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“El Oriental es la Iglesia más grande”


Edwin Sánchez

Fue uno de esos muchachos que todavía se acuerda de cuando Las Jagüitas, Rubenia, Veracruz y Las Américas eran unas fincas adónde iba con su tiradora a cazar garrobos. Para entonces, Omar Duarte, uno de los líderes evangélicos más carismáticos del país, jugaba también handball, y no regresaba a su casa sin que le dieran una mentada de madre. “Me crié en las calles”, confiesa.
Ese mundo de niño, entre el estudio y la libertad de ser cipote a su manera, significó además de otros episodios, pelear con guantes de lona con sus coetáneos, en encuentros que luego, a los 14 años, trató de ordenar mejor: se apareció en el Gimnasio Nicarao, ahora “Alexis Argüello”, y estiró sus brazos, y un entrenador le puso sus primeros guantes de boxeo. “¡En estaaaa esquinaaaa, el Peso Mini Mosca Omaaaar Duarteeeee!”
“Era un amateur cuando sonaban Alex Santana Guido, Hermógenes Prado”, rememora el hombre que cumplió 23 años de pastorear con un sinuoso comienzo que podía desarmar la fe más blindada de un cruzado: los más “decentes” le gritaban “fanático”, que le habían “lavado el cerebro”, y los más intolerantes le lanzaban bolsas de orines, agua podrida, tomates y cualquier cosa, para callarlo, en el Mercado Oriental, adonde le fascinaba predicar.

¿Por qué buscó el boxeo?
Trabajaba en el día y salía temprano, a las cuatro. Estudiaba de noche, y me metí al gimnasio para hacer deporte. Contaba con 14 años. Fui un minimosca amateur, porque me crié en los barrios con guantes de lona, peleando en las calles. Es que a uno le mentaban la madre.

¿Ganó algunas peleas?
Ocho peleas. Había un campeón nacional pluma, Octavio “Duro” Paniagua, y me ponían a hacer guantes con él, con Mario Montes, con el “Pato” Fuentes; en amateur hice varias peleas, perdí dos o tres. Estaba comenzando. Pero cuando acepto a Cristo, ahí me cambia todo a mí. Cuando a uno le tocan la cara y le sacan sangre, uno va con odio. Después analicé eso, y me sentí fuera de lugar. Me bauticé y comencé a crecer en la Iglesia

¿Cómo pasó del boxeo a la Iglesia?
Estudiaba. Una vez que salí del gimnasio, iba en la calle y me pregunté: “¿Hacia dónde voy? Me habían invitado a una iglesia y ahí fui al día siguiente. Me recibieron bien los hermanos, y me gustó cuando me dijeron: “Dios le bendiga”. Eso me impactó, porque en la calle a uno lo maldicen y aquí me bendecían. Cuando llamaron a aceptar a Cristo salí corriendo, de primero. Desde ese día que acepté a Cristo, a los 14 años, sentí una transformación total.
Yo desde los 11 años empecé a trabajar, a veces ni me pagaban. Provengo de una familia con siete hermanos. Tres meses después de estar en la iglesia me vino un trabajo fijo, en Culturama, por donde ahora es la Lotería. Si antes me sentía solo en la vida, ahora ya no, porque alguien me daba la mano.
Omar Duarte asegura que en 1980 “me bautizó el Espíritu Santo, tuve una experiencia gloriosa, una unción de poder, como se lee en Hechos, capítulo 2. En noviembre comencé el ministerio”.
Antes de esa experiencia que él no la ve religiosa, al estilo de Enrique Iglesias, pasó a predicar en el Mercado Oriental. Sus incursiones en el más grande centro de comercio del país fueron en los años 78, 79 y 80 del siglo XX, cuando existían pocos evangélicos en Nicaragua.

¿Qué le llevaba ir al Oriental?
Yo he sido un evangelista desde que me convertí. Siempre he tenido pasión por las almas. La iglesia más grande de Nicaragua es el Mercado Oriental. Ahí está toda la gente. Yo trabajaba en el Banco Nicaragüense, como contador de profesión que soy. Laboraba en Cartera, igual lo hice en Francofin. En ese tiempo no había cruzadas grandes, y yo agarraba mi motocicleta y me iba al corazón del mercado, enfrente del Jardín del Calzado Centroamericano, de don Domingo Canales. A las 5 comenzaba con un megáfono.

¿Si sabía que el ambiente era hostil, por qué iba?
Es una pasión que tiene uno por las almas. Aunque tenía mi salario, el pago más grande era que las almas se convirtieran a Cristo. Llegaba todos los días de lunes a viernes, y a veces frente adonde fue la Azucarera. Ahí hasta me pusieron pistolas y me golpearon en la cabeza.

¿Asaltantes?
No, enemigos del Evangelio. Eran pocos los evangélicos; no había vigilias en los estadios ni grandes congregaciones ni grandes templos; no había el movimiento de avivamiento de ahora porque no se había desarrollado la Iglesia. El movimiento pentecostal era muy poco.
Entró en una Iglesia histórica evangélica, pero cambia de rumbo en su forma de entender el Evangelio...
Lo que pasa es que en mayo de 1980 me bautiza el Espíritu Santo, ahí entro en una etapa de avivamiento. Jesús dijo: no se muevan de Jerusalén hasta que sean investidos del poder de lo alto. Después que caiga el Espíritu Santo “me serán testigo en Samaria, Jerusalén, Judea y hasta lo último de la tierra”. Este poder de la unción se lo da a los cristianos para llenarlos de confianza, de autoridad, de unción. Aunque me convertí en una Iglesia histórica, Dios dice que la promesa del Espíritu Santo no es derecho reservado de nadie.
Para mí el Oriental fue un lugar donde comencé a predicar porque miré en la gente su hambre, y la gente se paraba y se convertía.

No era costumbre de una Iglesia tradicional protestante ir a los mercados.
Es que eso ya me lo puso Dios en mi corazón. Pero hoy me gozo, porque cuando voy al Mercado lo veo cundido de pueblo evangélico. Cuando son las 9 y media de la mañana Radio Maranatha suena como en cadena en el Oriental.

¿Qué le dijeron las autoridades de la Iglesia?
No entendían esto, tampoco lo acababa de entender yo, porque era una experiencia nueva para mí. Me dijeron que renunciara a eso, que no era lo que me habían enseñado, pero les dije que no, porque el gozo que sentía adentro no lo podía cambiar por nada. Como no eran los lineamientos de ellos, tuve que retirarme. Eso fue en el año 80.

¿Al retirarse se fue solo?
En ese tiempo salgo con el hermano Marcos Gaitán y 10 hermanos más, que van con una visión de avivamiento, y comenzamos a predicar y es cuando nace la Iglesia Mi Redentor, en Managua. En 1983 entró al Instituto Bíblico para prepararse, y en 1983 deja el trabajo secular, para dedicarse como pastor en el ministerio. Posteriormente asume la presidencia de la Iglesia de Dios Pentecostal Misión Internacional, con sede en Puerto Rico, que llegó al país en 1969 y se ramificó en el Norte. Con Duarte, la sede se trasladó a la capital, y de aquí se proyectó a toda la geografía nacional en un crecimiento numérico que dejó muy atrás a las iglesias protestantes históricas.

¿Cómo se siente, al hacer un repaso, del Oriental a ahora cuando tiene un estadio lleno?
Me siento totalmente agradecido con Dios, y en segundo lugar comprometido con Él. Mi visión es que Nicaragua esté un día de rodillas delante de Dios, para que los nicaragüenses podamos recibir la bendición que viene de Dios. Hemos predicado desde hace años, y lo hemos hecho también en muchas naciones de la Tierra. Ahora nosotros tenemos presencia en toda la geografía nacional. El pueblo evangélico anda por un 34 %, y esto me llena de gozo, porque la semilla que hemos sembrado ha cosechado. Cuando me convertí, las estadísticas señalaban apenas un 3% y hasta el 2% de la población total.

Donde no se debe dar nunca la espalda
Dejamos la columna donde están las cosas buenas de Omar Duarte. Ahora, vamos a la columna de las equivocaciones o errores que ha tenido en su vida. ¿Pondría en esta otra columna su fugaz paso en la política?
Yo tal vez diría no fue en el momento indicado. Reconozco que así fue. Retrocedo y hago lo que siempre he hecho, porque la visión es la misma: servir. Creo que a lo mejor me equivoqué por haber entrado en un momento que no era el adecuado.

¿Quiere decir que espera el momento o tiempo adecuado para incursionar en este terreno?
Es que uno no conoce los planes de Dios, yo estoy alejado totalmente de la política, no tengo interés, me siento más feliz y contento de hacer lo que hago, y sirviéndole a la gente.

¿Qué conoció en ese ambiente profano de la política?
Se aprende mucho. Una de las primeras cosas que uno aprende es a no dar la espalda. A veces en la Iglesia uno es confiado, y en la política no se puede confiar. Incluso, en el mismo Evangelio no se puede confiar en nadie. Al mismo Señor, de 12, uno le traicionó, otro le negó y otro más dudó de él. Uno aprende. Y aprende a conocer la vida política. Pero creo que la política no es que sea mala, sino que se ha dañado por lo que hay en el corazón del hombre, pero si aplicara los principios del cristianismo, la paz, el amor y la reconciliación, sería diferente.
Estoy claro de que mi llamado es proclamar este Evangelio glorioso. En el momento pensamos que desde posiciones de gobierno podíamos ayudarle más a la gente, pero se cerraron las puertas. Yo he aprendido que hay que entrar por la puerta que Dios abre, y la que no abre no hay que empujarla.
El reverendo Duarte desde el 14 de febrero de 2003 hasta el cuarto aniversario de su Ministerio, había contabilizado más de 17 mil 600 almas que han aceptado a Cristo o se han reconciliado. Negó pescar en pecera ajena, y fundó un ministerio que ahora cuenta, además, con 300 empresarios.

Reflexión de Semana Santa
“Si fuéramos cristianos, lo que menos debería haber son accidentes, crímenes y robos. Es más, la Policía no debería hacer planes especiales porque se supone que serían los días más tranquilos, y al ser más cristianos, buscaríamos los templos para dar gracias, pues el hijo de Dios vino a morir por nosotros. Lo que pasa es que se ha perdido el verdadero sentido de la Semana Mayor.
“Aconsejo que se ocupe el tiempo para reflexionar y levantar los ojos al Cielo, y reconocer que el sacrificio de Cristo en la cruz del Calvario fue por nosotros, que él resucitó, y está a la diestra del Padre intercediendo por nosotros.

¿Cómo hace Omar Duarte para estar convencido de que eso es así?
Porque he vivido y he experimentado el gozo que nos da Cristo. La paz, la salvación, no la da el dinero, la posición o el poder. Porque esta vida es temporal, y en el poder, hoy estás arriba y mañana abajo, lo mismo con los artistas, hoy están en el hit parade y mañana nadie se acuerda.