Nacional

El árbol que las hará ricas

Un grupo de mujeres indígenas mayagna ha decidido abandonar la vida pasiva de amas de casa y de procreadoras. No más represión es el lema ahora. Las artesanías de tuno se han convertido en su principal aliciente y, por qué no decirlo, en el principal pretexto para comenzar una vida que no existe en las montañas de Bosawás.

Atlántico y Pacífico, como dos palabras antónimas, han dividido a Nicaragua en dos. Despectivamente nosotros somos los blancos. Ellos son los costeños: indígenas, mískitos, mayagnas, rama. Todas sus características los difieren de nosotros. Y también todos los prejuicios.
En este lado del país las organizaciones que defienden a las mujeres insisten en la reivindicación del género a través de la utilización del ‘las y los’, ‘ellas y ellos’, ‘los niños y las niñas’, y bueno, hasta ya somos ‘sujetas’ de nuestras vidas. No mucho se ha logrado con esto y, sin embargo, vivimos más dignamente que nuestras paisanas del Caribe.
Cuando vemos a estas personas, de tez morena, achinadas, con hablar difícil y con una aparente ingenuidad, el sentido o complejo de superioridad resalta como por inercia. Ellos han de ser los sumos de los que los maestros de historia, en la primaria, hablaban.
Sumos, me doy cuenta ahora, es un término despectivo muy difundido en los libros de historia de esta otra parte del país. La palabra tiene una connotación sumamente negativa, significa tonto, inepto, pero algunos la aceptan. Los pobladores de Bonanza, explica Fidencio Davis en un libro sobre los indígenas, se distinguen como “hijos del sol”, que en lengua nativa significa mayagna.
La señora que ahora afablemente me saluda prefiere reconocerse como indígena, mayagna para mejor seña. Thelma Rener es su nombre, una mujer bajita y morena. Cauta, por no decir desconfiada, que asegura cada una de sus palabras para no dejar rastro de duda. Debo preguntarle a cada instante si tengo permiso de poner tal o cual cosa, y ha decidido obviar lo más importante: su seguridad.
Su desconfianza está fundamentada en que ha vivido siempre bajo el lecho de colonizadores. Recordemos los actores principales de la Colonia: amo y esclavo. En nicaragüense: chelitos y negritos, opresores y oprimidos. Los costeños, la mayor parte de su vida, han vivido oprimidos. Pero las mujeres costeñas viven más oprimidas dentro de esta opresión.
Aparte de los opresores por antonomasia, las mujeres en Bonanza, doña Thelma incluida, sufren de un mal difícilmente erradicable y que agobia a una de cada cinco mujeres en el mundo, según dice el Banco Mundial.
Estas mujeres viven en la más grande reserva natural de Nicaragua, en uno de los pulmones de América: Bosawás. Están rodeadas de minas de oro, por eso el nombre del municipio “Bonanza”, aunque para ellas no haya mucha bonanza. Este oro es uno de los de mayor calidad y, junto a las aguas y bosques de la reserva, constituye una de las mayores riquezas de los indígenas. ¿Qué no tienen para ser ricas? Sólo el poder.
Doña Thelma anda en busca de ese poder. Casi lo ha conseguido. Se recorre a pie Managua, la única capital del mundo inhabilitada para caminar, y, aunque se precia de ser la más segura de América Central, tiene niveles de delincuencia que hacen caminar temeroso a cualquiera. Los robos son tan comunes, que la nota roja ha visto en ellos una mina de oro fácilmente explotable.
A pie ha ido de la Asamblea Nacional, a la Contraloría, de la Cancillería a Hilsfwerk Austria, la única organización que les apoya. De allí a donde su hermana, que le da posada cuando anda en sus carreras. Y así, de un lugar otro, como si estuviese yendo de Musawas a Suniwas, sólo que con la diferencia que camina bajo el sol inclemente y el sonido ensordecedor de las chatarras ambulantes.
Muchas puertas se le han cerrado por el simple motivo de ser mujer. Ahora, con su creatividad y la de otras señoras, ha escalado algunos importantes peldaños.
Ahora, a caminar con sus pies
Los años de humillación y miseria estaban, entonces, sólo faltaba el valor para darle un adiós a esta vida. Además de valor, Thelma Rener tenía también voluntad.
“Nosotras no somos pobres, somos muy, muy ricas”, dice doña Thelma refiriéndose a las ventajas que tienen de vivir a orillas de la gran reserva de biosfera. La naturaleza es quizá la única que ha sido bondadosa con ellas.
Desde hace ocho meses la señora Rener y 14 mujeres más trabajan como hormigas, edificando paso a paso, con dedicación y convicción, el legado que dejarán a sus descendientes.
Ahora que la Asociación de Mujeres Indígenas Mayagna Independiente nace para la defensa de sus derechos (Myrab), donde están congregadas 51 mujeres indígenas del territorio Mayagna Sauni As, tiene ya su personería jurídica, la reivindicación está más cerca.
El nombre de la organización no podía ser más representativo. Muchas de estas mujeres han vivido sólo para parir, para satisfacer sexualmente al marido y hacer los quehaceres del hogar. Hay muchas madres solteras con más de 20 hijos; hay otras que están casadas desde los 12 años y desde este tiempo sus maridos están golpeándolas. Ahora, a pesar que son adultas, quieren renacer, con o sin la venia de los hombres.
El tuno
En un pequeño tramo de la populosa feria Microfer está doña Mandela sentada en un asiento rojo para niño, donde con dificultad alcanza. Estira sus piernas, y sus ojos, taciturnos y cansados, develan la mala venta del día.
“No he vendido nada”, dice, al tiempo que entrega el separador de libros a la única clienta del día. Son 15 córdobas por el producto que, bien expresa un acucioso lector, abrirá el libro por lo rústico del material.
Los cuadros se venden más, pero esta noche ninguno ha sido despegado del clavo que sirve de mostrador. El sitio luce vacío y la señora tendrá que esperar que sea medianoche para ir a dormir.
Esa noche no viste como lo hacían sus ancestros, y es casi seguro que por el calor veranero de la capital tampoco se cobijó con la manta de tuno que su madre le enseñó a hacer.
Y allá...
A muchos kilómetros de Managua, otras mujeres cortan uno de los árboles de tuno que se hallan en una de las 15 parcelas, uno bastante delgado, para luego pedacearlo y dejar la corteza que servirá de tela.
El proceso es tedioso. Primero se extrae la corteza del árbol en la selva y se seca al sol, pasados unos días se golpea la tela para que su consistencia sea firme. Una vez lavada y seca, se tiñe, si es necesario.
El producto casi está completo. Sólo que las tres máquinas obsoletas de pedal que hay en la improvisada fábrica artesanal han atrasado el trabajo. Una de las cinco mujeres que lideró este proyecto, para muchos una utopía, mueve su pie, y la máquina eléctrica de coser hace su trabajo. El cuadro que mañana adornará la casa de uno de los extranjeros que viene a prestar sus servicios a la comunidad está casi terminado.
El acabado es todavía un poco rústico porque aún no están muy diestras, apenas tienen diez meses, y la meta, aprender a hacer artesanías más finas, recibir cursos y finalmente exportar para luego tener un salario digno, es lo que les motiva a continuar.
Pensar que un árbol, delgado y a simple vista inútil, puede sacarlas de la vida que tanto les ha quitado el bienestar, significa para estas mujeres un sueño, imperceptible según muchos, pero de gran importancia para sus descendientes, quienes han tratado de comprender el pesado trabajo que les ha tocado a sus madres.
Un oficio que no es propio de las mujeres, menos de aquellas que tienen una “trenada” de chavalos que alimentar y un esposo exigente a quien atender. Normal por estos lados y para extraterrestres en aquellos.
¿El árbol las hará ricas? Si el dinero no lo es todo, entonces serán muy ricas, de satisfacción al menos.

El tuno (café y blanco), yakautak en mayagna, es un árbol aproximadamente de 15 metros de altura (Castilla tuno sp), de la familia moraceae, de hojas simples y frutos agrupados, y crece en el trópico húmedo. Su madera no se considera de alto valor, por ser muy blanda. Es utilizado desde tiempos ancestrales por los indígenas mayagnas para la elaboración de vestuario, calzado y sábanas. Ahora también es empleado, con nuevas aplicaciones, para la elaboración de souvenirs, cuadros, bolsos y accesorios decorativos.