Nacional

Tres mujeres y una sola historia: trabajo

* En el campo, en la ciudad, profesional o analfabeta, la mujer nicaragüense siempre dice presente para gestar el desarrollo de la nación desde cualquier rol que asuma.

María Haydée Brenes

Melaisa Mercado: “Recibiendo niños”
A lo lejos una mujer “pila arroz” en un cuenco de madera al que llaman mortero, mientras doña Melaisa Mercado conversa con EL NUEVO DIARIO sentada en su casita de tambo, y sosteniendo en brazos al menor de sus bisnietos.
Nacida y residente de la comunidad de Asang, ubicada en la ribera del río Coco, doña Melaisa, de 64 años, es muy conocida en su comunidad, pues desde que recuerda, siempre asistió a las mujeres en los difíciles momentos del parto. No cobra nada, pues aquí donde impera la pobreza, no se puede cobrar dinero, sino que los esposos o familiares responden al favor de que las mujeres hayan sido atendidas con días de trabajo en los campos.
“No recuerdo a cuántas mujeres he ayudado, han sido muchas. Aquí las mujeres tienen muchos niños y yo sólo tuve una hija, pero ella tuvo diez niños, y ahora vivo con dos nietas que tienen cinco niños, una, y siete, otra. Pero aquí en mi casa hay más de catorce, porque a algunos niños los estoy cuidando después de que me los trajeron sus papás, ya que no tienen mamá”, comentó la señora Mercado.
En un día normal, las mujeres de esta zona despiertan a las cuatro de la mañana, preparan desayuno y se trasladan a bordo de un pipante --un pequeño bote hecho con un solo tronco ahuecado-- hasta los lugares donde tienen plantados los frijoles, arroz o yuca, principal alimento de sus familias.
Regresan alrededor del medio día, y por la tarde se marchan a lavar en las piedras del río, donde también extienden la ropa para que se seque. Después preparan algo más de comer, si hay, y se duermen a eso de las siete de la noche, pues no hay energía eléctrica y el cansancio se ha apoderado de ellas. Este ciclo se repite cada día durante toda la vida.

Ingeniera Johana Castillo: “Cambiando costumbres”
Desde su trabajo como ingeniera agroforestal, se ha dedicado a cambiar las costumbres de cultivo y alimentación de muchas personas. En la actualidad labora como consultora de un programa de la organización The Nature Conservancy (TNC) en las comunidades adyacentes a la reserva Bosawás.
“Aquí las personas no tienen seguridad alimentaría, y cuando tienen comida únicamente comen para llenarse y no para nutrirse. El propósito del programa en el cual laboro consiste en preservar la reserva que está siendo amenazada por la caza, el despale, y el mal uso de las prácticas agrícolas, brindando prácticas sanas para que en muy poco espacio los comunitarios produzcan más, críen a sus animales de granja, y, por ende, se alimenten mejor”, destacó Castillo.
El año pasado, cuando se declaró la emergencia por la plaga de ratas en la zona de río Coco, fue la ingeniera Castillo, en uno de sus viajes de campo --que pueden durar entre una y tres semanas en las comunidades--, la que dio la alerta. Caminó y navegó desde la comunidad de Kipla junto a un líder comunitario para dar la alerta en Waspam, desde donde se lanzo un S.O.S a las autoridades del gobierno central.
“Las ratas no se han acabado, quizás un setenta por ciento de la plaga que afectó el año pasado ya no está, pero si no se hace algo para evitar que se reproduzcan de nuevo y se coman los cultivos, las personas que habitan esta zona sufrirán de hambre. Era doloroso porque no había nada que comer, y es algo que no puede ocurrir de nuevo. Yo siempre digo a mis hijos que ellos son ricos porque tienen casa, comida y escuela, mientras aquí los niños lloran, porque no tienen qué comer, pero es algo que debe cambiar y éste es mi aporte para ese cambio”, declaró.

Lucía Mayorga: “Cabeza de familia”
Miles de mujeres en Nicaragua han asumido el rol de cabezas de familia. Grupos feministas declaran que el 70 por ciento de los hogares de este país son liderados por mujeres solas, tal es el caso de la señora Lucía Mayorga, habitante de la comunidad El Tololar, quien se dedica a trabajar como doméstica para mantener a su familia a raíz de la muerte de su esposo, quien durante muchos años se encargó de manipular y verter pesticidas en los cultivos.
“No tengo seguro social, aquí no hay eso, a la gente que trabaja le pagan por jornal, que es de veinte córdobas al día. Mi hijo heredó el trabajo de su papá y está de operador de insecticidas, y entre los dos estamos ahora manteniendo la casa”, señaló la señora Mayorga.
El Tololar ocupó a finales de enero las primeras planas de las noticias, pues un estudio realizado por el Departamento de Bacteriología de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-León) encontró en las muestras de agua de los pozos residuos de heces fecales, y, peor aún, de tóxicos derivados de los pesticidas que a diario son lanzados en el aprovechamiento agrícola de la zona.
“A mi marido nunca le dieron protección, cuando nos dieron el diagnóstico de insuficiencia renal crónica, el doctor me explicó que era una consecuencia de su trabajo, que ahora mi hijo heredó. A él sus patrones tampoco le dan protección. Mi hijo tiene trabajo a cambio de muerte”, dijo la señora Mayorga.
Cabe destacar que, hasta la fecha, las personas que habitan la comunidad de El Tololar en León, continúan consumiendo agua contaminada.