Nacional

Una ola le arrebató a su hijo

* Una mujer vio perderse a su niño y el clima inclemente le coció gran parte del rostro, por el salitre y el sol. A otra que rezaba en una iglesia a la hora de los vientos el golpe le vino de arriba, perdió todo lo que tenía, y cinco hombres vieron llegar la vida en un helicóptero justo cuando ya empezaban a perder las esperanzas

III Y ÚLTIMA ENTREGA
La doctora le advierte con cuidado: “No se mueva que le va a arder un poquito”. Le unta una pomada sobre la barbilla y con un algodón exprime una ampolla oscura que ha surgido en la mejilla derecha.
La paciente soporta impasible el trato a su rostro y ni siquiera abre los ojos cuando la joven doctora le agradece su ayuda: “Ya puede seguir descansando señora”. Ella respira profundo y apenas abre los ojos cuando su cuidadora, Auxiliadora Downs, le dice que unos periodistas quieren hablar con ella.
Ella está sobre una colchoneta en el piso del auditorio del instituto Bartolomeo Colón, un edificio sin pinturas que sirve como sala de emergencias en este improvisado hospital.
Nos queda viendo fijamente con los ojos entreabiertos y pregunta para qué canal es. Le decimos que para EL NUEVO DIARIO y hace un leve gesto de aprobación. Tiene 34 años y fue rescatada por una lancha pesquera el jueves 6 de septiembre, dos días después del huracán, a 35 millas al sureste de Sandy Bay. Ella y dos personas más iban asidas a varias cubetas de plásticos unidas entre sí por cuerdas.
Les mintieron sobre el huracán
Su historia es breve, pero terrible: salieron la noche del lunes 3, cuando los vientos que ya aullaban y azotaban las palmeras advertían de la magnitud del desastre que se cernía sobre los Cayos, donde ella y otras mujeres de Bilwi llegaban a trabajar en el empaque y limpieza de productos marinos.
“Nosotras habíamos oído hablar del huracán, pero un señor que sabía bastante del mar nos dijo que era mentira, así que quedamos trabajando”, cuenta muy lentamente, porque le duele tragar saliva y mover los labios resecos y ampollados.
Cuando decidieron irse del lugar en una panga del mismo señor que les dijo que era mentira lo del fenómeno, ya las aguas del mar estaban agitadas y otras embarcaciones que habían salido se habían llevado los chalecos salvavidas y aperos de pesca que igual sirven para halar redes que para asegurar carga.
Una vez en el mar, no sabe cuánto tiempo después de haber zarpado, el agua los iba zarandeando y cada ola los empujaba con fuerza hacia la oscuridad de las aguas profundas del Caribe, y ella luchaba por no caer.
Ola le quitó a su hijo
Iba asida con la derecha a un borde de la lancha y con la izquierda llevaba apretado contra su cintura a un niño de ocho años, su hijo.
“Salimos sin nada, yo iba con mi niño…”, dice, y los ojos a medio abrir, quizás por algún sedante o por el cansancio, se le llenan de lágrimas y un profundo suspiro la deja exhausta, como si se hubiera dormido de repente. Del ojo izquierdo sale una lágrima que se pierde en la mejilla quemada y ya no quiere seguir hablando. No puede.
“El agua le arrebató al niño”, dice igual de triste Auxiliadora, su prima de Bilwi. “Su marido también está perdido, andaba al lado de Bismuna cuando lo agarró el huracán y no ha venido a buscarla”, dice a modo de confidencia y en bajo tono de voz, como para no despertar a Rosa Rivera Solís, quien al parecer sí ha quedado dormida tras el infierno del que todavía no se recupera y que difícilmente olvidará.
¿Y ahora qué haremos?
A unos metros de donde Rosa duerme, en contraste, una mujer llora bulliciosamente y reza a gritos en miskito, cuando le están haciendo unos puntos en la cabeza. Se llama Elena Mosh, tiene 51 años y llegó al hospital el mismo día en que el fenómeno golpeó
Bilwi.
Habita en el barrio El Muelle y salió bajo los vientos mañaneros del huracán, rumbo a la Iglesia Morava del sector, buscando un refugio seguro que no encontró en su casa de madera y tambo. Llegó a tiempo con su marido y sus tres hijos y todo iba bien hasta que las láminas de zinc del techo empezaron a crujir al tiempo que la gente empezaba a gritar por el pánico.
Una viga descendió del techo y le alcanzó en la coronilla de la cabeza a Elena. No la mató y “apenas” le hicieron siete puntadas, cosa que ella no resiente tanto como las ganas de salir del hospital y regresar al sitio donde estaba su casa.
“Yo quiero irme de aquí, debo ir a casa a ver qué hago. Mi marido dice que todo se perdió, la casa se cayó y no hay zinc, no hay ropa, no hay nada. Hasta los palos de coco se cayeron”, dice Elena con ese gesto de alarma y dolor del que todo lo ha perdido y no sabe de qué manera podrá volver a comenzar de cero.