Nacional

Automutilaciones y suicidios en las cárceles

* El encierro, el aislamiento y el hambre conducen a depresiones y esquizofrenias

Josué Elías Chavarría Jarquín, de 35 años, conocido como “El Pirata”, por el parche que cubre su bóveda ocular izquierda, esperó que sus compañeros de celda se durmieran para atentar una vez más contra su vida.
Sin titubear tomó una cuchilla de afeitar y se provocó profundas heridas en cada uno de los brazos. Manando abundante sangre y gritando de dolor corrió a lo largo de la celda seis de la galería dos del Centro Penitenciario de Granada.
El alborotó provocó que el resto de sus compañeros despertaran y, mientras unos trataban de calmarlo sosteniéndolo de sus brazos lesionados, otros golpeaban los barrotes de la celda y gritaban desesperados pidiendo atención médica para el lesionado.
Poco después “El Pirata” convalecía en una cama del Hospital Japón-Nicaragua de Granada adormilado por los sedantes. “No es la primera vez que hace eso”, asegura preocupado el subalcaide, licenciado José Luis Gómez Suazo, Subdirector del Centro Penitenciario de Granada.
En los brazos, abdomen, cuello y pecho de “El Pirata” gran cantidad de cicatrices confirma lo dicho por Gómez Suazo. Como Chavarría Jarquín, en el Centro Penitenciario de Granada, conocido como la “Granja”, hay siete internos más con una patología de esquizofrenia paranoica y con un largo historial de atentar contra su vida.
Sólo tienen calmantes
Aunque las autoridades penitenciarias hacen lo imposible por atender a estos internos, los esfuerzos resultan insuficientes si se toma en cuenta que lo único que tiene la clínica del penitenciario son relajantes que en la mayoría de los casos ya no surten el efecto deseado en los internos calificados como “Internos de Difícil Manejo Carcelario”.
La Ley creadora del Sistema Penitenciario Nacional en ninguno de sus artículos señala que en los centros penitenciarios se deba recluir internos con problemas psiquiátricos, “de ahí que en estos lugares no tengamos áreas especializadas para este tipo de personas”, asegura el subalcaide Gómez Suazo.
La situación en los centros penales es tal que no hay ni una “camisa de fuerzas” para controlarlos cuando caen en crisis violentas. Lo ideal sería que los internos con problemas sicológicos fueran recluidos en un centro de psiquiatría especializado, pero eso hasta ahora no es posible.
Gómez Suazo reconoce que lo único que tienen para controlarlos son las esposas. “Tenemos que hacer uso de las esposas para poder controlar a un interno cuando tiene sus ataques, se torna violento y busca cómo atentar contra su vida”, señala.

No hay capacidad
de vigilancia
La falta de recursos económicos no es el principal problema en el Centro Penitenciario de Granada. También faltan suficientes funcionarios para atender a cerca de 600 internos alojados en las galerías. “El problema es la vigilancia, no hay capacidad para vigilar constantemente a los internos”, indica.
Esquizofrenia
Johan Edith Medina Osorno tiene 22 años, buena parte de ellos los ha vivido entre la calle y las cárceles de su ciudad de origen. En tres ocasiones ha llegado al centro penitenciario y desde hace cinco meses cumple una condena por la comisión del delito de lesiones dolosas. “Nadie me ha visitado, hermano”, asegura.
Medina Osorno tiene un problema de esquizofrenia y su estado es más avanzado que el de Chavarría Jarquín. No para de caminar, sus manos están en constante movimiento y la cantidad de cicatrices en los brazos, cuello y abdomen son el claro ejemplo de las múltiples ocasiones que ha intentado quitarse la vida.
La última vez aprovechó que sus compañeros de celda estaban dormidos para subir a una pared que divide el baño, colocó sus manos hacia atrás y sin titubear se lanzó al vacío.
No soporta encierro
Quería impactar su cabeza contra el helado concreto del piso, pero no lo logró. Nuevamente fue socorrido por sus compañeros de celda, y aunque prometió no intentar de nuevo otra acción suicida, los funcionarios del centro penal no le creen ni lo más mínimo. Un funcionario está atento a cada movimiento de Medina Osorno. “Es que yo no soportó estar encerrado, no quiero estar aquí, no puedo evitar hacer eso”, afirma.
Droga y soledad
Para Libio Téllez, psicólogo del penal, el problema que enfrenta Johan es la clásica secuela de la droga. “Eso hace que se comporte de esa forma, ansiedad, depresión, movimientos constantes, el encierro y el abandono familiar; se trata de un trastorno de personalidad, una conducta antisocial asociada al consumo de sustancias”, explica.
Dos semanas antes que el equipo periodístico de EL NUEVO DIARIO visitara el Centro Penitenciario de Granada, un interno a quien llaman “Tayson” fue el protagonista de otro intento suicida.
“Ellos acostumbran deshilachar los sacos macen, y con los hilos y mucha paciencia hacen mecates que terminan usando para sus intentos suicidas”, reconoce el segundo jefe del penal.
“Tayson” usó uno de esos mecates. Lo ató a una rejilla del techo y el otro extremo a su cuello, luego se dejó caer. El ruido que causó, más los estertores provocados por la presión del mecate en el cuello, hizo que sus compañeros de celda se despertaran y acudieran en su ayuda.
“Tayson” falló en su intento por acabar con su vida y evitar con ello pasar 15 años dentro del penal cumpliendo una condena por violación; el encierro lo está poniendo peor y tienen que controlarlo con tranquilizantes.
Ninguno de los internos con problemas mentales permanece encerrado todo el día, tienen la prerrogativa que durante el día están fuera de las celdas. Mientras Jhoan, con la mirada fija en el piso recorre sin detenerse los más de 100 metros de largo que tiene el pasillo de la galería, “El Pirata” al menos se detiene en cada celda y conversa con otros internos sobre su inocencia.
La automutilación
Además del cumplimiento de su condena, el común denominador de estos internos es la automutilación, cada uno de ellos, además de las cicatrices, también tienen un miembro de su cuerpo menos. Con cuchillas que sacan de las máquinas de afeitar se mutilan dedos.
“El Pirata” sólo tiene un dedo de su mano izquierda, Jhoan ya se cortó un dedo de su mano izquierda. “Es que no puedo evitarlo, cuando estoy desesperado me agarra por cortarme, y cuando miro la herida me tranquilizo”, relata Jhoan mientras frota sus manos en constante movimiento.
Pero además, otro común denominador es el abandono. “El Pirata” tiene dos años y medio de estar cumpliendo condena, desde entonces nadie lo llega a ver; Jhoan tiene seis meses de estar en el penal y ni una vez lo han visitado.
“Por favor díganle a mi gente que me visite, necesito que me vengan a ver”, afirma Jhoan en un tono casi de ruego.
“Las autolesiones son propias del trastorno del pensamiento que pueden ser ideas delirantes, que los persiguen, el sofoque; después de autoflagelarse aseguran que logran desahogarse”, asegura Téllez.