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“Mis manos son mis máquinas”

** La última heredera del arte secreto de su tradición familiar ** La polio lisió sus piernas, pero con sus manos perfeccionó la fabricación de las singulares artesanías que alegran las fiestas ** Además, trabajó 21 años de laboratorista, se casó, tuvo hijos, alfabetizó y aprendió a bailar

Del mercado municipal cuadra y media al norte vive Abigail Valera con su esposo y sus dos hijos. Ella fue la segunda de cuatro hermanos, y hoy a sus 46 años es la última heredera de tres generaciones con el secreto para elaborar las piñatas más prestigiosas de Granada: La Piñata Valera.
Miembro de una familia de múltiples habilidades manuales como son los arreglos florales, el troquel, la cerámica y el bordaje, Abigail, que aprendió a coser con las teresianas, además de dibujar y combinar colores, ya elaboraba sus primeras piñatas a los 10 años, las cuales, según recuerda, eran “pequeñas y las vendía en una varilla”.
La genealogía
“Antes, toda la familia trabajaba las piñatas, pero desgraciadamente la única que ha podido mantener la tradición soy yo, y creo que va a morir conmigo”, expresa Abigail, quien aprendió a hacer piñatas de su madre, doña Deidad de Valera, quien a la vez fue iniciada por la suegra, Celia de Valera, y ésta enseñó a todas sus nueras, luego de aprender de la pionera Tomasa Valera, quien trajo la técnica desde México en la década de los 50.
Pero este talento a Abigail no le llegó completamente por herencia, pues como ahora manifiesta: “Dios sabe cómo ordena sus piezas”. Cuando tenía dos años la polio lisió sus piernas; no obstante, el estigma de la discapacidad nunca hizo flaquear el incondicional apoyo de sus padres, que le permitieron estudiar, aprender a bailar, cocinar, y hasta participó en la jornada de alfabetización en San Rafael del Norte.
“Por dicha tuve una familia que me apoyó, porque aunque uno sea pobre o rico, el apoyo de la familia es importante. Hay personas ricas que aunque les den de todo a sus familiares o hijos, los mantienen “clavados” como estorbo a una silla; por eso al morir mis padres, si yo no hubiese hecho nada, tal vez estaría ahora recostada a alguno de mis hermanos”.
Se detiene un momento, y luego continua: “A mí, la discapacidad me ha hecho tener más habilidades en mis manos. Pues yo trabajo así, sin nada, mis manos son mis máquinas”.
Discapacidad le ayudó evolucionar el arte
Para Abigail, en lo absoluto la discapacidad le ha frenado de seguir hacia adelante. Incluso, mira como a lo largo de los 36 años a la cabeza del negocio, ha llevado a perfeccionar las técnicas para elaborar las piñatas.
“Mi tía usaba mucho alambre, y ahora yo uso la misma técnica de la cerámica con el algodón y periódico, que perfeccionan más la figura”. Y seguramente no miente, pues reproduce las imágenes a tal grado, que su piñata es solicitada por centroamericanos, en Estados Unidos y hasta por algunos europeos que, fascinados, las compran en Granada y se las ingenian para llevárselas a sus casas al otro lado del mundo.
“Mi mamá evolucionó la piñata, pero tal vez yo la evolucioné más, porque mi discapacidad me permitió desarrollar mayor agilidad y tuve un mayor interés por mejorarla”, declara.
Y es que no sólo las manualidades aprendidas desde niña le han ayudado a perfeccionar su piñata, sino también sus conocimientos de simetría y anatomía, ya que Abigail se graduó del Polisal de laboratorista, y ha trabajado para el Ministerio de Salud en el campo por 21 años. Hoy está próxima a jubilarse.
---Recuadro---
Los años en
Costa Rica
Pero la vida de Abigail carga muchas sorpresas. Cuando decidió casarse se encontró con la objeción de su madre, quien sentía miedo que su hija fuese maltratada por su condición física; no obstante, su padre, de tendencia más liberal, no vio ningún inconveniente en que su hija se desposara, argumentando que si las cosas no funcionaban, ya tenía suficientes conocimientos para defenderse por sí sola.
Y así sucedió. Procreó a su primer hijo, Sergio, en 1984. Luego su padre falleció, y la madre emigró hacia Costa Rica, pero al fracasar Abigaíl en su matrimonio, en 1985, también decidió marcharse al sur, en donde vendió piñatas por cinco años y se hizo cargo de su hijo, su mamá y dos hermanos.
En ese país, su piñata encontró mucha aceptación, y aunque siempre ha trabajado sólo por encargo, ya que no gusta de hacer piñatas al por mayor, porque se abaratan los costos y se pierde calidad, hizo un esfuerzo por hacer semanalmente las piñatas en serie, y todos los viernes rentaba una camioneta para hacer entrega de estos productos a los tres grandes almacenes que los vendían en Costa Rica.
El retorno
Reconoce que fueron buenos años en ese país vecino, a la vez que encontró un profundo agrado en los beneficios y cuidados que el sistema social ofrecía al discapacitado, también perceptible en la forma en que eran tomados en cuenta en la infraestructura urbana y en el pago de impuestos. No obstante, en 1990, Abigaíl decidió regresar a su país con su hijo y con una hermana. Volvió a su casa, se reincorporó al Minsa de 7 a 3 de la tarde, y durante la noche se dedicaba a elaborar sus piñatas.
Finalmente, desde hace 10 años, Abigaíl decidió darse otra oportunidad en el amor y se volvió a casar con Marcial Sandino, con quien procreó a su segundo hijo, Marcialito.
Abigail en este momento está próxima a abrir su propio laboratorio clínico, con las ganancias que después de muchos años de sacrificio y gozo ha obtenido de sus piñatas, las cuales, asegura que no descontinuará mientras Dios la fortalezca y le de vida.
----Recuadro---
Por patriotismo
no hace piñata
mexicana
Abigaíl parece que es una nicaragüense bien clara de su identidad. Ha demostrado su patriotismo por la vía más práctica: no reproducir los elementos culturales de otras naciones. Tampoco elabora modelos con significados religiosos.
¿Se opone a hacer algún tipo de piñatas?
Sí. Yo no hago cálices, palomas, corderos, ni ángeles, por su significado. Se le explica a la gente y ella entiende. Ah, tampoco hago la piñata mexicana de la estrella de los siete picos, porque “si México es para los mexicanos”, pues entonces, yo me rehúso a hacer la piñata mexicana, y prefiero mis propias creaciones.
¿Hay algo que amenace el negocio?
Sí. La televisión últimamente me ha limitado proponer figuras, porque los chavalos ya vienen con sus pedidos, y quieren su Power Ranger, Winny Poh, Barney, y eso.
¿Cuál es el precio de una piñata?
Puede ir desde 90, los 800 y hasta 1,500 córdobas, dependiendo de lo que se quiere.
¿Cuánto tiempo tarda en fabricar una piñata?
Depende de cómo esté el tiempo para que se seque el algodón. Yo trabajo por proceso, un día armo, otro día algodono, y así. Pero si alguien quiere una piñata el mismo día y la paga bien, yo se la hago.
¿Cuál es el secreto de la Piñata Valera?
Bueno es un secreto, no te lo puedo decir... (se ríe). Pero eso sí, mis piñatas se hacen con amor y vida. Y me preocupo porque aparenten tener movilidad, y que tengan siempre un chiste y una gracia.
Por otro lado, hay que saber cortar el algodón, y saber trabajarlo para que la piel no se vea con verdugones. Se requiere de mucha concentración. Se trabaja con la concentración del escultor, pero en este caso con papel de periódico.
¿Por qué la tradición sólo se ha transmitido entre mujeres?
Bueno, yo no enseño a nadie. Aquí viene gente que quiere que le enseñe, pero yo no enseño. Creo que se le enseña a la mujer porque sólo ella le puede dar el toque femenino. He tenido hombres que me ayudan, pero se ve que no es le mismo, porque se ve lo tosco del hombre.
¿Qué mensaje puede dar a los discapacitados?
Hasta cierto punto, yo he sufrido bastante, pero le digo al discapacitado que todo es posible. Y este gobierno (entrante) va a mejorar las condiciones, porque yo estudié bajo este gobierno y existió apoyo.
La vida de ser discapacitado no es un atraso, y creo que somos autosuficientes para trabajar dignamente.