Nacional

Terror y muerte hace 50 años

* El martirio de Luis Morales Palacios, Jorge Ribas Montes, Bonifacio Miranda y Ramón Orozco Arburola * Detalles y precisiones de la crueldad de una dinastía que no se detuvo ante ningún escrúpulo

Danilo Aguirre

Tras los tiros de Rigoberto López Pérez el viernes 21 de septiembre de 1956, que sentenciaron a muerte al tirano Anastasio Somoza García, se desató sobre la población nicaragüense el terror, la tortura y la muerte que servían de desahogo a los hijos de Somoza, sedientos de venganza y de consolidar el poder que habría de convertir a la dictadura en una dinastía “republicana” para vergüenza nacional.
Los primeros asesinatos fueron ordenados a las pocas horas, y sus víctimas, el ingeniero Luis Morales Palacios, Jorge Ribas Montes, Bonifacio Miranda y Ramón Orozco Arburola, cumplen en estas fechas 50 años de su cruel e injusto martirio.
Los últimos presos del 4 de abril
Morales Palacios, sobrino de la Dra. Concepción Palacios, así como Jorge Ribas Montes, militar de carrera de origen hondureño, poeta y pintor, guardaban cárcel en “La Casa de Piedra”, ubicada en las interioridades del Campo de Marte, como últimos reos y sobrevivientes de los sucesos del 4 de abril de 1954.
Al fracasar la conspiración, y transcurridos más de dos años de las horrendas masacres en los cafetales de Carazo, que de alguna manera habían saciado a la que Pedro Joaquín Chamorro llamó con propiedad “Estirpe Sangrienta”, y estando el tirano creando ambiente para su nueva reelección, ya se habían extendido indultos para los dos prisioneros.
Pero el 22 de septiembre, por órdenes de Luis “el bueno”, fueron sacados de sus celdas y asesinados con saña en el camino que hoy conduce al balneario de El Tránsito, por un esbirro que se llamó Carlos Silva, quien ya traía desde abril de 54 sus manos manchadas de sangre, méritos que lo llevaron a escalar escalafón y cargos en el régimen de los Somoza.
Tiempo después de este crimen, interrogado Luis Somoza Debayle por los periodistas en “su campaña presidencial”, aseguró “que esas personas habían sido puestas en libertad y que probablemente se había marchado del país y ocultado para crearle problemas a su gobierno --ya el Congreso somocista lo había hecho presidente-- y levantar calumnias contra la gloriosa e invicta Guardia Nacional”.
Las otras dos víctimas
El general Bonifacio Miranda, conservador, se había ganado su rango militar con el respeto y aprecio de quienes lo conocieron, por el arrojo y nobleza de que siempre hizo gala, peleando por la causa de su partido en la llamada Guerra Constitucionalista de 1926-27.
Era un líder conservador muy querido en los departamentos de Granada --donde había nacido--, Boaco y Chontales.
“Pacho Miranda”, como se le conocía, estaba dedicado a sus labores agrícolas en Chontales, cuando los acontecimientos del 21 de septiembre en León.
Ramoncito Orozco Arburola, cantautor y animador entre el fusil y la guitarra de la legendaria Legión del Caribe, la creada por Betancourt, Figueres y Muñoz Marín para combatir satrapías como las de Trujillo y Somoza, era también un guerrero en reposo.
Su padre, don Mateo Orozco, dueño de una talabartería en Managua, lo había alejado de sus inquietudes políticas en una finquita de La Libertad, donde entre surco y surco, Ramoncito, en las tibias noches chontaleñas, dejaba oír sus melodías y las notas de su instrumento musical del que jamás se despegó.
Órdenes de matarlos
Cada uno en su momento, Luis Anastasio y Anastasio asumieron a su modo el bárbaro crimen, pero los nicaragüenses por mucho tiempo ignoraron las escabrosidades que lo rodearon.
Capturados el general Miranda y Ramoncito Orozco por los oficiales GN Joaquín Lovo, Otoniel Portillo y Pedro Juan Pavón Tapia, fueron brutalmente martirizados y arrojados sus cuerpos aún con vida a un pozo minero de un cerro de La Libertad.
En memorias que don Mateo me facilitó a comienzos de los años 60, se recogía la versión de una hermana de Ramoncito, profesora, que todas las noches rondaba por el cerro con la inútil creencia de que podía rescatarlos, y que aún por varias noches oyó los quejidos que salían del pozo.
Obligados a sacar los cadáveres
Un hijo del general “Pacho” Miranda, José María, se marchó muy pequeño a Estados Unidos, se hizo ciudadano norteamericano y combatió en la guerra de Corea.
Estaba en la base de Okinawa cuando se enteró del asesinato de su padre, y removió cielo y tierra para que al menos dijeran dónde estaba su cuerpo.
Los Somoza y la Guardia negaban su captura y fingían buscarlos en las cárceles de Nicaragua.
El sargento Miranda tocó las puertas del Departamento de Estado, y la embajada de EU recibió un día la orden de presionar a los Somoza para que entregaran el cadáver.
Por supuesto, una orden de esta naturaleza no desacatarían los Somoza, y los restos al fin salieron del pozo, bastante conservados por la consistencia caliza del terreno, y fueron enterrados el 5 de febrero de 1957, exactamente cuando levantando el estado de sitio por un día, Luis Somoza se hacía elegir Presidente de Nicaragua por seis años más.
De los autores de este crimen, sólo Otoniel Portillo, con el rango de Coronel, se encontraba en Nicaragua el 19 de julio de 1979, y fue hecho prisionero. Pasó varios años en la cárcel, y al fin salió indultado en las postrimerías del gobierno del FSLN.
El coronel Pedro Juan Pavón Tapia, por su parte, originario de Niquinohomo, donde su hermano Sebastián Pavón Tapia asesinó al manifestante conservador Carlos Muñoz Potosme en 1966, estaba --el coronel Pavón-- como comandante militar de Nueva Guinea en los primeros días de julio de 1979.
Al conocer la huida de Somoza Debayle, Pavón y un grupo de guardias y de civiles somocistas saquearon la sucursal del Banco Nacional y escaparon por tierra a Costa Rica, logrando cruzar subrepticiamente el río San Juan a finales de ese mismo mes de julio.
A inicios de la contrarrevolución, Pavón vivió en Honduras, donde entrenó a las nacientes tropas antisandinistas junto a los famosos asesores militares argentinos.
Desde Honduras, en 1982, Pavón organizó el asesinato del secretario político del FSLN en Nueva Guinea, el joven poeta de Juigalpa Ahmed Campos, quien viajando de una colonia y otra, cayó emboscado junto a otros compañeros suyos por un comando Contra conocedor de la zona, enviado por Pavón desde Honduras.
De esta forma, Pavón se cobraba la muerte de un mecánico de nombre Julio Gadea, acusado de somocista y concuño muy querido del citado coronel, quien fue fusilado por Campos la noche del 23 de julio de 1979 en el cementerio de Juigalpa.
Pavón se fue de Honduras a Estados Unidos a finales de los años ochenta, y hace cinco años murió de un derrame cerebral.
A 50 años de aquellos hechos de la mina de La Libertad, inspirados en la dictadura y ejecutados por el coronel Lovo, comandante de Juigalpa, y por los entonces tenientes Pavón y Portillo, escribimos estas líneas para que los familiares del general Miranda y de Ramón Orozco se fortalezcan en la seguridad de que sus deudos no han salido ni saldrán de la memoria histórica del pueblo nicaragüense.