Nacional

El hombre que cambió ritmos de septiembre


Edgard Barberena

Pocos saben, hasta hoy, que el artífice de los cambios de las bandas de guerras en rítmicas, las mismas que convierten a septiembre en una partitura patriótica, es hijo de un marine norteamericano.
Sí, John McDonald es el nombre de una historia aún no escrita: fue el hombre de la transformación, el que decidió renunciar al sonido marcial por uno más cívico, fresco y nicaragüense.
Pero, ¿de dónde viene este ciudadano con apellido de marca registrada? Nuestro personaje es hijo del finado Donald McDonald Cox, marine norteamericano con el grado de sargento. Él dirigió una banda militar en “la Yunai” y falleció en 1980.
El profesor McDonald en diciembre próximo ajustará 33 años de preparar jóvenes en gimnasia y la ejecución de los diversos instrumentos musicales que se utilizan en los desfiles escolares.
Sin embargo, este profesor no se ajustó a los límites de la tradición. Quería algo más. Y, un día, amplió el estrecho marco de las bandas, entonces llamadas de guerra, para darle un sentido de vida más atractivo: sonar la música propia de Nicaragua y de temas gustados del cancionero internacional.
Coreógrafo del Colegio República de Argentina, el músico recordó que durante su infancia, en los años 60, “yo no sabía lo que era una banda, y nunca había visto una”.
Al ingresar al Goyena lo primero que hizo fue formar parte de la banda de guerra del colegio, encontrando que la misma sólo contaba con cinco marchas, “pero me fascinaba el trabajo que hacían los redoblantes”.
John empezó a crear sus propias marchas que al comienzo los antiguos miembros de la banda las rechazaban. En este periodo que enfrentan todos los creadores de parte del resto de la gente --el escepticismo, la duda, el quizás… -- le ayudó mucho un instructor.
Reynaldo Álvarez fue prácticamente un cómplice de los cambios que quería ejecutar. Álvarez aceptó la idea de comenzar a ponerle freno a las marchas antiguas para sustituirlas por ritmos propios y que, por supuesto, no tocaban los otros colegios.
Esto le valió a John el respeto de los muchachos. “Ellos querían que fuera el capitán, pero a mí no me interesaba la capitanía de la banda. En ese tiempo estaba el profesor de música Rómulo Acevedo Carrión”.

El “pizarrón” del espacio
La inquietud de McDonald provocó que el profesor de música ya no tuviera en el Goyena una banda de guerra, sino una orquestal que amenizaba los actos culturales.
Para esa época las palillonas no sabían marcar el paso, porque las buscaban por su estatura y hermosura, y no por sus talentos. Ni siquiera sospechaban lo que era el ritmo, “pero todas estas cosas yo las iba anotando en el pizarrón del espacio”.
“Un 5 de diciembre de 1973 escuché un ruido de bandas y llegué al cementerio donde miré la del Goyena con una bandera de Nicaragua desteñida, dos tambores y un par de trompetas”.
McDonald se sintió admirado: “Me maravilló la mística que llevaban los muchachos”, a pesar de que el terremoto del 72 los había golpeado con fuerza.

Decisión de cambiar
Después John llegó al Zumen donde estaba refugiado el Goyena y el director no lo dejó entrar. “Desde la malla comencé a hablar con los muchachos y a organizarlos, pero quería romper los esquemas cuasi-militares de entonces. Estaba decidido a cambiar los ritmos”.
Esto le costó a McDonald ganarse el odio de todos los colegios de la época por haber comenzado a abandonar el molde tan castrense que sufrían las bandas que, llamadas de guerra, contradecían de entrada al mismísimo Himno Nacional: “Ya no ruge más la voz del cañón”.
La labor del obstinado maestro fue un largo proceso y, paradójicamente, silencioso, sonando en las entrañas del Goyena. En 1987, McDonald presentó la primera coreografía de bandas en el país.
El cuerpo musical salió a dar la cara por el emblemático instituto sin que la adversidad lo pudiera detener. Ahí estaban aquellos muchachos con “la moda” impuesta por el bloqueo norteamericano en los años 80: “Teníamos que parchar los tambores con placas viejas de Rayos X que recogíamos en los basureros del hospital Lenín Fonseca”.
“Fuimos a la Plaza de la Revolución donde se debía pasar ante la Dirección Nacional del FSLN”.
“Ahí rompimos todos los esquemas en bandas de guerra, con todo y que después muchos me tildaron de loco, que había ocasionado gastos en la reparación de los instrumentos. Incluso dijeron que ese dinero mejor se hubiera repartido entre los maestros. Ah, pero después, todo mundo quería ponerme laureles”. Había dado el primer paso.

Influencia militar en las bandas
Después del terremoto del 72, la influencia militar en las bandas de guerra de los colegios Pedagógico, Primero de Febrero, el Maestro Gabriel y otras, comenzó a sentirse con mayor énfasis, porque hasta utilizaban charreteras y quepis.
La mayor influencia marcial de esas bandas fue la del Primero de Febrero, recuerda. “Eran los hijos de los guardias, mientras que en el Goyena tocaban los hijos de los obreros, por lo que eran enemigos naturales. No se podían encontrar en la calle, porque se volaban merengue”, dice.

Juan Doña lo inscribió como profesor
Ser director de banda en un país que paga mejor a otro tipo de bandas es un acto heroico. Como músico, McDonald no estaba en planilla, por eso el director del colegio, Juan Doña, parece que fue movido por la misericordia y le dijo: “Te voy a inscribir como profesor para que saqués, aunque sea para los pasajes de los buses, porque he visto que la ayudita que aquí te damos vos más bien la utilizás para comprarle zapatos a los muchachos”.
Esto le permitió cotizar al Seguro Social y “hoy estoy viendo los frutos de lo que me dijo ese hombre, catalogado de terriblemente somocista. Estoy por volarme los 33 años de andar en esto el 5 de diciembre próximo”. Al 2008 ya le colgó de adelantado un rótulo: el año de su jubilación. “Y me retiraré de todo esto”.

También le han pirateado marchas
Como de todo lo bueno se copia la gente, el maestro no escapó a la piratería. Marchas propias se las han sonado en otras partes. “No voy a andar haciendo reclamos, porque los que se te da (el talento) hay que compartirlo, pero hay cosas que nadie me puede quitar, de que fui el primer instructor, y eso es parte de la historia”.
“Tampoco me pueden quitar que he sido un revolucionador de esta actividad --bandas escolares y gimnasias rítmicas--, así como del rescate que he hecho de nuestra cultura”.
McDonald en su trabajo no está solo, pues cuenta con el respaldo de un equipo de profesores “con una misma idea: rescatar la cultura y presentarla aun en contra de aquellos que no quieren saber nada de lo nicaragüense”.
Cuando entrevistamos al artista, todavía no se conocía si el Ministerio de Educación daría pase al festival de bandas escolares. Esta semana, el gobierno decidió suspenderlo por falta de presupuesto. McDonald, no obstante, había adelantado que con o sin concurso, “ya estamos montando un trabajo cultural desde hace un año”.
Si no hay concurso, “no importa, nosotros hacemos nuestro trabajo, y si el 14 de septiembre (en los desfiles) tenemos la oportunidad de hacerlo, lo presentamos, y si no, no importa”.

Anécdotas con hijo de Ortega y Arnoldo Alemán
De las anécdotas en el Goyena, McDonald recordó que “ahí tuvimos dos momentos muy especiales: el primero fue en 1990, cuando teníamos el vestuario y todo listo, y no contábamos con instrumentos para presentarnos”.
En aquel tiempo una palillona que se llama Rebeca tenía amistad con uno de los hijos de Daniel Ortega (Rafael) y “hombré, se nos apareció un día antes de la presentación con un lote de instrumentos, porque con ellos rompimos esquemas”.
Para esa ocasión, McDonald presentó en los desfiles “El bolero de Raquel” y Palo de mayo, interpretado con liras, lo que causó un alboroto. Aparecieron con timbales, cencerros y otros instrumentos de percusión.
El otro momento fue cuando contactaron a Arnoldo Alemán cuando era alcalde de Managua para solicitarle apoyo en la adquisición de instrumentos. A esto ayudó el entonces vicealcalde, Roberto Cedeño, porque es ex goyenista.
Alemán les donó instrumentos “que me permitieron proyectar el trabajo”, no si antes preguntarle al edil y a Cedeño ¿Y esto a cambio de qué? La repuesta fue “a cambio de nada”, dijo Alemán. “Las acusaciones de que estábamos pactando con Alemán no se hicieron esperar”.
McDonald condujo la banda y la gimnasia del Goyena durante 22 años y nueve meses, llevando al colegio a obtener 17 veces los primeros lugares en competencias.
El trabajo de su padre, músico de la Marina de los Estados Unidos, provocó que John, sus hermanos Robert y Jeannette, salieron con el talento de ejecutar instrumentos rítmicos, como batería, percusión, bongoes, congas y ponerle música a la vida.