Nacional

Días enteros flotaron sin ninguna esperanza

* Dos sobrevivientes, uno amputado, dedicarán su vida a Dios * Más de mil personas había en los Cayos a la hora del infierno * Mujeres que comerciaban dejaron a sus familias en abandono

Fermín López

En la Sala de Medicina de Varones del hospital Nuevo Amanecer se encuentra el joven Mainor Jiménez, de 22 años, quien no piensa volver a trabajar en el mar, después de lo poco que recuerda haber vivido cuando el huracán “Félix” los sorprendió en los Cayos Miskitos.
“Estoy vivo por la misericordia de Dios, él me guardó y me dejó vivo para que dé testimonio de lo que hizo por mí”, dijo Mainor, al recordar que la noche del huracán fue lanzado como un pedazo de papel sobre el mar, y desde entonces flotó durante dos días sin sostenerse en nada más que en la mano de Dios para no hundirse, hasta que la tarde del jueves que logró alcanzar un pedazo de ponking (barco pequeño) que medio flotaba con dos compañeros muy mal heridos.
Vio morir a sus compañeros
“Allí permanecimos los tres, y al tercer día mis compañeros que se encontraban mal mostraban signos de complicación, pues ya no abrían los ojos. Uno de ellos tenía una herida muy grande en la cabeza, y había perdido mucha sangre, mientras que el otro tenía varias heridas y golpes en distintas partes del cuerpo”, relató entre lágrimas Mainor.
Mas tarde, al anochecer, notó que sus compañeros se quejaban mucho y le dijeron que se iban a morir.
Uno pidió que le ayudara a quitarse la camisa y que se la entregara a su madre, y que le dijera que la quería mucho y que no abandonara a sus hijos… después uno a uno se despidió y se fueron soltando lentamente de la lancha que los sostenía.
En su testimonio con EL NUEVO DIARIO, Mainor dijo que para el sábado en la mañana él pensó que también moriría, porque las fuerzas se le habían terminado, tenía mucho dolor, hambre y sed… pero no sabía de los planes de Dios, porque al atardecer de ese día apareció una lancha que lo rescató. “Después de eso no recuerdo nada, cuando desperté estaba en una cama del hospital”, relata.
Según Mainor, aunque le paguen con oro no piensa volver a trabajar en el mar o los cayos, y afirma que desde ahora ha decidido ya no ser pescador de langosta, sino de hombres, como el apóstol Pedro. “Voy a llevar la palabra de Dios por todas partes, porque para eso me dejó vivo el Señor”, confiesa.
“Félix” le cambió la vida
Uriel Wislot Kaila, quien desde los doce años ha trabajado en los Cayos Miskitos, primero como cayuquero y ahora como buzo profesional, dice que a sus 35 años se siente afortunado porque mientras unos perdieron la vida, él solamente perdió la pierna derecha.
Según este sobreviviente, la noche del huracán ellos llegaron de Cayos Wittis a Cayos Maras por orientaciones de la Fuerza Naval, que había dicho que todos se concentraran en ese cayo, por considerarlo uno de los más seguros, de modo que la noche del fenómeno estaban más de 300 personas refugiadas en Maras.
Mucha gente estaba metida en las casas, pero otros se afanaban asegurando sus embarcaciones como los 36 botes de vela (Duri Tara), sin contar las lanchas y “ponking” que sumaban más de diez, manifestó Uriel en su lecho de enfermo en el Hospital de Bilwi.
“Nunca antes en los años que tengo trabajando en el mar había visto tal cosa… el viento levantaba las casas, lanchas y botes de vela como si fueran hojas secas, y las lanzaba por los aires. Mucha gente no murió por ahogamiento, sino por los golpes y heridas causados por láminas de zinc”, dijo este afortunado hombre.
Mientras el viento soplaba como nunca antes y todo volaba, cada quien buscaba salvarse Uriel dice haberse agarrado en medio de la oscuridad de un pedazo de madera de unos ocho pies de largo y seis pulgadas de ancho, pero a esas alturas ya estaba herido en la pierna. A la tabla se sumaron su hermano Donald Wislat y otro compañero, con quienes flotaron durante tres días hasta que fueron rescatados por una lancha de comunitarios de Sandy Bay, de donde es originario.
Los médicos le dijeron que había pasado mucho tiempo, que la gangrena se había apoderado de la pierna y que la única opción para salvarle la vida era amputársela. Uriel aún permanece en el Hospital Nuevo Amanecer en estado de recuperación, y lo único que pide en estos momentos es una silla de ruedas para poder movilizarse cuando regrese a su querido Nina Yari, en el litoral norte.
Pero si en algo han coincidido Uriel y Mainor, es que quieren servir a Dios, porque están seguros de que quedaron vivos no por suerte o porque son expertos nadadores… sino porque todo ha sido un plan de Dios para que ellos lleven su testimonio por el mundo.
Leonardo Sanders, quien presenta múltiples lesiones y quemaduras en diferentes partes del cuerpo, dice haber sobrevivido agarrado de un pedazo de madera, y que tres días después de flotar a la deriva fue rescatado cerca de Cabo Gracias a Dios, hasta donde fue arrastrado por la corriente y los vientos.
Muertos son cientos…
Según César Augusto Tejada, quien trabaja como acopiador de langosta en Cayos Dimans Spot, los datos de muertos y desaparecidos que hasta ahora han dado a conocer el Sinapred y el Comité regional de Emergencias están muy por debajo de la realidad, ya que había cerca de mil personas en los Cayos Miskitos el día del huracán, porque en primer lugar se les avisó muy tarde, y en segundo, la orientación que dio la Fuerza Naval era que se movieran a Cayos Maras, en ningún momento se les dijo que abandonaran los cayos.
La fuerza Naval avisó del posible peligro entre las nueve y diez de la mañana del lunes, cuando la gente ya había salido de los cayos con sus lanchas y cayucos a trabajar, y regresaron hasta las cuatro de la tarde, cuando ya era imposible poder salir de la zona. Los que tenían lanchas rápidas salieron aunque sea de tarde, pero para los que llegan en botes de vela desde Awas Tara o Sandy Bay ya era imposible, manifestó.
Había mucha gente, hombres, mujeres y niños, y de éstos los más afectados fueron los niños entre 12 y 16 años que llegaban a trabajar de ayudantes de cayuqueros. Las mujeres trabajaban de pikineras, es decir, llevando productos básicos y ropa que canjeaban por langosta. Había unas 300 mujeres que se dedicaban a este negocio sólo en los cayos.
Carolina Fox Brooks tenía diez años de trabajar como pikinera, desde que su compañero la abandonó. Era el único sostén de la familia, porque además de mantener a sus tres hijos, también se había hecho cargo de sus hermanos y hermanas menores.
Nunca pensó que el primero de septiembre pasado sería su último viaje al lugar que había sido su centro de trabajo por diez años, según nos cuenta su hermana Carmen Fox, de 24 años, quien dijo que su hermana se fue porque tenía cuentas por cobrar y debía recoger un dinero por los gastos del catorce de septiembre.
Por si fuera poco, Carolina no fue sola a este viaje, sino que se llevó a su cuñada Adela Simons a enseñarle el camino, porque ésta estaba desempleada al igual que su marido Roberto Fox (hermano de Carolina), quien de vez en cuando salía a trabajar, pero no era suficiente para los gastos de la familia.
Hoy, después de doce días de búsqueda, las esperanzas parecen desvanecerse, pues han recorrido toda la playa y parte del océano, pero ha sido en vano. Sólo recogen versiones de sobrevivientes que las vieron la noche del huracán. Otros les han dicho que abordaron un bote de vela, pero que éste se partió y cada quien salió por su lado. Una persona que lee las cartas les dijo que ambas están vivas, pero que se encuentran muy lejos de aquí, y que Adela está muy enferma.
Cabe señalar que éste no es el único caso de mujeres que desaparecieron con el huracán, sino que se trata sólo uno de los cientos que hoy lloran a sus madres, esposas e hijas que jamás regresarán. Se trata de mujeres que eran las que sostenían a sus hijos y familias con su trabajo, ¿y ahora qué será de nosotros?, preguntan sus familiares.

Dicen que ellos no los han contratado
Empleadores abandonan a sobrevivientes heridos
Si algo iguala a los sobrevivientes y fallecidos, es que nadie asume la responsabilidad laboral por ellos, debido a que las empresas inventaron una figura que los deslinda de toda responsabilidad, como son los famosos sacabuzos o contratistas.
Uriel Wislat le trabajaba a la señora Maura Nelson Law, quien es contratista de la empresa Mar Azul. La empresa le financia las faenas, y ella busca a los trabajadores en los cayos, les da equipos de pesca, alimentos, y al final de la faena, cuando ella regresa con el producto que entrega a la empresa, éstos le pagan la diferencia después de deducirle el anticipo, alimento y combustible, y también le entregan a ella el pago de los buzos y demás personal.
Con “Félix” ganaron las empresas
Según doña Maura, con el huracán los grandes ganadores fueron las empresas, ya que si bien es cierto que les financian todo, en situaciones como éstas, cuando todo lo que tenían en los cayos se perdió con el huracán, desde combustible hasta comida, las empresas les han dicho que no les pueden perdonar esa deuda y que deben de pagarla, aunque sea poco a poco. Además, no existe disposición alguna de ayudar a los familiares de buzos que murieron, ni a los hospitalizados que van a quedar incapacitados, como es el caso de Uriel. “Todo nos lo han dejado a nosotros”, denunció.
Ninguna empresa con gente trabajando en los cayos ha dicho que va a asumir alguna clase de responsabilidad, y el argumento es único: “Ellos no eran nuestros trabajadores, porque no tenían contratos con nosotros, eso lo deben resolver los contratistas”.
EL NUEVO DIARIO trató de hablar con el señor Alejandro Pereira, Gerente de la empresa Mar Azul, que dependía en gran manera de la producción que obtenía de los cayos, pero no fue posible. De la misma manera quisimos hablar con el señor Danna Downs, de la empresa Promarnic, pero nos dijeron que estaba fuera de la región.