Nacional

Un hombre sin brazos y con mucha voluntad

* Un cáncer literalmente “le arrancó” la posibilidad de ser un hombre físicamente completo * “No me falta nada, porque me sobra las ganas de vivir”, cuenta para los lectores de END

Yahoska Dávila

Salir a oscuras por la mañana para recorrer barrios peligrosos y las calles de “El Mayoreo” dejó de ser un reto para él, ahora es parte de su vida diaria, la que de cuatro años para acá, ha dado un giro de 180 grados.
Por su condición, muchas veces ha sido objeto de burla, pero otras de admiración. “Me basta el amor de mi familia y de mi esposa para enfrentar mi realidad”, nos dice. Douglas Antonio Suazo Laguna se llama, y en su barrio sería un vendedor ambulante más, si no fuera porque es el único que anda en bicicleta sin contar con sus dos brazos.
Quien no lo ve durante sus horas de trabajo dirá que es alguien dependiente, pero no, él se gana la vida vendiendo pan tanto en la mañana como en la tarde. “Así inicié: Halaba el carretón y me iba a vender el pan hasta agotar la venta. Algunas veces los chavalos ladrones me robaban pan, y en más de una ocasión me robaron el dinero ganado. Se aprovechaban”, dice Douglas, conocido en los alrededores de la Rocargo como “El Chele”.
Tiene 38 años y nació en Chontales. Su deje “campeche” todavía se percibe, aunque dice que no le costó adaptarse a la vida en los suburbios de la capital. “Yo ordeñaba vacas, lo hice desde pequeño, siempre trabajé. Venirme a Managua no estaba en mis planes, pero ni modo”, relata.
Pero, ¿cómo perdiste los brazos?
“No me va a creer, pero la culpa la tuvo una ronchita. Estaba ordeñando la vaca cuando me salió una ronchita chiquita ahí en el brazo --me hizo tocarme debajo del codo--, y me picaba, y se me hacía más grande, por lo que me recomendaron en el centro de salud venir a Managua donde el dermatólogo, pues era un problema en la piel. Sospechaban que era lepra de montaña.
Aquí (Managua) los doctores del Hospital Nacional Dermatológico me examinaron y me transfirieron al “Antonio Lenín Fonseca”, porque no era problema de la piel sino del hueso. Ellos pensaron que tenía azúcar y que por eso no se me curaba. Mientras, la roncha me estaba carcomiendo adentro del brazo, en el hueso. Luego en el “Lenín Fonseca” me daban cita hasta los tres meses, así pasé por casi un año, cuando el doctor me dijo que me tenía que cortar la mano. Yo no dejé y me salí del hospital”
Entonces, ¿te dejaste de atender?
“Durante un tiempo, porque yo decía: ¿qué seré sin mi mano? Pero la infección, el dolor siguió hasta que me llevaron al “Manolo” (Hospital “Roberto Calderón”) donde me atendió una doctora que me explicó que todo el hueso ya no me servía y que si no me lo cortaban el cáncer llegaría hasta comérseme el corazón. Ahí perdí el brazo izquierda. Un golpe duro para mí, porque estaba acostumbrado a usar las dos manos. De eso hace siete años”.
¿Pero y la otra?
“La misma roncha me apareció cuatro años después en el brazo derecho. Me picaba y me iba creciendo. Hasta que la misma doctora dijo que tenía que cortarla igual. Eso explica por qué un tronco es más grande que el otro”.
La amputación de los brazos hizo que la vida de Douglas diera un cambio radical. “Tuve que dejar el campo, porque la ciudad te da más que un trabajo con machete en mano. Yo tenía que vivir, tenía que seguir luchando y es lo que he hecho hasta hoy”, agrega.
¿Cómo decidiste vender pan?
“Pues ya sin mis manos y sin la opción de volver a Chontales, pensando, se me vino la idea de utilizar un carretón viejo para meter pan… e ir a la calle a vender”.
Imaginamos que es difícil tu trabajo. ¿Cómo despachás?
“Sí, pero no. Yo comencé en el barrio “Camilo Chamorro”. Le pido a la gente que se sirva, que tome el pan y me eche el dinero en la bolsa. Confío en mis clientes”.
Imaginamos que alguien ha querido pasarse de vivo…
“Sí, bueno antes. A veces algunos chavalos al verme sin las manos me asaltaban o me robaban el pan, y yo quedaba con la jarana. Por eso ideé este carretón. Mírelo”.
El carretón que usa Douglas es similar a los que utilizan las personas que venden Hot-Dog. Es cuadrado, de lámina de zinc liso, con tapa y sostenido en un marco de bicicleta. Su carretón todavía conserva las dos ruedas originales donde se apoya el cajón.
“Ahora se le dificulta más a los muchachos robarme”, indicó Suazo.
Suazo ya tiene su clientela definida. Sale a las cuatro de la mañana de su casa a la panadería, a la que le ha trabajado por muchos años. A las nueve de la mañana ya está de regreso en su casa, para salir a las cuatro de la tarde.
“La gira de la mañana es la más costosa, porque tengo que recorrer muchos lugares. En la tarde me dilato una hora más o menos, porque sólo entregó en el barrio”, manifestó.
¿Y no te gustaría hacer otra cosa?
“Pues sí, pero creo que una persona como yo no puede hacer nada más”.
Pero te sobra la voluntad…
“Pero, ¿qué es lo que puedo hacer más? Para algunos sueños míos, necesitaría ayuda de una prótesis y son muy caras. Tal vez desearía en vez de pedalear, conducir el carretón mediante una motito, pero igual no hay dinero para esto”.
Las limitaciones económicas a las que se ha enfrentado Suazo le han permitido empujar su vida de cualquier manera. Orgullosamente nos muestra el cuarto, que a punto de esfuerzos lo ha amueblado.
“Mi esposa no tiene de qué quejarse, tiene su casa, cocina, refrigeradora y ahorita compré esta cama (una Indufom)”, dijo.
¿Te has deprimido alguna vez?
“A veces no entiendo como hay tantos jóvenes completitos que por una tontera, agarran una soga y se cuelgan. Eso es un pecado grave, porque nadie se puede quitar la vida. Agradecidos deberíamos estar por respirar cada día. Motivo a cada persona a impulsarse cada día con la oportunidad que Dios le permita. Yo no padezco de depresión”, expresó.