatro de la mañana, y con mi papá la íbamos a dejarla al mercado, y regresaba a las nueve de la noche, cansada”.

¿Consultó a sus padres para entrar al sacerdocio?
A los 15 años comencé a tener una vivencia de fe, en la iglesia, con mayor conciencia, por mi libre y total voluntad. Ahí comenzó un acercamiento que primero fue admiración, luego enamoramiento por el ministerio sacerdotal, y aunque inicialmente dije que nunca iba a ser sacerdote, porque era un chavalo con las proyecciones de cualquier joven, que quería terminar el bachillerato, tener una profesión, casarse y tener hijos, el misterio de Dios fue actuando en mi corazón. Cuando tenía 20 años comencé a pensar seriamente cuál era mi vocación: si el matrimonio o el ministerio sacerdotal.
Para ese tiempo la situación de Nicaragua era muy difícil. Tuve que salir exiliado en 1986 a Guatemala, donde fui un refugiado, en 1987, a los 20 años, del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados, Acnur.
Estando allá, fui muy bien acogido por la iglesia guatemalteca. Empecé en el Seminario Nacional de la Asunción en un proceso de reflexión vocacional que me condujo a creer y sentir que mi vocación era el sacerdocio.

Sus estudios
En el 87 se bachillera, y del 88 al 90 estudia filosofía en la Universidad Rafael Landívar de los jesuitas. “Luego, regreso a Nicaragua, pero muy pronto Su Eminencia el Cardenal (Miguel Obando) me envía a Roma, donde concluyo mis estudios teológicos en la Pontificia Universidad Lateranense, y saco licenciatura en filosofía en la Pontificia Universidad Gregoriana. Luego regreso para ser ordenado en Nicaragua. Esto fue en el año 1994”, recuerda.

¿Su viaje a Guatemala no fue por el Servicio Militar?
Todos recordamos que la situación de la Iglesia era muy difícil y los líderes eclesiales no podíamos actuar en total libertad, y en ciertas circunstancias se nos presionaba; había situaciones en las que era de mucho riesgo llevar una vida normal en total libertad, debido a eso tuve que salir.

¿Novias?
Sí, tuve mis novias. Recuerdo muchachas buenas, y con las cuales hoy todavía me encuentro. Pasan dirección espiritual conmigo. Ellas vienen en algunas ocasiones para confesarse o buscar un consejo espiritual.

¿Se siente bien al haber dado el paso?
Gracias a Dios creo vivir mi sacerdocio con gran intensidad, soy feliz, y si volviera a nacer volvería a ser sacerdote por los méritos de Jesucristo. Cumpliré 13 años.

¿Regresa con los hábitos?
Primero me bachillero, luego...
¿En estos años, no le ha flaqueado la fe?
Yo siempre he creído que Dios me ama, y que está conmigo aun en los momentos difíciles de mi vida, como por ejemplo cuando perdí a mi madre hace cinco meses. En el momento más duro de mi vida, he creído que Dios es bueno y que la muerte de mi madre fue una verdadera experiencia de fe. Ella murió como vivió, alabándolo, y testificando que su muerte era un llamado de Dios para el cielo. De hecho murió levantando las manos al cielo y cantando “llévame al cielo, llévame al cielo”.

La vocería de la Iglesia
¿Estar al frente de las relaciones públicas de la Iglesia Católica ha cambiado su estilo de vida?

No, estoy convencido que es un servicio más que el Señor me ha pedido en mi vida sacerdotal, y un día pasará y me pedirá otro servicio, como ha venido sucediendo a lo largo de mi ministerio.
Lo hago con gusto, y mañana, a través del obispo, si el Señor me llama a otra función, lo haré con alegría.

¿La experiencia con los periodistas?
Lo más bonito ha sido la relación personal con los hombres y mujeres de prensa, fuera de las cámaras y grabadoras. Nos encontramos personas que somos conocidas y en algunos casos hemos llegado a ser hasta buenos amigos. En más de alguna ocasión he compartido un desayuno y almuerzo con periodistas, pero a nivel muy personal, fuera de agenda informativa.
La experiencia, incluso, muy hermosa que algunas mujeres y hombres que vienen no para entrevistarme, sino para buscar algún consejo espiritual. Y lo más feo del asunto ha sido cuando en algunas pocas ocasiones, el periodista no manifiesta lo que yo he expresado en la entrevista. Digo que no malinterpreta, sino que no manifiesta lo que dije. Pero no me alarma, sabemos que eso sucede en el medio; y segundo, basta con que uno mismo conozca bien sus pensamientos y principios para poder estar tranquilos.

La Iglesia Católica ha tenido una enorme influencia histórica en el país, y se ve a los sacerdotes con respeto, pero también gente sencilla los ve como ángeles. ¿Cómo asume Rolando Álvarez estas muestras de admiración célica?
Hay un dicho que dice una verdad en ambas partes de la misma expresión: el hábito no hace al monje, pero lo viste. Quiere decir que más allá de la camisa clerical, es la persona como tal la que se acerca a los demás, y ellos experimentan una cercanía de amistad y cariño con la persona del sacerdote, no tanto por el hábito. Sin embargo, hay que reconocer que a nuestro pueblo, en su inmensa mayoría, le gusta que vistamos la camisa clerical, porque es el contacto con lo sagrado.
Esto quiere decir que en la vida del ministro, del sacerdote, es importante reconocer esta presencia de lo sagrado, pero sabiendo que antes de ser cristiano y ser sacerdote, se es humano. Y uno debe manifestarse tal como es. En algunas ocasiones, en la capilla del Dulce Nombre de María, del “Jonathan González”, en algunas asambleas de oración bailo un canto religioso, con la Estercita Hernández, que es una ancianita de 80 años, y somos grandes amigos.
Es importante también la normalidad en nuestras acciones.
Por otro lado, debo decir que siempre a los aplausos les dejo un margen de error, porque todo eso pasa, y al final lo esencial es la misericordia de Dios en nuestras vidas. Ciertamente, no creo enfermarme ni con los aplausos ni tampoco con las críticas.

Un día en la vida del sacerdote
“A las cinco y media me levanto, a las seis y media hago mi oración personal ante Jesús Sacramentado; a las siete de la mañana celebro la eucaristía en la parroquia, y a las siete y media ya hay gente que después de la misa me está esperando. Desayuno generalmente entre las ocho y media y las nueve, luego salgo a una reunión a dar clase al Seminario de La Purísima, clases en la que ocupo todo el resto de la mañana.
“A las 12 y media almuerzo, y siempre trato de descansar un ratito después del almuerzo, y eso me permite ser un poco más efectivo en la tarde. Cuando no lo hago, tengo que reconocer que ando mareado y me cuesta un poquito más estar atento a las obligaciones.
A las tres me preparo para atender al pueblo de Dios, que viene a buscarme, y a las cinco y media celebro la eucaristía, después de la cual tengo reunión con los grupos, sean parroquiales o diocesanos. Tengo otras responsabilidades en la Arquidiócesis que no son la vocería.
“A las nueve o nueve y media de la noche busco cómo ir descansando”, relata.

¿Va al cine?
Cuando tengo tiempo y me siento muy presionado, en algunos momentos me doy mi escapadita.

¿Con la camisa clerical?
¡Cómo no!

¿Para entrar más rápido?
No, hacemos siempre fila, y pagamos lo que se debe pagar, y si queremos comer hot dog y gaseosa o palomitas, tenemos que gastar un poquito más de cien pesos.
Y estamos ahí como cualquier mortal.

¿No fue con ese mismo entusiasmo a ver “El Código da Vinci”?

¡Cómo no!, igual y con la misma camisa clerical.

¿Juega, practica deportes?

No, debo decir que debido a la intensidad del trabajo, mi pasatiempo es comer y descansar.

Pero no se ve gordo.
Pero tiendo mucho a la gordura. Cuando tenía 12 años pesaba 156 libras, pero desde los 16 años hasta ahora, he permanecido en un cuidado diario en el peso.

¿Hasta dónde piensa llegar con sus sueños sacerdotales?

Yo estoy realizado actualmente, soy feliz y mi único sueño es seguir sirviendo con intensidad en la Iglesia, donde Dios me ponga, donde el obispo me mande.

Del atrio para la calle, los analistas hablan de una Iglesia muy tradicionalista, que el Papa actual busca más la tradición, y otro como Juan XXIII buscaba el progreso. ¿Dónde se ubica: progresista o fundamentalista?
Soy un sacerdote ortodoxo con mentalidad abierta.