Nacional

Miles esperan un milagro del mar

* Mañana y noche pasan viendo si del mar viene la buena o mala noticia sobre los desaparecidos

Desde que sale el sol hasta que anochece, miles de pares de ojos yacen atentos a las naves que entran y salen del muelle de Bilwi. Esperan que tras los surcos de espuma que van dejando a su paso los motores fuera de borda, venga la noticia final sobre el destino de aquellos cuya suerte quedó bajo el endemoniado viento del huracán “Félix”.
Desde que el huracán golpeó fuerte la zona de la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN), el número de desaparecidos que se reporta viene creciendo tanto como los rumores e historias de personas que han visto en sus viajes de búsqueda de sus familiares decenas de cuerpos que danzan macabramente al vaivén de las olas en las sospechosamente calmadas aguas del Caribe.
Ayer se hablaba de más de 200 personas que salieron de distintos lugares y que no lograron llegar a sus destinos, porque el fenómeno los alcanzó en alta mar. Versiones dan cuenta de más de 500 de cuyos destinos o cuerpos no se sabe nada. Y de muy lejos de Sandy Bay llegó un anciano moribundo contando de la desaparición de 18 “duri taras” o veleros indígenas que salieron huyendo de los primeros vientos del huracán repletos de gente asustada que hoy nadie sabe a ciencia cierta si existe o no.
Cuando la lancha rápida LR 067 de la Fuerza Naval del Ejército atracó ayer al mediodía en el puerto, unas tres mil personas que yacían, incluso con los pies dentro del mar, viendo al horizonte salado, salieron corriendo desesperadamente hacia donde venía la nave militar.

Rojos como tomates
El alboroto fue peor cuando se corrió la noticia de que traían cinco sobrevivientes del lado de Cabo Gracias a Dios, y alrededor de la nave se arremolinó un gentío que luchaba entre sí por posicionarse de un lugar donde pudiesen ver a los recién llegados.
Casi cargados, salieron cinco hombres maltratados por el sol y el salitre. Fueron rescatados cuando estaban asidos a pedazos de tablas y bidones de plásticos, 20 millas al este del Cabo, en mar abierto y rumbo al norte.
Venían rojos como tomates, con ampollas blancas en el abdomen y los labios de un extraño color marrón. No podían hablar y había que tocarlos con cuidado porque las pieles las traían casi en carne viva por la exposición prolongada al sol y al mar.
De entre la muchedumbre una mujer reconoció entre los recién llegados a uno de los suyos. “Papito, yo le digo a tu mama que estás vivo, mi amor”, le gritó llorando Rosa Rivera Solís a un joven que en estado normal hubiera respondido al grito de su nombre, pero que tal y como estaba, apenas podía ser sostenido en pie. Ni siquiera podían ver, venían casi ciegos de la insolación y traían las manos blancas como papel.
Horas después de que los jóvenes fueran trasladados a un aula que sirve de hospital en el colegio “Bartolomeo Colón”, la gente seguía en el muelle. Hablaban entre sí, recordaban las características de sus desaparecidos y a veces reían, y casi siempre lloraban.

¡Dónde estás, Julia!
Virginia Zacarías Smith lloraba a raudales por la ausencia de su hermana menor, Julia Jacinta Zacarías. “Dicen que salió en una panga en la madrugada del martes (día que llegó el huracán). Venía de Cayo Diamond con ocho personas y el viento las tiró al agua…”, dice e interrumpe el relato con un convulsivo llanto que la estremece como si alguien la sacudiera de las solapas del vestido negro que lleva puesto.
“Sólo un muchacho que venía en la lancha apareció”, cierra ella la plática con la vista clavada en el horizonte acuático.
No lejos de ella, tirada sobre las tablas negras del maltrecho muelle, una mujer maciza es consolada con paños de una sustancia oscura que alguien vierte de una botella de gaseosa, sobre un pañuelo que luego aprietan sobre la nariz de la mujer inconsolable.
No es para menos el llanto de Marisol Argüello: Reynaldo Franklin Argüello, Fernando Argüello y Francisco Argüello, sus hermanos están desaparecidos. Junto a ellos no aparece su prima, Verona Thomas. La misma historia: partieron al filo de la madrugada de Los Cayos cuando vieron que los vientos del huracán eran poderosos y aterradores.
“No he parado de venir todos los días al muelle. Desde la mañana me encomiendo a Dios y le pido que me mande del mar a mis hermanos y a mi prima. Hoy los oficiales de la Marina me dieron una noticia que me asustó, me dijeron que hoy empezaban a traer los cuerpos, que me estuviera atenta”, cuenta sin dejar de llorar, con ese llanto que inexplicablemente se vuelve más copioso cuando uno piensa que ya no tiene líquidos en los ojos hinchados de tanto llorar.

Carga macabra
Mayra Martínez tampoco deja de llorar y no suelta un pañuelo blanco que mantiene permanente sobre la nariz y la boca. Ella tiene días de no dormir, esperando saber sobre su sobrina Rosa Mora y su amigo don José Henríquez.
“No me voy de aquí sin verlos vivos o muertos”, exclama, siempre el pañuelo sobre la cara y ya no puede seguir hablando porque a lo lejos se ve el promontorio espumoso de una lancha de la Naval que va arribando al muelle.
Como en avalancha, la gente corre al atracadero y mira en silencio el silente acercamiento de la nave. Una ola de carne putrefacta inunda el ambiente y tras unos momentos de estupefacción general, estallan llantos y gritos que tratan de ser apagados en los pañuelos, al ver que la lancha viene con una carga macabra de 17 cadáveres mal tapados con plásticos negros.
Empieza otra vez el pleito de la gente por posicionarse de un lugar desde donde puedan ver a los suyos que tanto añoran. Quizás entre los cuerpos blancuzcos apilados sobre la panga esté alguno de ellos.