Nacional

“Félix” les cambió sus vidas

* Filas para recibir atención médica y pangas para rescatar cadáveres * Martillazos y motores de sierras en vez de música caribeña * Escuelas que sirven de hospitales y madres que dejan de vender sus panes para esperar a sus desaparecidos

Puerto Cabezas

El sol parece haber salido más furioso que nunca en Bilwi. A juzgar por la bravura de sus rayos que causan ardor en la piel bajo unos cuantos minutos de exposición, pareciera que está en la misma onda de la población que ahora trata de calcinar: borrar todas las huellas de la reciente visita del huracán “Félix”.
Porque no hay lugar ni persona en este pueblo de calles lodosas y ambiente de microondas que no haya sido afectado de mal modo por los vientos del fenómeno.
Tan duro golpeó que más que los daños de casas sin techos y postes caídos, lo que dejó de herencia fue un miedo húmedo metido en los corazones y huesos, y una fría sensación de que todo hay que comenzarlo de nuevo, que se nota en el nuevo ritmo de vida de la ciudad.

Angustia colectiva en muelle
Doña Agustina Downs antes iba todas las mañanas al muelle de Bilwi a buscar una buena oferta de peces y carne de tortuga que los pescadores traían al amanecer, después de una faena nocturna en alta mar.
Ahora la comida es lo de menos: al muelle llega a esperar noticias de su hija de 23 años, que salió una semana atrás a los Cayos Miskitos y desde entonces no sabe nada de ella.
No está sola: cientos, cuidado miles, llegan al mismo sitio a esperar noticias de sus desaparecidos.
El rostro curtido de Evert García no se inmuta cuando cuenta su nueva misión. Antes del huracán, si él salía al mar en la panga de Seferino era porque iba a hacer lo que viene haciendo desde hace 46 años: pescar.
Ahora, en vez de los aperos tradicionales para sacar el producto del mar lleva más cuerdas, bolsas plásticas negras, cal y alcohol. En su complejo español cuenta que está furioso porque a su juicio la Fuerza Naval no ha traído los cuerpos de los desaparecidos porque los está quemando en las riberas del litoral.
“Yo tengo dos primos perdidos y un hermano, varios amigos de la familia están perdidos en Sandy Bay y nosotros vamos a traerlos, no vamos a esperar que la Naval nos engañe”, exclama molesto antes de partir junto a tres jóvenes en una panga de fibra de vidrio con dos motores Yamaha de 85 caballos de fuerza.

Gritos por pregones
Fuera de ahí, de ese muelle que significa esperanza y dolor para muchos, los pregones tradicionales del mercado donde se ofrecen comidas y cosas de uso doméstico han sido cambiados por quejas y lamentos.

“Cómo ser posible que una libra de arroz la vendan en 12 córdobas”, gritaba furiosa una mujer joven a una señora que extendió una canasta llena de varios comestibles a orillas de la calle.
Desde que el huracán arrasó los cultivos y destruyó las principales tiendas de alimentos la comida es un bien que se consigue a alto precio y bajo gritos y discusiones de negociaciones.
“Es una barbaridad que una libra de clavos valga ahora el triple”, dice Anthony Moody, un joven que llegó a una casucha a tratar de conseguir materiales para reconstruir el techo de su casa del barrio “Peter Ferrera”.
Y no sólo en ese barrio hay trabajos de reconstrucción. La tradicional música caribeña que se oía a menudo por las calles de Puerto Cabezas ahora ha sido silenciada por la falta de energía eléctrica, y sustituida por los ruidos de martillazos y motores de sierras eléctricas que trozan los troncos de los árboles que cayeron sobre las casas, como una contigua al Hotel Sandy Bay, donde dos árboles acabaron con los principales bienes de la familia Hernández: un mango aplastó la camioneta Toyota y un cedro la casa. Por suerte nadie murió.

De escuelas a hospitales
Hay filas en las afueras de la escuela técnica “Bartolomeo Colón”. Lo raro es que quienes esperan pacientes a orillas del portón metálico no son niños o jóvenes con uniformes escolares azul y blanco, sino personas adultas, niños cargados en brazos, hombres sostenidos por otros y una larga lista de personas con diversas afectaciones.
Este centro de estudios fue habilitado como hospital de emergencia para albergar a los pacientes del Hospital Nuevo Amanecer, el cual fue evacuado luego que se inundara y perdiera paredes y techos de la mayoría de sus clínicas. Ahora lo han reactivado porque la cantidad de heridos y afectados por el fenómeno sobrepasó la capacidad operativa de la escuela-hospital, a como lo explica seriamente la ministra de Salud, Maritza Cuan, quien desde que el huracán alteró todo, ha estado presente en este pueblo destruido donde todo hace falta.
Muchos de los niños, que deberían estar en las escuelas o jugando en los patios, están apostados en los centros de distribución de ayuda, extendiendo las manos y pidiendo alimentos.
Y Juana Gragsman, que a esta hora debería estar en el mercado vendiendo sus panes de coco, está llorando en las afueras del muelle con su hijo Norlan, de seis años, tomado de la mano, esperando un permiso de los guardas para que ella se acerque a las pangas que van arribando desde el mar con noticias sobre los desaparecidos, entre quienes se encuentra su hombre, Audrey.