Nacional

Güegüence: ¿embustero o rebelde?

* Güegüencistas y miembros de la Academia Nicaragüense de la Lengua de primera línea imparte cátedra sobre primigenia obra teatral

Edwin Sánchez

¿Quién es el Güegüence? ¿Un ladrón, embustero, mentiroso, guatucero, como lo ha retratado la mentalidad conservadora, o un rebelde, un tipo audaz y valiente que se enfrentó a la Corona Española, y ante el propio gobernador Tastuanes se da el lujo de hacer trizas todos los honores al Escudo Imperial de la Casa de Austria, el águila bicéfala del reinado de Carlos II “El Hechizado”, llamándola jilguero?
Para conocer mejor al Viejo Sabio de La Manquesa, la Extensión Cultural de la Universidad Americana, UAM, convocó prácticamente a la mejor Selección Nacional de Güegüencistas de todos los tiempos, sus mejores “bateadores”, para que cada sábado hasta septiembre, la sacaran del cuadro de esa Alma Mater y fuera llevada por los participantes del Diplomado “Conozcamos Nuestro Güegüence” a toda Nicaragua.
Un notable esfuerzo de la universidad, “para rendir homenaje a la inmortal obra que es una síntesis de la fusión de las culturas españolas e indígenas que combinan el teatro, la danza y la música”, y que logró reunir a Julio Valle Castillo, Fernando Silva, Jorge Eduardo Arellano, Carlos Mántica y el historiador Germán Romero, para que ofrecieron parte de sus investigaciones y estudios que se ocupan de las múltiples facetas del --como diría el director del Instituto Nicaragüense de Cultura-- “Padre de Rubén Darío, es decir, abuelo nuestro”.
De hecho, la mayoría de los disertantes puede considerarse como la primera generación de güegüencistas de Nicaragua, que siguieron las huellas y otras pistas, de los pioneros: Juan Eligio de La Rocha, Emilio Álvarez Lejarza, Daniel Brinton y Walter Lehmann. Ellos tomaron en serio y con responsabilidad profesional la casi imposible tarea de recuperar en toda su dimensión al famoso mestizo que viajaba desde los Diriomos, Masaya, Diriamba y Nandaime hasta “por los caminos de México”, para investigar, descubrir, redescubrir y potenciar esta comedia bailete, obra primigenia del teatro americano, donde convergen el náhuatl que nos tocó y el español que nos conquistó.
La coordinadora del diplomado, licenciada Eva Córdova, confesó no haber esperado, ni con sus cálculos más entusiastas, la masiva concurrencia de 120 participantes que vienen de casi todos los puntos geográficos del país, la mayoría ligados al quehacer intelectual y artístico de nuestro país.
Las conferencias han abierto entre los concurrentes nuevos caminos por donde ahora también anda el Güegüence. Nuevas interpretaciones que surgen a la luz de lo que maestros como Valle Castillo o Arellano ofrecen, o precisiones de orden histórico donde un Germán Romero logra --como si hubiera vivido en los siglos XVII y XVIII, pues parece más vivido que documentado--, ubicar el contexto donde surge el famoso personaje el cual, al parecer todavía no se deja descubrir en su totalidad.
En la primera exposición del poeta Valle Castillo, El Güegüence dejó, por lo menos en muchos de los participantes, de moverse únicamente en los solares donde la estrecha visión conservadora lo mantenía encerrado.
“Dar de hartar a otro hambriento”
¿Acaso el Güegüe Mayor, el Tzin, era un embustero, mentiroso, falso, engañador? ¿Frente a quiénes actuó con maestría deliberada para “no dar de hartar a otro hambriento”, si no fue contra los representantes de la corona española, en tiempos de Carlos II, El Hechizado, según nos precisa Carlos Mántica?
El protagonista, con su burla fina, política, irreverente, denota un desprecio del escudo real de ese reinado imperial, representado por el águila bicéfala de la Casa de Austria, rebajándolo a “jilguero”, cuando pregunta: “Amigo Capitán Alguacil Mayor, y un jilguero que está en la portada del Sr. Gobernador Tastuanes, qué es lo que hace?”
El poeta Valle Castillo, no obstante ser el titular de una cartera de gobierno, ofreció una visión más integral del padre de don Forcico, saliéndose del discurso oficial respecto al declarado Patrimonio Oral Intangible de la Humanidad.
Discurso que, vale la pena decirlo, no procede de los diferentes gobiernos que se alternaron en el poder desde 1821, sino de la concepción de la intelectualidad conservadora que contaminó al personaje de la forma en que han visto a todo aquel que no cuenta con abolengo.
Valle Castillo expuso que la mentalidad conservadora no vio en el Güegüence más que un farsante, ladrón, guatucero, mentiroso. Ante esta posición, el poeta llama a hacer otra relectura del Güegüence, descubrirlo en su espacio tiempo y reconocer su plena rebeldía, con las artes de la astucia, frente a la corona española. Este personaje, como abundó luego el doctor Romero Vargas, procede de un estamento social emergente, los mestizos, que sin los derechos que por la sangre gozaban los españoles y los principales indígenas, se encontraba en una suerte de limbo, sin reconocimiento legal de nadie.
Gobernador vs. Güegüence
El Güegüence se dedica, como representante de este sector, al comercio, conocido como buhonero o quebrantahueso, según prefiere llamarle Jorge Eduardo Arellano, de acuerdo con la historia. La corona hispana en franca decadencia, a pesar de todo el oro llevado de América, sufre una crisis económica que se refleja en la obra: el gobernador Tastuanes que prácticamente está en la lipidia, porque “lamentamos no tener ninguna mesa dorada, ninguna carpeta bordada, ningún tintero de oro…” y que para salvar su situación recurre al cobro abusivo de impuestos al Güegüence, quien, por supuesto, no asume una actitud pasiva y se defiende con todos sus recursos.
El personaje cuenta con medios económicos, posee una recua de machos, es comerciante y viaja hasta México. Es obvio que el gobernador Tastuanes debe recurrir a alguien con cierto nivel para expoliarlo, tal como era costumbre de la Corona hacerlo con los indios, mestizos, esclavos africanos y los cruces resultantes de estas etnias consideradas por la mentalidad española como inferiores.
Valle Castillo contrastó el discurso vigente sobre el El Güegüence, a quien le llaman ladrón, por no pagar impuestos al Cabildo Real corrupto, que vivía en grandes francachelas a costa del trabajo de “las razas inferiores” según ellos. “Nosotros trabajamos para darle de comer a otro hambriento”, riposta El Güegüence.
El célebre protagonista de una obra que mereció la atención de nada menos que José Martí, fue destacado en su personalidad por el autor en “Réquiem en Castilla del Oro”, enlazándolo con el concepto prehispánico del viejo, el Güegüe, como sabio, porque no en balde éstos formaban el Monexico, el Consejo de Ancianos, que es desarticulado por los conquistadores. El Güegüe pasa de ese estatus relevante, a ser parte de la mano de obra explotable, a los encomenderos y lo integran a la marginalidad.
Es por eso que en la línea de esas consideraciones de la cultura náhuatl, y por los valores del personaje que dio nombre a la obra, no debe vérsele como ladrón, guatucero ni falaz. Esto, dijo más adelante, se debió a la concepción criolla conservadora sobre el indio, del mestizo, que se inició en los años 40 del siglo XX.