Nacional

En Nicaragua los políticos echan a pelear a los muertos

*El miedo a reconocer la gesta del General de Hombres libres y el escudar ese miedo con la figura de Darío *El falso civismo de querer distinguir a los héroes entre armados y no armados

Edwin Sánchez

La información de END dice: “El presidente de la República, Daniel Ortega, oficializó el cambio de nombre del Aeropuerto de Managua, que volverá a llamarse ‘Aeropuerto Internacional Augusto C. Sandino’, conforme al Acuerdo Presidencial 74-2007”.
Cuando triunfaron los sandinistas en 1979 hubo una fiebre por poner nombre hasta las calles, pero no se vio mucho interés en apuntalar la infraestructura nacional. Sí, sí, ya sé, la guerra, el bloqueo, etc. Puedo caer mal, pero después que Somoza Debayle inauguró la última normal, hospital o escuela pública, no se hizo nada nuevo hasta hoy.
Sólo se pinta, se remodela, se cambia de nombre --nuestros gobernantes son muy eficientes en bautizos y rebautizos--, pero no se amplía ni se crea nada que valga la pena llamarlo nuevo. Para el tiempo de Tacho nuestro país contaba con dos millones y medio de habitantes. La capital en julio de 1979 no superaba los 600 mil habitantes. Desde entonces, mejor dicho, desde 1948, la gente va a mirar béisbol al mismo Estadio Nacional donde los abuelos aplaudieron a “Canana” Sandoval y admiraron a Duncan Campbell.
Cuando le llegó el turno a la administración Barrios-Lacayo, de nuevo comenzó a repetirse la historia. Se animaron algunos ideólogos con aquello de que deben destacarse los “héroes cívicos” por encima de los de fusil, como si alguna vez el niño Luis Alfonso Velásquez Flores, por ejemplo, empuñó alguno, y Máximo Jerez nunca “importó” filibusteros estadounidenses para derramar sangre nacional.
Las miserias de los políticos
Esta lucha de enfrentar a un patriota contra otro ciudadano habla de las miserias humanas de los políticos poderosos. Es la otra guerra de la cual nadie habla, porque las bajas ya están muertas y nadie protesta por ellas. Ni siquiera el naciente Consejo de Reconciliación y Unidad Nacional.
Cientos de héroes anónimos, cuyos nombres quedaron en algunas calles o escuelitas fueron devueltos a sus tumbas, si acaso había algún recordatorio grabado en cruz de madera. Muertos por la Guardia de Somoza o durante el conflicto armado de los 80, debieron sufrir otra guerra no menos cruenta desde la administración civil: la del olvido.
El Estadio Nacional “A. Somoza” pasó a ser el “Rigoberto López Pérez”, en honor al poeta que liberó a Nicaragua del que procreó a otro déspota. La conservadora Violeta Barrios lo llamó --y así quedó hasta ahora-- “Dennis Martínez” y, por supuesto, el nombre del aeropuerto inquietó siempre al ingeniero Bolaños, como dice la información de Eduardo Marenco porque:
Ortega argumenta en el acuerdo que “en el esfuerzo de ignorar la gesta heroica del padre de la Revolución Popular Sandinista”, el 16 de enero de 2001, el presidente Enrique Bolaños le cambió el nombre al aeropuerto de Managua, llamándolo “Aeropuerto Internacional de Managua”.

Vendrán otros decretos
Vendrán próximos gobiernos y entonces emitirán otros decretos para quitarle el nombre a este puerto, al edificio tal, como si aquí los héroes fueran partidarios o de alguna secta. Esto nos lleva a pensar que no hay cohesión, identidad nacional, ni acuerdo patrio para distinguir a nuestros “padres fundadores” como en los países debidamente civilizados. Pareciera que no contamos con héroes canónicos cuando ciertamente los hay --y entre ellos tenemos a Carlos Fonseca Amador--, pues cada político que asciende a la presidencia llega con su propio santoral.
Es un manoseo a la Historia, que cabe en el folclore del atraso latinoamericano, pues al final de cuentas, habría dicho Perón: la Historia es una puta porque se acuesta con cualquiera que está en el poder.
El Aeropuerto de San José es el “Juan Santamaría”, venga quien venga, suba quien suba. ¿Por qué nosotros, mejor dicho, por qué los conservadores --a través de Bolaños-- piensan que Sandino no es nuestro héroe por excelencia?
Un país no puede estar peleando con sus muertos, máxime si éstos son héroes, cada vez que alguien suba al poder. A los muertos hay que dejarlos descansar en paz. Sin embargo, los “traidos políticos” los ponen sobre un ring aquí en esta vida. ¿De qué cuenta “echar” a pelear las memorias del médico Roberto Calderón contra la del abogado y patriota Manolo Morales?
Nuestras autoridades en estos 16 años no construyeron un nuevo hospital o una nueva escuela. Lo único que se hizo fue cambiarles el nombre, porque ni pasada de pinturas les dieron. Si no fuera por Japón, no habría escuelas que sustituyeron a las más deterioradas. Lo que sí se vio fue el boom de los palacetes de diputados, magistrados y de las cúpulas partidarias.
Si el aeropuerto que antes llevaba el nombre finquero de “Las Mercedes”, la Revolución lo bautizó con el nombre del General de Hombres Libres, sólo el rencor podía empujar a alguien a ponerle un nombre tan insípido como su propio gobierno. Ya me imagino al ex presidente reunido hasta altas horas de la madrugada con todos sus cerebros buscándole un “mejor” nombre que el del “bandolero ese”, hasta que por fin, ¡eureka!, dieron con una de las más grandes genialidades que se recuerde en nuestros 169 años de república: “Aeropuerto Internacional de Managua”. ¡Qué lindo, ¿no?, señor presidente!
Ejemplos clásicos
Que recuerde, en ninguna parte del mundo las terminales aéreas internacionales llevan el nombre de la ciudad. El Aeropuerto de Washington es John Foster Dulles. Benito Juárez da prestigio al de México DF.
Hay pocas obras de infraestructura y muchos nombres. Una solución para que los más vivos no sigan echando a pelear a los muertos es que los gobernantes de uno y otro color, debieran mejor competir en quién deja más obras de progreso en salud, educación, industria, y carreteras, y no quién presenta más nombres de insignes fallecidos para ver dónde colocarlos. Entonces habrá suficiente espacio físico para recordar a nuestros gloriosos antepasados.
Con todo, el pueblo no entiende de resoluciones presidenciales. “René Shick” ha sobrevivido desde el populoso barrio a todos los presidentes, y por algo será. Alemán intentó arrancarle el nombre de “Lewites” al mercado, pero evitó --indio vivo-— echarlo a pelear contra otro difunto. Prefirió ponerle “Bóer”, sin embargo, nadie, ni su marea roja le hizo caso.
¡Qué más decreto para que exista que el de un taxista!: “Ahorita voy para el ‘Israel’, si no va apurado”.