Nacional

30 años de Quincho Barrilete

* Hoy, en el Día Internacional del Niño, cuenta los entretelones del tema y medidas de seguridad para burlar al somocismo * Usó el seudónimo de “Julián Pirinola”, y hasta el último momento el jurado no sabía quién era el autor del tema cantado por Eduardo González * Hasta su hermano Chico Luis se “arrechó” en el Teatro “Rubén Darío”, porque para él la ganadora era “Gaviota de alas blancas”, de Fruto Montes

Edwin Sánchez

El tiempo que su esposa Eveling duró en la Central de Policía, ahora “Ajax Delgado”, Carlos Mejía Godoy escribía en una página la canción que el diario “Novedades” de Somoza despreciaría como “cirquera”, y su propio hermano, Chico Luis, no la admitiría como ganadora del Festival OTI de Nicaragua, mientras España la entonaría con todo y aquellos vocablos de un idioma demasiado nicaragüense.
“Quincho Barrilete”, además de ser una canción exitosa y relatar las peripecias de un niño, es una historia que al propio Carlos le daría para escribir un libro. El premio le llegó como anillo al dedo a fines de 1977, cuando los españoles empezaron a darse cuenta de otros acordes, de nuevos músicos y a tararear composiciones jamás escuchadas.
La idea de hacer una canción que se elevara a la cima como un barrilete pudo haber estado en la agenda del compositor desde sus días en Somoto, cuando escuchaba con sumo cuidado los cuentos de un sastre que se hacía llamar Pérez y Pérez. Mientras cortaba sus telas y hacía el paletón, siempre había chavalos alrededor de él, oyendo sus narraciones.
Pérez y Pérez contó la vez que hizo el barrilete más grande del mundo, de que Celestino Quintana le dio 50 yardas de dril del más fuerte; y Moncho Tulunca, el carpintero, botó un cedro inmenso, para las varas. En vez de usar manila o mecate le facilitaron rollos de alambre de púas.

Cuando conoció a Quincho
Siempre la historia le atraía para hacer una canción. Años más tarde, cuando unas damas de Ampronac, una organización de mujeres “ante la problemática nacional”, lo contactaron para ayudarles en una obra social conoció al niño que le inspiraría el tema.
Era hijo de Apolonio Martínez, un hombre que la dictadura había echado preso. Estaba junto a Tomás Borge en la Cárcel Modelo. La desgracia de los hijos de Apolonio se agravó cuando la esposa falleció víctima de un accidente de tránsito.
Mientras los adultos platicaban los detalles del accidente, Carlos miraba que el menor luchaba con su barrilete, buscando los vientos necesarios para elevarlo. Se le iba a cualquier lado, se le quedaba enredado en un árbol, pero él mantenía su empeño en verlo flotar.

El Festival
Peter Vivas, en esos días, le había dicho a Carlos que le habían encargado el montaje del Festival OTI de Nicaragua. El compositor le dio algunas ideas, organizar un buen jurado, bases y demás. Pero entonces no pensaba participar en el mismo.
Para la época, entrado 1977, Carlos ya había viajado a España y, de nuevo en Managua, buscaba cómo retornar a la península. Le urgía el récord de Policía, y en tanto su esposa lo tramitaba el cantautor había elaborado la letra, motivado por la experiencia vivida en el Open Tres, ahora Ciudad Sandino. La música ya la tenía resuelta: una polka de circo.
Cuando llegó su esposa, ahí donde la esperaba, bajo un guácimo, Carlos le dijo: “Voy a participar en el Festival. Pero cuidadito se lo decís a tu mamá. Nadie debe darse cuenta”. Así que el autor mandó a la clandestinidad su nombre y bajo las más rigurosas medidas de seguridad la canción empezó a moverse.
Con Eduardo González ya había hecho algunas presentaciones y hasta participado en festivales centroamericanos. Consideró que era la voz para su canción. Un día lo escuchó en un barrio anunciando una marca de zapatos y lo siguió. Tras preguntarle cómo le iba, aquel le contestó: “Vos sabés que la canción aquí no da para comer”.
Mirá, le dijo, te doy este casete. Es una canción. Vamos a participar en el Festival OTI. Pero a nadie le digás quién es el autor. Ni a tu señora. ¿Cuándo ensayamos? No hay tiempo. Vamos directo. El somocismo tiene copado todo en este país y si se dan cuenta que yo soy el autor me van a bloquear. Vos la vas a inscribir, llevala donde Peter Vivas.

“Julián Pirinola”
Así, en aquel noviembre, Eduardo presentó el tema. Al final de la noche, la canción que representaría a Nicaragua en España se titulaba “Quincho Barrilete”. El jurado, que sólo sabía que “Julián Pirinola” se llamaba el compositor, conforme a las bases del concurso, abrió la plica y se encontró con el nombre del autor: Carlos Mejía Godoy.
Al día siguiente, “Novedades” tituló: “una canción de circo” va a España, pero “después se tiene que tragar esas ocho columnas”. Carlos ya estaba de vuelta en España, donde recibió la llamada de su esposa: “¡No fregués, amorcito, ganamos la OTI!”.
“Era tan secreto esto que ni tu hermano, Chico Luis, sabía. Ahí mismo se arrechó en el teatro. Para él, la ganadora era “Gaviota de alas blancas”, de Fruto Montes”. Era la canción favorita del festival.

“Una canción sin futuro”
Carlos dice que él pensó: “Honestamente, qué futuro puede tener una canción sobre un niño nicaragüense con palabras de Nicaragua. Nadie la va entender en España, comenzando con ‘barrilete’, allá le dicen cometa. ‘Open 3’, los ‘bolis’, allá es bolígrafo. ‘La Rebusca’, ‘marimba de chavalos`, el Telegrama al ‘Colochón’. Era como un tango lleno de argot lunfardo.
Pero lo importante era que en Nicaragua se hubiera puesto en el tapete el problema social que padecían los niños. España era otra cosa. Cuando se da cuenta que ahí estaba nada menos la autora de “La Flor de La Canela”, Chabuca Granda, Carlos como que casi da la vuelta. De hecho, no estaba en el local desde donde la televisora española trasmitiría a Iberoamérica las incidencias del Festival más importante en lengua hispana.
Eduardo González fue llevado a un salón de belleza por Oscar Gómez, un productor clave en el lanzamiento de Los de Palacagüina en el Viejo Continente; le transformaron el cabello, le hicieron un fleco que se le veía “espontáneo”, y recomendó un traje color beige, menos formal que el tono oscuro que llevaba el diriambino. También se le ocurre ir a una escuela con niños cantores, escoge a seis de las mejores voces e improvisa el coro que redondeó la presentación.
El creador estaba en una gira y donde se presentaba, mientras esperaba actuar, en un intermedio, un mesero se les acercó: “¿De dónde sois vosotros? De Paraguay. A ellos les suena igual todo, señala Carlos. “Paraguay, Uruguay, Nicaragua. ¡Ah, joder!, es que estos nombres se me confunde a mí”.
“Yo acabo de oír en la televisión que Paraguay ganó con una canción ‘Pincho Marinero’”. Carlos dice que Quincho no se usa en España, ni barrilete. Entonces el autor se la tararea. “¡Esa, esa, ya la está cantando todo España!”
Pero Carlos, aun incrédulo, esperó hasta el noticiero de televisión y ahí estaba la noticia. Aquella noche celebraría con los presentes en la función, como Carlos lo hará hoy y mañana en la Casa de Los Mejía, celebrando el Día Internacional del Niño con temas como “Juancito Tiradora”, “Piolín” y otras composiciones dedicadas a a los menores.