Nacional

El Güegüence y el delito de hablar en náhuatl

* Real cédula de 1770 condenó lengua originaria * Del pensamiento conservador a otras lecturas esenciales * Un académico llegó hasta decir que el personaje tenía tendencias homosexuales

Edwin Sánchez

Poco o nada se les dice a los turistas que llegan a la Meseta de los Pueblos, sean nacionales o extranjeros, que el territorio visitado se llamó alguna vez La Manqueza, un nombre, además de hermoso, sonoro de acontecimientos culturales desde donde se construyó parte significativa de nuestra identidad nacional. Una razón suficiente para exaltarlo y promoverlo en un mundo reñido con las particularidades locales
Es en La Manqueza donde nació El Güegüence, un personaje que todavía no termina de sedimentarse con todos sus atributos en el consciente colectivo, y sólo es recordado a través de las cátedras pontificias del pensamiento conservador, por su representación fragmentaria en Diriamba y en la época electoral como sinónimo de engaño. ¿Pero es El Güegüence lo uno y lo otro?
Hay estudiosos de su obra que no dejan de mostrar una tendencia ambrosiana, es decir, considerar como la verdad revelada lo que dice el entenado de El Güegüence, don Ambrosio, quien lo denigra y lo califica de embustero, amén de otras acusaciones. Con todo, también hay quienes lo admiran, lo investigan, lo representan y hacen notables esfuerzos para mantenerlo vivo más allá de su época y las ataduras de la clase dominante, caso particular el gigantesco esfuerzo de Pepe Prego y el Teatro de Investigación Niquinohomo. Y es que El Güegüence es un clásico, nuestro primer clásico de la literatura, de la danza, del teatro, de la pintura, de la música, en fin.
Ver El Güegüence desde esos y muchos ángulos, como se hizo en la Biblioteca “Pablo Antonio Cuadra”, de la Universidad Americana, bajo la coordinación de la licenciada Eva Córdoba, y el apoyo del rector académico Ernesto González Valdez y José Palermo, fue una experiencia que se salió de la lógica tradicional de los claustros nacionales, ensimismados desde sus parcelas teóricas y a veces sin ningún contacto con la realidad concreta. El Instituto Nicaragüense de Cultura, con su director, Julio Valle Castillo, respaldó la iniciativa.
En la universidad
Loable iniciativa cuando el mercado empuja casi a todo el mundo a olvidarse de lo propio para consumir cualquier cosa que lleve el “$acro$anto” código de barras. Primera vez que entra El Güegüe Sabio a la universidad con todos los honores y no sólo como la “parcialidad” exclusiva de algún académico. Y entró con sus hijos, don Forcico y don Ambrosio, sus tamborileros y pitos, y en vez del Campamento de los Señores Principales, toda una corte de primera línea de güegüencistas.
Allí vimos al Güegüe–Tzin, viejo, sabio, hábil, rebelde con su propio discurso frente al transcurso del poder colonial. El protagonista en los siglos de traslape, cuando empieza a configurarse lo que después será nuestra nación. Primera vez, además, porque el auditorio también contaba con artistas que han representado --como los teatristas de Niquinohomo-- la obra general.
Era un delito hablar el náhuatl
Jorge Eduardo Arellano, en una de sus exposiciones, detalló cronológicamente, y a propósito de nuestro Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, la persecución de la Corona Española contra el náhuatl. “...con los Borbones, a partir de Carlos III, se volvió a la original política monolingüe castellana. Para el monarca, según su real cédula de 1770, la única lengua del imperio debía ser el castellano. En otras cédulas posteriores reiteró ese mandato ordenando no permitir que se hablaran las lenguas de los naturales”.
Aunque haya güegüencistas de marca, llegó a advertir que El Viejo se constituye en una suerte de religión laica o credo civil, ahora que se habla de sociedad civil. La exégesis de Carlos Mántica llega al punto de describir una controversial fisonomía del personaje, al punto de seguir el discurso de don Ambrosio, el hijastro, quien lo acusa de ladrón.
¿Era gay?
Pero hay una aseveración que desata una polémica cuando se dice o escribe: que El Güegüence tendía a la homosexualidad. Mántica deduce esto de su lectura particular de un parlamento donde el personaje principal le pregunta a su hijo “dónde aprendiste eso”, en referencia a que había preñado a una dama. Don Forcico responde: “De dormir con vos”.
Tal aseveración es rechazada por Valle Castillo. Jorge Eduardo Arellano, en su última exposición, sin quedar en letra impresa, interpretó mejor la escena: que es común en el área rural, todavía, la dormida de la familia en el mismo tapesco y que nada indica alguna relación de esa naturaleza. Es el hacinamiento propio de muchos núcleos familiares.
Desde su inicial ponencia, el poeta Valle Castillo denunció la apropiación del pensamiento conservador de esta obra y por tanto, las características que se le atribuyen desde esa lectura demeritan al Güegüence, acusado de embustero, fanfarrón y todo lo que ya sabemos.
Arellano Oviedo observa que obligado a comparecer ante el gobernador Tastuanes, el protagonista finge sordera, distorsionando las palabras de su interlocutor y respondiendo con palabras homófonas que facilitan los dobles sentidos para convertirse de acusado en acusador y denunciante del nepotismo, maltrato y mala administración de los señores principales”.
No obstante, casi en paralelo con Mántica manifiesta que “siendo El Güegüence una ficción, su objetivo es divertir, criticar y denunciar y no proponer un modelo de persona, cuyas virtudes y vicios se deban imitar”.
Don Carlos Mántica sostiene que la acción del Viejo se desarrolla frente a indígenas revestidos con autoridad real y se basa en los estudios del historiador Germán Romero Vargas, no obstante, otros precisan que se trata de una protesta directa frente a las autoridades españolas.
El hoy director del INC planteó la necesidad de una lectura rotunda, casi un deletreo a fondo de esta obra barroca, en su arte total: gestos, danza, música, historia, códigos y lenguaje..., porque si no se perderá toda su riqueza, rechazando de plano que sea un burdo estafador. La obra concreta un personaje que no sólo “es un arquetipo o prototipo social americano, el nicaragüense”, sino porque “su sicología de mestizo y los medios con las que se vale para ser, vivir, luchar y sobrevivir ante una clase dominante adversa” también es barroca.
Oviedo resalta que “El Güegüence es un viejo, en su papel de héroe o antihéroe es el prototipo, según la mentalidad indígena, para provocar el humor y la risa, pero amén de viejo, el Güegüence era un mestizo rico, por ser comerciante (parlamentos 81, 94, 125) que había viajado por Antipoque, Veracruz y La Verapaz. Recuérdese que el indio común no podía ser comerciante, sí los mestizos. Es iletrado, desconoce las fórmulas de cortesía para presentarse ante el Gobernador (parls. 53 y ss.), es rico y fachento (parl. 129), dispuesto a tranzar o negociar por debajo de la mesa (parls. 125, 190, 233, 68) para proteger sus intereses, despreciador o irrespetuoso de la autoridad”.
Jorge Eduardo Arellano dijo que el argumento y contexto histórico, tal como la obra llegó a nuestros días, remiten su concepción como fecha más antigua al año 1635.
El sábado, el Teatro Investigación Niquinohomo, dirigido por Pepe Prego, hizo una magistral representación de la obra primigenia, frente al Palacio de Cultura. La misma debiera ser puesta en escena con mayor frecuencia.

La Región de los Mánqueme o Tierra de Guerreros
Uno de los estudiosos de la obra, Mario Urtecho, señala que “los Dirianes se establecieron en La Manqueza, que comprendía los hoy departamentos de Masaya, Carazo y Granada, y tenían como principales ciudades a Ticuantepe, Nandayosi, Dirita, Nindirí, Masaya-Diriega, Monimbó, Tisma, Bombonasi, Norome-Namotiva, Diriomo, Diriá, Niquinohomo, Nandasmo, Masatepe, Diriamba, Jinotepe, Nandaime y Xalteva.
Manqueza, nos dice Urtecho, se deriva de “Región de los Mánquemes (jefes) o ñeques (hombres guerreros)”.