Nacional

Sobrecogedores relatos de los sobrevivientes

* Centenares salieron a pescar, quisieron volver a la medianoche con primeros vientos, pero ya era demasiado tarde * Lanchas volcadas y viendo morir, uno a uno, a compañeros, revelan los que logran salvarse * En el pueblo las láminas como misiles, y los árboles cayendo sobre casas y personas

El caso de Yuri Lens
Un joven tuvo que soltar los cuerpos de su jefe y dos mujeres más, que murieron asidos a una boya. Él sobrevivió, pero quedó con la mitad del cuerpo quemado por el sol y el salitre. Una madre cuida a su hijo de 12 años tras caerle la rama de un árbol sobre la cabeza. Una muchacha casi pierde la cara por los cortes de la lámina de cinc que volaban como misiles, son, entre otras, historias de sobrevivientes al huracán “Félix”

I Entrega
Cuando llegó al puerto no podía ni hablar. Apenas tenía fuerzas para quejarse y subir las manos a la altura de los ojos, para taparse del resplandor del sol bárbaro del mediodía. Más de 48 horas bajo el sol y en el mar, sin comer ni beber, lo habían dejado casi ciego y tan seco por la insolación, que ya no tenía líquidos en el cuerpo para llorar.
Los labios estaban hinchados y no podía tragar ni el agua que de una mano generosa salió embotellada entre el gentío que lo rodeaba y su piel estaba tan llena de llagas, que parecía que sobre el abdomen le habían colocado una pizza de peperoni.
Lo montaron con cuidado sobre la tina ardiente de una camioneta de la Cruz Roja, y salió en medio de ululares de sirenas rumbo a una aula de la escuela Bartolomeo Colón. De los cuatro que llegaron rescatados por una panga de la Fuerza Naval del Ejército de Nicaragua, Yuri Lens era el más grave.
Los otros tres fueron dados de alta a las doce horas, tras hidratarlos con sueros, vacunarlos con vitaminas y embadurnarles las quemaduras con cremas cicatrizantes.
Uno de ellos, Darío Zacarías, llegó al día siguiente al derruido muelle de Bilwi, y antes de partir otra vez al mar en busca de sobrevivientes, contó lo que les sucedió el día en que salieron huyendo de Cayos Maras rumbo a tierras “seguras” de Puerto Cabezas.

Naufragio nocturno
Eran casi las once de la noche del lunes tres de septiembre cuando decidieron irse del lugar. Ya habían oído la señal de alerta de huracán por la radio del pesquero en que iban a huir, pero no quisieron abandonar las trampas de langostas y el producto de 20 días de pesca que estaba a resguardo en varios termos grandes en el cayo.
Pero cuando los vientos empezaron a silbar, de tanta fuerza, comprendieron que no sobrevivirían si se quedaban a esperar el desarrollo del huracán que horas antes habían minimizado.
“Don José nos dijo que agarráramos las cosas y nos montáramos a la lancha porque íbamos a Bilwi, que si nos quedábamos íbamos a morir”, cuenta en miskito Zacarías, traducido a un español cortado por otro pescador que lo presiona para que cuente a fondo los detalles de su supervivencia.
El viaje era de dos horas a toda marcha y con suerte podían llegar al puerto antes de las dos de la madrugada. Iban cinco varones y dos mujeres que a última hora decidieron abandonar la casa de tambo donde estaban. Todos subieron a la lancha San Diego con un bolso, un chaleco salvavidas y unos termos con botellas de agua por si ocurría alguna emergencia.
La emergencia ocurrió: a una hora de haber salido del cayo la panga fue volteada por el oleaje intenso que Zacarías resume comparando el tamaño de las olas con el mástil de una embarcación atracada en el muelle: “Las olas eran más altas que ese tubo”, dice, y señala con la mano un largo tubo de metal que a simple vista supera los tres metros de alto.
“Cuando empezamos a sentir que la lancha se mecía nos amarramos a una boya que llevamos como salvavidas y al poco rato nos volteamos”, cuenta sin muchas ganas Zacarías, hablando más por la presión de otros pescadores que le instaban a seguir contando la historia, que no termina porque ya lo llaman del bote en el cual sale a buscar sobrevivientes mar adentro. “Soltamos a tres que se nos ahogaron”, dice antes de zarpar.

“Ya no tengo fuerzas”
Quien tuvo que terminar la historia fue su compañero de viaje, Yuri Lens García, quien yace en una camilla de un aula desvencijada en el improvisado hospital que funciona en la escuela Colón, donde es asistido por su madre Cleotilde García.
Las heridas de su abdomen lucen mejor que un día atrás. Ya no tiene el aspecto anterior y están cubiertas por un ungüento blanco. Las llagas fueron producidas por la sal, el sol y la fricción del cuerpo al moverse al ritmo de las olas contra la superficie de la boya a la que ataron las siete personas antes de caer al mar.
Él cuenta la parte que no terminó Darío Zacarías: “Tuvimos que soltarlos porque nos estaban ahogando y ya estaban muertos”, dice este joven originario de Sandy Bay, quien cumplirá 20 años de edad este 21 de septiembre.
“Al primero que soltamos fue al dueño de la panga, a don José (Enriquez), teníamos ya cinco horas de estar luchando (entre las olas y la lluvia) cuando él nos pidió que lo soltáramos, que ya no aguantaba”, dice, casi musitando, Yuri.
“Don José (de 55 años, según el reporte oficial de capitanía de Puerto) nos dijo que le dijéramos a su mujer que ya no pudo más”, relata Yuri, quien cuenta que cada minuto atado a la boya fue un infierno.
“Nosotros nos amarramos con un mecate a la boya, pero las olas nos golpeaban y nos soltaban, y nosotros teníamos que nadar otra vez para agarrarnos de las bridas, a veces cuando no podíamos, don José nos iba a ayudar o nosotros ayudábamos a los otros a volver a la boya”, cuenta el joven, quien dice que en una de esas en que fueron a traer a una señora de 40 años, más o menos, ya ella venía muerta.

Una murió agarrada a la boya
“Se nos hundió y Darío la jaló del mecate, cuando salió ya no respiraba, se había muerto. Tuvimos que soltarla porque el peso nos estaba hundiendo”, dice con tristeza, viendo al techo de la escuela, moviendo nerviosamente los pies.
La otra persona que murió fue una joven, de unos 15 ó 16 años, novia de un amigo pescador que salió en otra barcaza huyendo del viento y del cual ni Darío ni Yuri saben nada desde que fueron rescatados por una lancha de pescadores. Toma una pausa, respira profundo y los ojos se le ponen húmedos antes de decir: “No sabíamos que Dios era tan poderoso”.
“Esa muchacha era la novia de Enrique (al menos a eso suena el nombre de su amigo en el complejo español de miskito) y murió después de la señora, ella aguantó más y nos decía que no se quería morir, pero que ya no aguantaba seguir flotando, se quedó agarrada buen rato de la boya hasta que pasaron las olas y todo se quedó quieto, pero cuando le hablamos ya no respondió, estaba azul azul, y agarrada de las bridas”, cuenta.
“La soltamos y se hundió”, dice el joven, ahora con lágrimas en los ojos y el rostro compungido, a punto de llorar, cosa que no logra porque la convulsión le agita el estómago y le arden las heridas, por lo cual el rostro se transforma en una mueca de dolor.

Niño víctima de un árbol
En el auditorio de la escuela hay olor a alcohol, hay quejidos y llantos, gente tirada sobre colchones en el piso y muchas bolsas de suero conectadas a mangueritas introducidas en las venas de los pacientes.
En una camilla, de las pocas que hay, está inconsciente un niño de doce años que parece de diez o menos: flaco, de costillar visible, manitas huesudas y cabeza pequeña, rapada y envuelta en gasas blancas. Hay sangre visible en la parte de atrás de la cabeza y unas mangueras que entran por su nariz están conectadas a un tanque de oxígeno.
“Necesita traslado urgente, estamos esperando los helicópteros”, explica una de las enfermeras que le toma el pulso al niño Jackson Dean Hunter. Su madre, Teresa Hunter, dice cuando los vientos empezaron a arrancar los techos y la casa de tambo de madera empezó a crujir en sus bases, ellos salieron huyendo a una casa vecina hecha de concreto en la comunidad de Krukira.
Ella y sus otros cuatro hijos lograron llegar, pero a Jackson un árbol que voló del patio de su casa la cayó justo cuando el muchacho ya iba cerca de entrar a la casa de refugio. Lo jalaron entre varios de debajo del palo y lo llevaron ocho horas después al hospital, cuando un vecino logró encender un taxi para ir a Bilwi y pedir auxilio para esta comunidad donde nada quedó en pie.
El niño fue trasladado a Managua en un helicóptero de la Fuerza Aérea, un día después del paso de “Félix”, quien con sus vientos de más de 260 kilómetros por hora, destruyó vidas y hogares en esta pobre región del Caribe nicaragüense a donde llegó a mala hora en categoría cinco el pasado cuatro de septiembre.

Cortada por una lámina de zinc
No muy lejos de la cama donde el niño Jackson yace con mangueras en las venas y narices, una madre miskita que trata de alimentar a una niña de un año, que no quiere alimentarse con un biberón, ya que está acostumbrada al pecho de su madre.
Pero su progenitora no puede alimentarla esta vez, porque está tirada en una camilla con múltiples heridas en el rostro y cuello y con una pierna rota que le causa mucho dolor.
A Soraya Baptist Miranda el huracán la golpeó doble: primero le rompió la pierna izquierda cuando sus vientos botaron la casa de tambo y la viga principal de la rústica vivienda de madera le cayó en su pierna. Luego, cuando ya iba cargada en hombros una casa voló de sus cimientos y los restos de una lámina de cinc la provocaron cortes en varias partes del cuerpo.
“Eran cómo las cinco de la mañana, estábamos nueve (familiares) en la casa cuando el huracán empezó a mecer la casa, después el techo de levantó y todo se nos vino abajo”, cuenta la madre de Soraya, Margarita Baptist, quien trata de calmar infructuosamente el llanto de la infante con un biberón con agua con azúcar, pero la niña, terca, no permite que se lo introduzcan en la boca, mientras la madre adolescente llora y ya no se sabe si es por ver a su hija hambrienta o por el dolor de la pierna machacada.