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El nica que rodeó la Kaába


Recordaba cómo era él cuando había recuperado la fe. Después de haber sido un abnegado marxista, creyó en la existencia divina, pero ninguna religión despertaba en él la confianza absoluta para consagrarse a ella. “Buscaba la religión que me indicara el monoteísmo perfecto. Después de leer el Corán, descubrí que el Islam era lo que yo buscaba”. Hace tres años, Carlos Salinas, hoy Abdallah Al- Manawi, abrazó el Islam por influencia de un libio llamado Hamed. Un año después estaría realizando la peregrinación a La Meca, ciudad santa del Islam, convirtiéndose en el primer musulmán nicaragüense que giraba alrededor de “la casa”, nombre con el que se denomina a la Piedra Negra en el Corán.
Ya casi amanecía cuando montaron los autobuses que los llevarían desde la Universidad Islámica de Medina hasta La Meca, donde todos los musulmanes están obligados a ir, aunque sea una vez en su vida. Las primeras pinceladas del alba aclaraban el cielo, dejando ver también la silueta de montañas que emergían de la tierra: rocosas, antiquísimas e infinitas.
Miles de siluetas con vestiduras blancas, ínfimas piedras de cada rincón de la tierra, abordaban los autobuses. “El momento de estar con gente procedente desde el Japón hasta Nicaragua --en mi
caso-- engendra un sentimiento de inigualable hermandad”, explicó Abdallah. Los controles policiales eran frecuentes. El albergue y la seguridad de más de cuatro millones de personas es una tarea difícil e ineludible cuando representa un mandato divino: “Y cuando dijo Ibrahim (Abraham): ¡Señor mío! Haz de este territorio un lugar seguro y provee de frutos a aquellos de sus habitantes que crean en Allah y en el Último Día”, según el aleya 127 de la sura de la Vaca en el Corán.
Al arribar a la mezquita Masyid al Haram se contemplaba la Kaába, punto hacia donde se dirigen los rostros de todos los musulmanes del mundo cinco veces al día.
Divididos en grupos, se dirigieron al interior de la mezquita, y junto a miles de sus hermanos, Abdallah dio siete vueltas alrededor del cubo negro, que comprenden la ´umra, mientras se sometía a Dios con un murmurante “Heme aquí, ¡Oh Señor!, heme aquí. Por cierto que la alabanza, la merced y el Reino te pertenecen”.
Al caer la noche, el siguiente paso es la corrida entre las colinas de Safa y Marwa. La principal impresión que se llevó fue que aunque es permitido recorrerlas en vehículo o sobre un animal, recorrerlas a pie es mejor. El fervor religioso acrecentó en el pecho de Abdallah una inigualable convicción. Aunque el que trotase a su lado fuese un descendiente del rey o un millonario, el hecho de portar las mismas vestimentas, estar sudado y sucio al igual que él, y con el único objetivo de agradar a Dios; “el sentimiento de hermandad hacía realidad la petición que Ibrahim hizo a Dios de que todos sus descendientes fuesen una comunidad sometida a Él”, aseguró Abdallah.
Al día siguiente, millones de peregrinos emprendieron el viaje hacia el monte Arafat, el punto más importante de toda la peregrinación. Plegarias hacia Dios se elevaban bajo el sol del mediodía. Dos millones de peregrinos imploraban el perdón de sus pecados desde el lugar donde según la creencia islámica, el profeta Mahoma pronunció su último discurso. “Tomad ejemplo de mí en la práctica del Hayy, pues talvez no nos reunamos después de este año”, días después de este discurso, según la tradición islámica, Mahoma murió al retornar de la peregrinación.
“Cerca de Arafat se encuentra el llamado Monte de la Misericordia, donde oré por mi familia”. Abdallah pensaba en sus padres y seres más cercanos, por los cuales sentía mucha compasión, puesto que nunca asintieron a seguir su camino. Mientras que desde la mezquita ubicada al pie del cerro, las plegarias se consagraban a la nación musulmana atacada militar, política y económicamente, al igual que a través de campañas de desprestigio alimentadas, incluso, por los mismos “hijos del Islam”, aludiendo a la red Al Qaeda.
Después del ocaso, se dirigieron de Arafat a Muzdálifa donde cumplieron las oraciones de la puesta del sol, y la de la noche.
Al amanecer partieron hacia Mina, acercándose así la culminación de un ritual instituido, según la fe islámica, por el padre de las tres religiones más grandes del mundo (Abraham) y que todos los profetas, desde Moisés hasta Jesús, realizaron.
En Mina, se encuentra la mezquita de Jaif donde se efectuó el ritual del “Rami ayara Al Aqaba”, que evoca a Agar, esposa de Abraham, cuando estando abandonada en el desierto ahuyentó, junto a su hijo Ismael, al demonio arrojándole piedras.
A las diez de la mañana partieron a Jaif, con siete piedras en la mano. Tres monolitos llamados yamara, se elevan en la mezquita. Arrojando las siete piedras, una detrás de otra, Abdallah repetía la frase “Allahu akbar”, que significa: Dios es el grandioso. “Junto con Medina, La Meca es la única ciudad donde Satanás no podrá entrar en el día del juicio”, expresó al concluirle ritual Abdallah. El Rami ayara Al Aqaba, se extendió durante tres días, un monolito por día.
La fiesta del sacrificio, justo después de arrojar las piedras, es un acto de compartir y de ofrenda a Dios.
El cordero fue llevado hacia el grupo, la afilada hoja del cuchillo se deslizó por el cuello del animal, que lanzó un breve y apagado gemido, justo antes de que su sangre empapara la tierra. El quinto día acababa, dando lugar al sexto y último del Hayy.
“Bismillah al Rahmani al Ramhim” (En nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso). La oración rompió el silencio del alba. La Meca aguardaba fieles creyentes a sus alrededores. Girando en torno a la Kaába, Abdallah realizaba el Tawaf al Wada, la despedida a la “Noble Meca”. “Siete vueltas al igual que los Ángeles giran alrededor de la Kaába del Paraíso, tomando como punto de partida la piedra negra, blanca en un principio, caída del cielo y ennegrecida por los pecados del hombre”, afirmó Abdallah, mientras recordaba aquella experiencia imperecedera.
Concluidas las siete vueltas, dos genuflexiones constituyeron el adiós a La Meca, a la Kaába; rodeada por los profetas, por los “temerosos de Dios”, los que siguen la paz (traducción etimológica de al –Islam). Cerca de cuatro millones de personas concluían el mandato inexorable. La confraternización había terminado. Abdallah se dirigió hacia el autobús que lo llevaría de vuelta a la universidad, junto a sus hermanos latinoamericanos. Atrás quedaba Masyid al Haram, custodiada desde hace miles de años por enormes filas de gendarmes rocosos, guardándola del castigo del Simún, nombre con el cual se le llama también al infierno en la religión islámica, hasta el final de los días.