Nacional

Clamor en la RAAN no se apaga


Valeria Imhof

No pueden dejar de llorar al recordar a sus muertos. Todavía se resisten a creer que sus familiares no volverán, y bañados en lágrimas claman para que el mar se los devuelva con vida. El dolor del pueblo miskito es tan grande que ya no pueden hablar sin tragar saliva, morderse los labios, mirar al cielo, y preguntarse hasta el cansancio: ¿Por qué nos dejaron morir?
En horas de la mañana del pasado lunes tres de septiembre, Marcia Hammes Pablos, una mujer de unos 50 años que trabaja en la pesca de la langosta en los Cayos Miskitos, se levantó como cualquier día.
“Mi hermano me mandó a decir que me saliera porque venían vientos fuertes. Ahí nomasito empaqué mis cositas y salí, pero la Naval que estaba allá no avisó a nadie”, narra Marcia.
El que salvó a 170 personas
Su hermano es el capitán Simón McDavis Pablo, el mismo que salvó a 170 personas que estaban en los Cayos, cuando los refugió en el barco Mrs. Julies, evitando que el poderoso huracán “Félix” se los llevara.
Simón es un hombre moreno, corpulento y de origen miskito. Tiene 44 años y 30 de trabajar en el mar. Pero esa imagen ruda y recia se desvanece cuando le toca hablar de los que no pudieron salvarse.
“Lo que a mí me duele es que no pude salvar más vidas”, dice. Se queda en silencio y llora. “Había muchos más que necesitaban mi ayuda”.
Simón recuerda especialmente a su amigo Celestino Andrews, que estaba trabajando en el cayo Ahuia Lupia y quien desapareció con su hijo.
“El gobernador no cumplió a pesar de que el es miskito. Es su sangre, es su gente”, dice Simón, quien señaló que esa noche jamás le avisaron que venía un huracán, sino “vientos fuertes”.
“A un huracán nadie se le puede enfrentar, pero lo que pasó conmigo fue un milagro”, expresa, al referirse a las 170 personas que logró refugiar en su barco, donde luchó más de cinco horas continuas contra la tormenta.
Pudo avisar a sus hijos
Simón dice que alcanzó a avisar a sus hijos --también pescadores-- que se regresaran a Bilwi, mientras que la empresa donde él labora le dijo que se refugiara en los Cayos Maras.
“Yo les digo: Déjenme morir aquí porque yo ya tengo experiencia de cómo enfrentar esto, pero estoy bromeando porque no sé nada de las consecuencias”, relata.
Dice que el mar estaba sereno esa noche. Sacó los salvavidas para sus cinco tripulantes, alistó su lámpara con batería y contó 19 veleros, cinco botes y tres lanchas.
No les dijeron que era un huracán
Pero a las once de la noche llegaría la llamada fatídica de la Capitanía de Puerto Cabezas: “Sálganse de ahí que el viento va a pegar fuerte, pero no nos dijeron que era huracán”, dice Simón.
“Yo les dije que no salgo, porque éste es mi refugio. Un barco que camina seis millas por hora, 42 millas por la costa con mal tiempo me va a agarrar, dos horas a mi favor yo no me muevo”, le contesté.
“Nos quedamos anclados en medio del Cayo Maras. A eso de las once y medio comienzan a incrementarse los vientos, pero aún yo no pensaba que era un huracán sino un mal tiempo”.
En ese momento pensó: “Si es el viento lo voy a enfrentar a mar abierto, porque los árboles de los cayos se estaban cayendo, y si hubiéramos estado adentro de los cayos, nos hubiéramos muerto”. Simón recuerda que al momento de perder el ancla pensó que todo había terminado, porque el viento del huracán tomó control del barco durante una hora antes de irse a parar en un costado de los Cayos Maras.
De un lado a otro para no volcarse
“Lo enfrentamos sólo con una máquina Caterpillar sin ancla que no me falló, y pegados a esa montaña entre los manglares. Dijimos: ‘Aquí vamos a morir’. A las tres de la mañana el huracán agarró fuerza levantando la motonave: la dejaba ir de un costado a otro y cuando la levantaba yo gritaba: ’Aquí está muy pesado, así que muévanse a este lado’, y cuando el viento tenía el barco a su control la gente se guindaba del otro lado y se levantaba, luego se venía en medio. Yo les decía: ‘Manténganse firmes y sin miedo que ya va pasar, nos faltan dos horas más’. Eran las cuatro de la mañana”.
“La gente sólo rezaba, y a las tres de la mañana comenzó un silencio como que no había nadie. La gente que estaba en veleros o en casas desapareció. Sólo estábamos nosotros”.
“El barco se metía la mitad en la montaña y estaba flotando, de ahí nos sacaba y nos volvíamos a meter, y así transcurrían las horas. Saliendo y entrando, hasta que dio las seis de la mañana cuando el barco tocó tierra firme”.
“A las cinco les dije que sólo nos faltaba una hora para estar a salvo. El viento pegaba como morterazos y golpeaba como una roca de toneladas, pero yo les decía: ‘Hemos enfrentado todo, con valor, luchen’, y la lucha fue hasta las seis de la mañana que el viento se calmó un poco y el barco tocó tierra”.
El diablo nació en el Cayo
“Estuvimos cinco horas luchando por nuestra vida, y ahí supe cuando el mismo diablo había nacido en el Cayo. Dios y la máquina nos salvó, porque me permitió que el barco se moviera y se mantuviera firme”.
Cuando despertó encontró que todo había desaparecido. Pensó que estaba en otro lugar, pero luego reconoció un poste de madera. Luego vendría lo peor: cadáveres flotando, gente herida y una comunidad que ya no existía.
Culpan a autoridades
Ocho días después de la tragedia, Simon y su hermana Marcia no dudan en responsabilizar a los gobiernos Central, Regional y Municipal de la desgracia que está viviendo el pueblo miskito.
“El gobierno está hablando mentiras, porque no nos avisaron, y culpo al gobierno regional, a Brooklyn Rivera y a Elizabeth Enríquez de esta tragedia. ¿Dónde estaban? Ellos sabían, pero la pobre gente que estaba trabajando no lo sabía porque nadie les avisó”, asevera.
Ella dice que durante el huracán Beta sí fueron informados por la Fuerza Naval, por lo que los seis cayos fueron evacuados.
“¿Por qué no lo podían hacerlo con éste? ¿Por qué dejaron morir tantas gentes? ¿Por qué? ¿Por qué?”, dice Marcia, mientras traga saliva porque ya no puede seguir hablando.
“Ellos saben que los Cayos eran como una Zona Franca. Aquí no hay trabajo, ahí es donde la gente llegaba: madres solteras que ahí trabajaban viajando al raid, y muchachos que llegaban a buscar chambas”.
Marcia dice que las autoridades no tienen ni idea de la cantidad de personas que murieron, y reitera que todo lo que dicen es mentira.
“Ese Cayo era ya una comunidad con buenas casitas, y en cada casa la gente iba con sus familias como yo iba con mis hijos y mi marido. Todo eso se perdió, ¿y qué estaba haciendo el gobernador?”
“El lunes el gobierno de Honduras estaba sacando a su gente, ¿y por qué no pudieron hacer eso? ¿Por qué nos dejaron morir?”
Marcia fue una de las miles de personas que llegaron al puerto de Bilwi en busca de sus familiares el día después del huracán.
Gente nadaba viva, pero llegaron dos días después
“En ese momento mucha gente estaba viva nadando en el agua, pero no la fueron a rescatar hasta el miércoles, dos días después. El gobierno dejó morir a la gente, y yo digo que todavía hay muertos en el monte de los cayos que no los han buscado, porque ahí se fueron a refugiar y se quedaron atrapados”.
Harry Roberto Wilfred es un pescador de la comunidad de Awastara que sigue esperando que al menos el mar le devuelva a uno de sus dos hijos.
Ellos salieron a pescar a los cayos Wekes, pero nunca regresaron. Como ellos, 20 personas de su comunidad están desaparecidas.
“Pido a Dios que me dé la fuerza para seguir. He hecho todo lo posible de encontrarlos…”. Harry no puede seguir hablando.
Wilfred viajó hasta Raya, Honduras, en busca de sus vástagos, pero lo que encontró fueron 17 cadáveres, en su mayoría de mujeres.
“De los 20 desaparecidos quiero encontrar aunque sea a uno. Ese es mi mayor deseo, encontrar aunque sea a uno de mis dos hijos”.
Wilfred dice que tiene conocimiento de que hay sobrevivientes en los cayos Bogas Ki, Abith Ki, Caski Kumi, Gordo Ki y Binstin Ki.
“Nosotros tenemos la esperanza de que hay sobrevivientes. Nosotros queremos rescatar aunque sean muertos, para ver el cadáver y quedar satisfechos, pero no hemos recibido respuesta”, dice Wilfred, quien señala que nadie llegó a Wekes y se desconoce de la suerte de sus habitantes.