Nacional

Llegan la Cuaresma y el pescado seco

* Miércoles de Ceniza, “tiempo litúrgico de conversión”, pero nadie ofrece un precio “piadoso”

Edwin Sánchez

Nicaragua sufre por los tratados injustos de comercio mundial, se propone el ALBA y la apertura de otros idílicos mercados, pero nadie habla de lo que padece un pescador de Colón, ubicado en la “Cochinchina” de Nicaragua --porque también contamos con nuestra propia “Cochinchina”--, con los acopiadores del pescado seco, ese mismo a degustar en estos días de Cuaresma que inician hoy.
La vida de Manuel Ruiz López puede ser un título para graficar el sacrificio de un pescador por anochecer y madrugar en el Gran Lago de Nicaragua, y medio sobrevivir en el día con lo que le “gana”, a precio regalado, a los comerciantes de las ciudades del Pacífico, que en vez de pescado parecen llevarse lingotes de oro.
Tendidos bajo el sol de febrero, los pescados se secan en el patio de Manuel, uno de los hombres que viven de la pesca en Colón, sitio fronterizo en el suroeste de Nicaragua. Lo vemos atareado en la preparación de un alimento bien consumido en estos “tiempos litúrgicos de conversión”, demandados por el calendario católico romano.
Aunque señalados como días de transformación cristiana, el pescador todavía no observa a ninguna persona realmente convertida que le ofrezca un precio algo piadoso, sino demasiado impío, que se multiplicará en abundancia en los mercados de la capital y no sólo ahí, porque el pescado seco es apetecido por consumidores de Honduras y hasta de Guatemala.
Al pez, de la familia del sábalo, que compite con el gaspar en estos tiempos --aunque en ocasiones el vendedor en las ciudades lo revende como si fuera carne de esa especie--, se le llama “machaca”. Nosotros lo vemos sobre una rústica mesa. Hay una cantidad en proceso de secado, mientras en un canasto, Manuel ha colocado parte del producto listo para el mercado.
“Esto lo mandamos a Cárdenas o aquí mismo vienen los compradores”, nos dice quien ha pasado toda la mañana salando todo lo que sacó de nuestra “Mar Dulce”, la misma que Gil González admiró por vez primera el 15 de abril de 1523.

La distancia
Para llegar a Colón es necesario tomar una panga en Cárdenas, distante, según el tiempo, el motor y la habilidad del panguero, entre dos y tres horas. Y lo que encontramos es a un pescador arreglando en parte el calendario culinario de los días mayores. Los pescadores aprovechan lago y sol en enero y febrero para sacar y secar su producción.
Después de pasados estos días, nadie más se internará en el Cocibolca a buscar esta especie. Los pescadores deberán acudir a otro medio para enfrentar la vida y todo lo que venga con ella.
“Puede ser que más cerca de la Semana Santa haya un mejor precio”, dice, con una esperanza que ya le sale maltratada de tanto dar contra la realidad. Colón es parte de la estrecha franja que separa al Lago de Nicaragua de Costa Rica. Por lo menos son cinco kilómetros. De hecho, pareciera que Colón formara parte del paisaje tico, porque desde la costa, imponente, grandioso, se erige el Irazú, un volcán de 3 mil 432 metros de altura, ubicado a 24.4 kilómetros al noreste de San José.
Colón, si le buscamos referencias nacionales, queda a 19.3 kilómetros de Solentiname, a 49.5 kilómetros de San Carlos, y si avanzamos en línea recta, estaríamos desde el pueblo lacustre a 50.6 kilómetros de San Miguelito. Para que lo ubique en el mapa, le diremos que queda a unos 5 kilómetros de la frontera departamental de Río San Juan.
Pero si esas distancias le resultan demasiado corrientes porque vive en Masaya, en Granada o en Chinandega, y todavía no logra comprender a Colón, piense que el día de mañana se acabó la gasolina y no hay más medios para transportarse. Los kilómetros entonces se le volverán días y hasta semanas, y su vida entrará en la dimensión a lo Rod Serling de Colón.

No comen pescado seco
Manuel, en este remoto tiempo de la geografía e historia nacional, deberá ocupar de tres a cuatro días para preparar el producto. Con un sol limpio, dura tres días. “Aquí no se come”, aclara. “Sólo comemos la mojarra, el guapote, el robalo”, dice el pescador, que además parece no estar muy al tanto de su propio negocio:

¿Para qué ocupan el pescado?
Dicen que lo ocupan para hacer tortas, lo lavan bien, lo echan a remojo y le quitan la sal, lo muelen y hacen las tortas en Semana Santa, con queso o cuajada. Hay uno que viene de El Viejo. Es un hondureño que viaja hasta Guatemala.
Como no se come carne bovina, tiene demanda el pescado. Luego de Semana Santa no se procesa nada. Son tres meses los que dura el proceso, es el período de seca para sacar el producto.

El gran negocio
Manuel todavía no logra descifrar el paladar de la cuaresma. A él le sabe una “carne muy salada”. Y así como no sabe del gusto de estos tiempos, también desconoce casi todo el procedimiento del negocio --o las habilidades del comerciante--. Sí, no está enterado de que a lo que él ofrece en este lugar --que él cree sólo se trata de un simple pescado seco-- los revendedores le sacarán todo el jugo.
Él todavía cree que “allá” se vende por docena y que llega a costar hasta 150 córdobas. “Dicen que esto va para Honduras. A Cárdenas (162 kilómetros al suroeste de Managua) llegan unas hondureñas que lo compran y lo revenden en Honduras”.
De hecho, esta carne es exportada hasta Guatemala. Pero no vayamos tan lejos: en Managua, en algunos lugares, se comercia a 85 córdobas la libra. Y Manuel vende la machaca a 80 córdobas la docena. Y el peso de cada pescado oscila entre una y dos libras. En otras cifras, saque usted la cuenta de lo que ganará el comerciante.
Si de algo está informado Manuel, es que el acopiador no guarda para nada las recomendaciones para observar la Cuaresma: “Él lo compra ahorita, y lo estanca”, es decir, embodega el producto. Cuando se aproxima la Semana Santa, entonces el piadoso comerciante “saca la producción. Como tiene el billete puede trabajar y tener ese producto retenido. Hasta que se aproxima la buena venta lo saca y obtiene buena ganancia. Nosotros no hacemos eso”.
Nunca supimos por qué le llaman “machaca” al pescado, un producto eminentemente nicaragüense, sin ningún preservante químico, conservado a punta de sal y sol, y sin SALmonella importada. Lo que sí sabemos es que el comercio nacional parece que “machaca” el sueño de Manuel de poder algún día vender mejor su pescado.