Nacional

Sobrevivió tres días en el mar

Lo rescataron tres días después del huracán Félix y todavía estaba lúcido, porque frutas en el mar le ayudaron a vivir. Cinco jóvenes vieron bajar la vida del cielo cuando un helicóptero los rescató al segundo día del impacto. Una mujer perdió a su hijo durante el desastre, y eso le duele más que las quemaduras en el rostro.

II Entrega

Bilwi, Puerto Cabezas.
Un policía tiene que empujar con las dos manos al grupo de curiosos que se cierra sobre el borde del muelle, mientras otro grita que abran espacio para que la ambulancia pueda estacionarse a orillas de las escalinatas de madera, que bajan en forma de caracol hasta la plataforma de madera donde está atracando la lancha LR 067 de la Fuerza Naval del Ejército de Nicaragua.
El primero en bajar de la lancha pintada de azul es el capitán de corbeta Ricardo Quant, quien ata la soga de la proa a uno de los pilares del puerto y ayuda a subir a la plataforma al primero de los cinco sobrevivientes que vienen con la piel tostada, los ojos cerrados y los labios hinchados.
Casi no pueden caminar, y gimen de dolor cuando los marinos de la naval les tocan por error alguna parte de la dermis desnuda y rojiza donde yacen llagas blancas y rojas como tomates. Poco a poco los van subiendo en camillas y montando a la ambulancia, donde lo primero que hacen es ponerles un paño de agua sobre las frentes e inyectarles suero intravenoso.
El último en bajar de la panga es un hombre ya maduro, con calvicie visible, recio de espalda y brazos nervudos, que sube por sí mismo las gradas del muelle y camina lento hasta sentarse al fondo de la ambulancia. La huella del mar apenas se le ve en las ampollas en la parte superior de la espalda y en los labios que están hinchados y de un extraño color marrón en la parte interior.

Iban rumbo a la muerte
La ambulancia sale rauda y ruidosa hacia el hospital, y el capitán Quant da detalles de la operación de rescate: estaban cinco hombres flotando junto a pedazos de madera y cubetas de plástico a 20 millas al este de la punta de Cabo Gracias a Dios, iban siendo arrastrados por una corriente que los sacaba de la jurisdicción de Nicaragua rumbo a aguas hondureñas, y tenían cerca de tres días de estar flotando.
Sus nombres: Loyd López Salomón, de 22 años; David Ugarte Davis, de 23; Javier Omelles Coleman, de 25; Ezequiel Salvador Joseph, de 27, y Donald López Omelles, de 40 años, que fue el último en bajar y subir por sí mismo a la ambulancia que lo trasladó al auditorio de la escuela “Bartolomeo Colón”, de Bilwi, donde funciona provisionalmente un hospital.
Él estaba ahí acostado en una colchoneta en el piso, con una bolsa de suero oral conectada por mangueras a las venas del brazo izquierdo. Hablaba con su hermano Rodolfo López, quien lo asistía en el piso y vigilaba la desinflamación de los labios que, unas tres horas después de que López Omelles ingresó a puerto, lucían menos inflamados, aunque sus tejidos externos se notaban averiados por las ampollas.
Con mucho esfuerzo, cuenta en tono bajo la experiencia que le tocó vivir durante los casi tres días en que estuvo asido a un trozo de madera del tamaño de una puerta, junto a cuatro jóvenes más, que se ataron por la cintura a la misma balsa rústica mientras abrazaban bidones y cubetas plásticas donde antes transportaban combustible para las pangas.

La muerte los alcanzó a media noche
Ellos salieron de los Cayos Mískitos a las doce la noche, cuando los vientos que venían del cielo y el mar oscuro les advirtieron que algo grande se cernía sobre los islotes. Dice que estaban desinformados de la ruta del huracán, y que confiaban llegar un par de horas después de su partida a Sandy Bay, donde se refugiarían en cualquiera de las hermosas casas de cemento y zinc que ahí se han construido en los últimos años.
Lo que López y sus acompañantes no sabían, es que en vez de huir del huracán iban directo hacia él, en la ruta que el fenómeno trazó antes de devastar la Región Autónoma del Atlántico Norte.
“El barco parecía hoja de papel, el agua nos sacudía duro, duro… hasta que nos volcó”, cuenta el rudo pescador mískito de 40 años.
“Cuando salimos de Cayo el mar estaba picado, pero a los minutos, cuando más avanzábamos, se iba poniendo peor, hasta que el barco se rajó y nos volteó una ola gigante que terminó de destrozarla y todos caímos al agua”, dice en el complejo español-mískito, y apenas moviendo los labios inflamados.
Señala el pescador que originalmente eran nueve, y que de éstos, siete se agarraron fuerte de un trozo enorme de madera que servía de piso en el barco…, los otros dos fueron arrastrados rápidamente fuera del radio del naufragio, en la oscurana del lunes 3 de septiembre, horas antes de que el huracán pegara en tierra la mañana del martes 4.
“El agua nos pegaba duro y estaba más pesada, como sacos de arena, por eso un muchacho no aguantó y se soltó y ahí nomás desapareció”, dice, e interrumpe el relato porque una doctora en bata blanca se le acerca a hacerle varias exámenes y preguntas: ¿Le duele algo por dentro? ¿Puede mover todos sus miembros? Enseñe la lengua. Abra los ojos. Siga con la vista estos movimientos. ¿Puede levantar esta pierna? ¿La otra?
El examen termina, y el relato continúa cuando la doctora le explica muy suave: usted está mejor que muchos pacientes, y lamentablemente necesitamos más camas, le vamos a dar de alta hoy mismo y le vamos a entregar unos medicamentos. No se exponga al sol y tome muchos líquidos, úntese unas pomadas que le vamos a dar y descanse bastante.

Un milagro dentro del mar
El hombre no lo puede creer, pero está tan agotado, que no le da importancia, y sigue narrando, mientras su hermano Rodolfo discute con la joven doctora sobre cómo puede ser posible que lo saquen tan rápido del hospital y sin examen a fondo.
“Al final no sé cómo se soltó un hermano mío que iba colgado de la tabla, pero al amanecer sólo estábamos cinco, los mismos que sobrevivimos”, cuenta Donald, quien sin dejar de observar la discusión de su hermano con la doctora, relata que el tiempo en el mar se siente “bien largo”, y que si sobrevivieron fue porque una corriente arrastraba, entre basura, ropa y restos de ramas, unas verduras y frutas en mal estado que ellos pelearon con unas aves que desde arriba se zambullían, y que fueron, al final, las que les permitieron vivir para contar el cuento. “Iban tomates, unas hojas, naranjas, bananos… no me acuerdo muy bien”, dice.