Nacional

Buseros libran guerra urbana

* Policías más interesados en “cazar” a particulares por cualquier motivo que en perseguir a los salvajes del volante

Edwin Sánchez

Hasta la última huelga, los transportistas de Managua prometieron más que los entonces candidatos presidenciales: respeto al usuario, enviar a los conductores y cobradores a cursos de relaciones humanas y no arriesgar la vida de sus clientes. Sin embargo, la realidad es la gráfica de Moisés López: para “los reyes” de la capital no hay semáforos ni leyes de tránsito.
Los que conducen en la ciudad por lo general se preguntan ¿por qué los policías de tránsito parecen estar más entrenados para multar a los particulares y no para estar “a la caza” de los peligrosos conductores del transporte colectivo?
Ocupando siempre las chatarras rodantes --buses de escuelas desechados en los Estados Unidos, basura tóxica-- se debe recordar que éstas son fabricadas especialmente para trasladar a niños y no a personas mayores. Mucho menos que hayan sido diseñadas para correr sobrecargadas y en terrible competencia por la vía pública.
Al conductor de la ruta 106, placa 0665, le importó poco, a eso de las 10 de la mañana del lunes, lanzarse la “roja”, como se dice en Nicaragua, además de haber invadido un carril, porque, como se aprecia en la foto, su deber era seguir en línea recta hacia la Rotonda “Rigoberto López Pérez”, y no girar hacia el sur, en dirección a Villa Fontana.
Pero el conductor seguramente iba “alcanzado” con el tiempo, “razón” por la cual --la verdad, esa no es ninguna razón-- no se enfiló como hacen los conductores de vehículos particulares en el carril izquierdo, para luego doblar hacia el sur. No, este chofer no se “aguantó” y avanzó en el carril derecho, luego invadió el izquierdo y no sólo eso: le importó un bledo que el semáforo estuviera en rojo.

La feroz competencia
El “rey” del volante solamente estaba enseñando cómo una buena parte de los conductores de las unidades que cubren las rutas capitalinas convierten la ciudad en un campo de batalla vial: no existen agentes de tránsito para ellos, los semáforos los ven como parte del ornato, y si hace tiempo algunos ciudadanos preocupados criticaron que en las noches sabatinas se realizaban competencias de automotores, donde participaba el ex campeón Ricardo Mayorga, lo cierto es que todos los días y a cualquier hora, la mayor parte de los buseros compiten a plena luz del sol entre ellos, sea la 106, o la 120 vs. la 114; la 112 vs. la 123; la 170 con la 266 o la 101 contra la 108.
El conductor de un Sedan, que venía de sur a oeste, debió acelerar más, a pesar de que estaba en la preferencia, porque el “Rey de la 106” tenía prisa por llegarse a plantar a la parada del Recinto Universitario “Rubén Darío” durante varios y largos minutos, y de nuevo reiniciar su carrera mortal.
Las víctimas de este o cualquier bus en competencia deben bajarse con suma rapidez en las paradas, no importa que sea anciano, no vidente, en muletas, mujer embarazada, madre con marimba de niños que deberá guiñar a toda prisa, porque el chofer en ese momento no lleva pasajeros, sino estorbos.
Todos deben saber que para los “emperadores rodantes” es más precioso cumplir con el cronómetro de su cooperativa que resguardar la vida y seguridad de sus usuarios, muchos de los cuales han terminado siendo arrastrados con funestas consecuencias.
Además de eso, los conductores no se detienen en las bahías, porque entrar a las mismas les significa quedar fuera de campo de batalla. “Uno no puede estar en las paradas, sino donde ellos instalan la suya, porque si no de nada nos sirve haber esperado tanto. Por eso los ladrones se aprovechan de nosotros”, reclamó una usuaria.
Irrespetar el alto del semáforo puede, por supuesto, significar el irrespeto a una vida. El medio de transporte entonces deja de ser un simple bus para convertirse en un arma de exterminio colectivo.
Una información de Eloísa Ibarra, a propósito de la muerte de una menor bajo las llantas de un bus hace algún tiempo, señala que “los conductores, aunque provoquen la muerte de una o más personas, salen fácilmente de la cárcel, debido a que la legislación considera (que) matar una persona en un accidente de tránsito (sea) un delito menor, cuya pena máxima es de tres años de prisión con derecho a suspensión de la misma”.
¿Acaso la impunidad es el laurel con que se premia a estos feroces guerreros rodantes? Quizás las calles de Managua algún día sean eso: simplemente calles y los conductores de las rutas también sólo conductores, no potenciales homicidas del volante.