Nacional

Medio siglo reporteando la historia nacional


Edgard Barberena

Presenció cómo Anastasio Somoza García ordenó el golpe de Estado a Leonardo Argüello en 1947, vivió los primeros cierres de periódicos, y coronó su estrellato con la cobertura que hizo al final de los 40, del sonado caso de Milagritos Cuarezma.
Considerado el mejor reportero de su época, y uno de los grandes de la historia del diarismo nacional, este personaje es Agustín Fuentes, quien nació el 5 de mayo de 1929 en Masatepe, hijo de Jorge Salomón Fuentes Quintero, un pequeño agricultor, y de Gilma Rosa Sequeira.
Estudió en la Escuela Superior de Varones de Masatepe. Su papá le consiguió una beca en la Escuela Normal de Varones en Managua, donde estudió para ser maestro, y conoció a Víctor Manuel Rivas Gómez, quien fue piloto y participó en los sucesos de Olama y Mollejones.
Agustín desarrolló una buena amistad con Víctor Manuel Rivas Gómez, quien después se metió a la Fuerza Aérea llevando también a Agustín.
“Ya volaba solo, pero como era menor de edad, mi papá llegó a sacarme de la Fuerza Aérea cuando tenía 15 años y me matriculó en el Pedagógico de Diriamba”.

Su entrada al periodismo
Sus primeros pasos en el periodismo fueron en Flecha, donde necesitaban un corrector de pruebas. “Me presenté, hablé con Hernán Robleto y me contrató”.
Le pagaban 30 córdobas semanales y tenía que dormir en el local del periódico, junto a la rotativa, que hacía un ruido infernal, “pero me acostumbré”.
Cuando se producen las primeras luchas universitarias por el cierre de la Universidad Central y los sucesos de 1944 contra Somoza, hubo momentos en que Hernán Robleto no tenía reporteros.
“Me envió a reportear a pesar de ser corrector de pruebas, y al regresar me decía que escribiera la información, y así comencé a redactar”, recuerda Fuentes.
Una vez que Agustín se acopló, Robleto contrató otro corrector de pruebas y él se quedó como redactor, ganando el mismo salario con el que comenzó en ese diario.

Los caballos de Somoza y de Emiliano Chamorro
En una ocasión fue a las carreras de caballos en El Caimito para las fiestas agostinas, acontecimiento que Fuentes califica ahora como “un certamen político, porque corrían los caballos de Somoza y los de Emiliano Chamorro”.
“En una de esas competencias me subí a la caseta de Somoza en el momento emocionante de la carrera, y pasé en medio de los guardaespaldas, y cuando pasó la carrera le hice a Somoza una pregunta a quemarropa: ¿General, cuando usted se va a ir de Nicaragua?”, narró.
Somoza García quedó viendo a Fuentes y le dijo: “¿Ideay, chirizó, acaso estoy en tus hombros?”, al tiempo que preguntó a su séquito: “¿Y quién es éste? Luis Ocón, que era el principal ayudante de Somoza, le dijo: “General, yo creo que trabaja para don Hernán (Robleto)”.
Somoza respondió: “Decile a don Hernán que ni me voy ni me van”. Esto lo aprovechó Robleto, que lo puso como principal titular en el diario: “Ni me voy ni me van, dice Somoza”. Fue la primera vez que el entonces reportero se ganó el “head line”.

El teléfono de Somoza y “la paz reina en Varsovia”
Cuando se produjo el asalto a la Mina La India, lo que produjo una gran conmoción en Managua porque fue una acción armada contra Somoza, y como no había comunicados ni nada, “me acordé que Somoza me había dado su número de teléfono”.
Agustín contactó el número dado --los teléfonos eran de magneto--, y le contestó el mismo Somoza, diciéndole: “Sí, ya me acuerdo de vos”.
El olfato periodístico de Agustín entró a funcionar y le soltó: “Quiero que me dé algún informe sobre la Mina La India, son las 11 de la noche y no tenemos noticias”. La repuesta de Somoza fue: “Lo único que te voy a decir es que la paz reina en Varsovia: todos muertos”.
Hernán Robleto tituló en la edición del día siguiente: “La paz reina en Varsovia, todos muertos”, y al día siguiente pusieron todos los cadáveres --algunos despedazados-- en la carretera a la entrada de Chagüitillo. Fueron unos 15 cadáveres, según relata Fuentes, quien aseguró que esa era la manera de Somoza de hacer escarnio y decir: “Vean lo que le puede pasar a todo aquel que se levante contra mí”.
Agustín aprovechó la cercanía que el propio Somoza le daba, le pidió una entrevista y “me dice: ‘Te voy a dar la entrevista, venite tal día’, y era el mismo día que le dio el golpe de Estado a Leonardo Argüello”.
Somoza le dijo: “Llegate a la 5 de la tarde a La Curva”, ya que Argüello estaba en la Presidencia con 72 oficiales que le habían jurado lealtad, mientras Somoza estaba con toda su gente en sus instalaciones.
Agustín llegó a la hora en que lo citó Somoza, y lo hizo pasar para que se sentara frente a su escritorio, donde con el teléfono estaba dándole órdenes a todos los comandos de la GN. Como a las 11 de la noche llegó Pablo Rivas, uno de sus militares incondicionales, y le dice: “General, ¿ya sabe quién está ahí? (en referencia a Fuentes)”, a lo que Somoza le dijo: “Sí, ya lo sé, si yo mismo lo invité a que estuviera aquí”.

“Andá cerrá los periódicos”
Rivas le vuelve a decir: “Pero está oyendo todo”, a lo que Somoza le señala: “Está bien que escuche todo, pero si no lo va a poder publicar”, y en ese momento llamó al teniente Samuel Genie y le ordena: “Andá, cerrá los periódicos”.
A las 2 de la madrugada de ese día, regresó Genie donde Somoza y le dijo: “Están cerrados los periódicos”. Al mismo tiempo Somoza dijo: “Este muchacho, con todo lo que va a ver, la salida de aquí va a ser peligrosa y después me lo van a achacar a mí”, y a reglón seguido le dijo a Genie: “Agarralo y se lo van a dejar a su papá, Jorge Salomón Fuentes, en Masatepe”.
Cuando pasó el estado de sitio, Fuentes regresó a Managua y escribió todo el asunto, “por lo que fui testigo sobre la forma como Somoza ordenó la actuación de la Guardia Nacional para darle el golpe de Estado a Leonardo Argüello el 27 de mayo de 1947”, relató.

El caso de Milagritos Cuarezma
En La Prensa laboró por 23 años, donde hizo su mayor estrellato como periodista con la cobertura del caso de Milagritos Cuarezma.
Ésta era una niña que desapareció de una cuartería del barrio Santo Domingo. Hallaron unos restos en la costa del lago y dijeron que eran de ella.
“Ahí vivía un muchacho que le decían “Chumequita”, quien dijo al juez que a través del hoyo de la cerradura de la puerta de la casa de Olga Vega, había presenciado cómo quemaban el cadáver de la niña en un caldero lleno de soda cáustica.
Después apareció otra mujer que se llamaba Estebana Munguía corroborando la fantástica historia, pero en realidad se trataba de una perturbada mental.
El caso conmocionó a Nicaragua, La Prensa se la arrebataban a los voceadores y la Olga Vega fue hecha prisionera, pero al final absuelta.
“Yo fui a retratar los supuestos restos de la Milagritos en la costa del lago”, dijo Fuentes, quien además de redactor era fotógrafo.

Las bombas zaguaneras
Agustín también cuenta en sus anécdotas el caso sobre el estallido de una bomba en casa de Ramón Sevilla, el papá de los Sevilla Sacasa, a donde llegó por una llamada telefónica al diario y se presentó antes del estallido, preguntando por los estragos del mismo.
Esto ocurrió cuando trabajaba para Flecha y como don Hernán Robleto no quería gastar en transporte, fue a pie, pues antes estalló una bomba en la casa de Carlos Morales (el padre del ahora vicepresidente de la República, Jaime Morales Carazo) quien vivía cerca del Hotel Estrella.
Dijo que para esa ocasión explotaron bombas zaguaneras “y el que las ponía era Panchito Aguirre (padre del actual diputado Francisco Aguirre Sacasa), jefe de seguridad de Somoza García”.
El caso de la explosión de la bomba en la casa de Ramón Sevilla, obligó a Agustín a asilarse en la Embajada de Guatemala.
Dijo que Panchito Aguirre ponía esas bombas, sabiendo que no iban a matar a nadie, “pero con eso capturaba gente, y por eso Somoza decía que su jefe de seguridad era eficiente”. Además Aguirre tenía una imprenta clandestina donde fabricaba hojas sueltas contra Somoza y “él mismo las mandaba a repartir”. Una de esas sirvió para que Somoza cerrara dos años La Prensa.

Su paso a la radio y la bohemia
Agustín trabajó algunos años en Novedades, regresó a La Prensa, y después del terremoto de 1972 se dedicó al periodismo radial como propietario de una radiodifusora, con un leve paso por la jefatura de redacción en EL NUEVO DIARIO.
“Fuentitos”, como se le conocía en el mundo reporteril, ganó un premio Mergentaler por una foto tomada al coronel Eddy Monterrey, el mismo que dirigió el pelotón de fusilamiento de Sandino y sus generales.
La foto fue captada cuando Monterrey jugaba con una moneda en el Consejo de Guerra que montó Somoza Debayle por haberlo llamado a principios de los años 50, un “culito cagado”.
La bohemia tampoco estuvo ausente en la vida de “Fuentitos”, a quien una vez hubo que rescatarlo de una de las islas del Caribe, cuando con unas copas de más se ofreció de voluntario en un barco que llegó a Bluefields a realizar algunas exhibiciones y que terminó dejándolo botado en la isla en cuestión.
En su segunda incursión en La Prensa fue enviado a recibir un curso intensivo de inglés, y a su regreso se disfrazó de “el espía que regresó del frío”, y así recorrió con algunos redactores las cantinas más famosas de finales de los años 60.
También son inolvidables las aventuras junto a Rodolfo Tapia Molina “En busca de Shane” --personaje de una película famosa con Alan Ladd-- desarrollada en los vericuetos que “el negro Alí” tenía en las costas del Lago de Managua, un poco adelante de Mateare.

De la mano de PJCH
Agustín ingresó a La Prensa en 1948. Lo llevó Horacio Ruiz, una vez que Pedro Joaquín Chamorro regresó de México para reorganizar ese diario que estaba en manos de su padre, Pedro Joaquín Chamorro Zelaya.
“Como yo estaba chavalo y estaba muy activo en el periodismo, el doctor Chamorro me contrató pagándome 60 córdobas a la semana”, rememoró.
El jefe de redacción que Pedro Joaquín Chamorro Zelaya tenía en la Prensa era Luis Alberto Cabrales y entre los redactores estaban Alejandro Cuadra, a quien le decían “Pimpinela Escarlata”; Octavio García Valery, padre del doctor Sergio García Quintero; el historiador Leonardo Montalván. En ese entonces los periodistas redactaban a mano y no sabían escribir a máquina.
Este personal lo cambió el doctor Chamorro y les puso máquinas de escribir.