Nacional

Qué emoción: era la voz de su padre


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Edwin Sánchez
24 años han pasado, y Olaska Alejandra --quien lleva los apellidos de su padrastro y de su mamá, Torres González--, no ha podido ver a su papá. De él sólo tiene lo que le dijo su madre, una carta de letra casi desvaída donde el remitente confiesa su interés en conocer a su hijita, unos cuantos correos electrónicos, dos fotos, una en blanco y negro, casi difusa, y una más actual, y la voz que apenas recién escuchó el domingo 27 de agosto.
Con esos pequeños datos, Olaska se ha formado la idea de su padre. Pero ella desde que llegó al primer año de secundaria, sintió un mayor deseo contar con un padre de carne y hueso, y no aquellos breves, interrumpidos, esporádicos relatos y fragmentos de quién era él. Su madre jamás le ocultó que su progenitor era un extranjero.
“Yo quisiera darle la mano, darle un beso en la mejilla a mi padre Gustavo Rodríguez Pérez”, nos dice. A ambos, además de tantos calendarios y las limitaciones económicas, los separa el Mar Caribe. Ella vive en el barrio Santa Rosa de Managua, y él en Puerta de Golpes, Pinar del Río, Cuba.
Hace cuatro meses, la joven convirtió en abuelo a su lejano padre, y cuando habla de él se le ve en los ojos el deseo natural de la hija por estar --aunque sea un ratito-- con quien la engendró.
¿Qué sucedió en vos el domingo pasado cuando escuchaste por vez primera el tono de voz de tu padre?
Fue un impacto escuchar la voz de mi papá. Era una voz que siempre yo deseé escuchar, tener su cariño, lo he necesitado a pesar de que tengo a mi niña, pues me casé. Lo bonito de todo esto es que mi mamá --Xiomara González Sánchez-- no inculcó nada en mí contra él. Yo quiero conocerlo. No tengo ningún resentimiento contra él. Él andaba en misión, eso lo entiendo. Tenía que irse.
La historia
¿Cómo arranca tu historia?
Toda la vida supe que mi papá era cubano, que mi padrastro no era mi verdadero padre. Cuando empecé la secundaria tuve oportunidad de ir a las embajadas porque me dejaban investigaciones. Un día me resbalé por la embajada de Cuba, y por primera vez pregunté por el señor que era mi padre. Y expuse mi historia, y qué posibilidad tenía de dar con él.
Sólo tenía el nombre de él y el lugar, nada más. Ahí, en la embajada, me dijeron que Pinar del Río era más grande que Managua, y que con esos dos datos no podían hacer mucho por mí. Yo contaba con 13 años. La secretaria me dijo: “No te preocupes, chica, que algún día tú lo encuentras”.
Un día me senté con mi mamá para que me diera más datos. Ella me dio una dirección, y mandé cartas, pero resultaba todo inútil porque no regresaba nunca la respuesta. Así pasó el tiempo. Llegué a tercero, cuarto año, y hasta el quinto no hubo una sola respuesta. No sabía si era por un error en la dirección.
Yo seguí yendo a la embajada, y ellos me decían que no podían hacer mucho aunque quisieran. Mandé más cartas a la dirección que tenía, pero no hubo respuestas.
Mi abuelito oía “Sin Fronteras”, en La Primerísima, y ahí escuchó que hablaban con un cubano. Luego volví a escuchar que invitaban a gente de Cuba, y entonces pensó el abuelo, que a través de William Grigsby podía lograrse algo. Escribí una carta y la fui dejar. Pensé que iban a pasar meses, pero en menos de una semana dio una respuesta. Corría mayo de 2003. Llegó una muchacha a mi casa con mi carta y unos papeles, y así se logró la localización de mi otra familia, y que mi padre estaba deseoso de conocerme. Fue un gran paso esta ayuda.
Control férreo en Correos de Nicaragua
Me sentí emocionada, porque tantos años después pude hacer un contacto. Después nos seguimos escribiendo, por el correo, pero llegó un tiempo en que en las oficinas del Correo de Nicaragua me revisaban todo. Se volvieron muy estrictos, de una manera distinta de lo que hacían con el resto de la gente. De repente dejé de recibir las cartas y ellos, en Correos, decían que no me llegaban.
María Luisa Rodríguez Pérez, hermana de mi papá, a través del correo electrónico me decía que no recibía las cartas. Dejamos de escribirnos él y yo, y (nos comunicábamos) sólo por Internet. Hubo un tiempo en que no había (en Cuba) salida de informática, sólo para recibir. Así se fue un año sin recibir cartas del correo, y mi padre sólo recibiendo el electrónico. Pasé el año en un silencio de comunicación.
En ese tiempo que estábamos en silencio, leí en EL NUEVO DIARIO una entrevista suya --Edwin Sánchez-- con una dirigente de la juventud de la Isla. Seguí leyendo muchos artículos sobre Cuba, y seguía así viva mi inquietud de lograr comunicarme. Traté de venir a END, pero por cuestiones de tiempo no la vine a dejar, yo trabajaba entonces en la Zona Franca. Pero estaba pendiente de si podía lograr comunicarme con mi padre.
¿Por qué quería venir a EL NUEVO DIARIO?
Porque he visto tantos casos de reencuentros en EL NUEVO DIARIO, que yo estoy segura de que podía ser una más. Quiero contarle que conocí a don Mariano López (cronista deportivo) en el bus, y empezamos a platicar con él. Él me dijo que trabaja en EL NUEVO DIARIO. Al decirme esto le pregunté que si conocía a Edwin, le platiqué mi caso, se interesó del tema. Quiero agradecerle porque él logró comunicarse con mi papá, por primera vez en 24 años. Fue el domingo a las 9 y media de la mañana.
¿Qué pasó cuando se comunicaron?
Yo no sabía que iba a hablar con él. Don Mariano me avisó hasta el viernes. Él se comunicó primero, y él dijo: --¡Aló, Gustavo!, y después me lo pasó.
¿Cuáles fueron tus primeras palabras?
¿Cómo estás papi?
“¡Oye, eres tú! Qué sorpresa me has dado”, me dijo, luego empezó a conversar, y “ojalá podamos vernos, que lograra ir allá a conocer mi familia”. Fueron cinco minutos por teléfono, en la casa de un tío mío allá.