Nacional

A 47 años de masacre estudiantil


08:00 AM: hay un ambiente tenso en la White House. Los novatos José María Pacheco, Rigo Castillo, Francisco Herdocia y Rafael Ugarte son los más nerviosos. Creen todavía que los van a sacar desnudos a la calle, pintarlos y orinarlos.
Hace algunos días, Mario Porta, Mundo Porta, Iván Escobar y Nacho Buitrago trajeron de Masaya a Santos Cermeño, alias Santos QK Cuca, quien llegó de sombrero tejano, chaqueta de cuero, pistola, garrote y látigo, atemorizando a los pelones.
Nos hizo cantar, bailar, declamar para él, bajo la amenaza de golpearnos.
Pero yo, que vengo de vuelta, he averiguado que el tal Santos QK lo que tiene de grandote lo tiene de miedoso. Tiembla cuando duerme solo, si le apagan la luz, y le aterrorizan los cuentos de aparecidos.
Los estudiantes de los años superiores también están tensos, pero por otra razón: hay muertos y heridos en el norte, han seguido los combates, hay muchos estudiantes peleando en las montañas.
12:00 AM: Casi nadie come. El doctor Machado anda de traje oscuro, de estricto luto.
Nosotros, de camisa blanca, escarapela negra, como lo ordenó el Centro Universitario.
03:00 PM: Acto solemne en el Paraninfo universitario. Hablan Alejandro Serrano, Rafael Ugarte, el Presidente del CUUN, Joaquín Solís Piura, Fernando Gordillo, etc. Manolo Morales anda fuera del país.
Salimos a la calle y me encuentro con Sergio Saldaña.
--Al fin, ¿me vas a comprar el libro? Si no para vendérselo a otro.
--Sí, hombre, nos vemos después de la marcha.
Yo lo miraría a él en otro lugar y en otras circunstancias. Él a mí no, porque… Pero no tratemos infructuosamente de detener el rumbo de la historia.
Marchemos por esas calles que vieron pasar a Rigoberto, a Edwin, a Cornelio.
Marchemos serena, firme y fatalmente al encuentro de un destino inexorable.
El pueblo se nos ha unido, la manifestación es gigantesca. El batallón Somoza impide el acceso al parque central.
Hay un forcejeo. Que la guardia retroceda, nosotros haremos lo mismo. Surgen los líderes, Joaquín Solís, sereno al frente de la masa estudiantil. Fernando Gordillo, Chico Buitrago. En un momento, un guardia feroz, con su bayoneta se lanza sobre el novato Julio Briceño Dávila, éste desafiante se abre la camisa y expone su pecho desnudo al arma asesina.
¡Adelante, máteme!
Sangre en el pavimento
La marcha está llena de actos inolvidables. Yo voy como en el aire.
Fascinado escucho los discursos, las arengas, las consignas. Repetidamente nos topamos con la guardia.
El batallón decidido, dispuesto a todo.
Nosotros: queremos asaltar el cielo.
En determinado momento veo el bus del colegio Calasánz, donde viene mi amigo del instituto Celán Ordóñez.
Bajate, le digo, ya que conozco su antisomocismo. Celán me sigue desde ese momento.
Jorge Navarro, imitador de Pedro Infante, va también en la marcha.
Ya eran cerca de las cinco de la tarde, el grueso de los manifestantes se estaban regresando a sus casas cuando, en eso, frente al parque de La Merced, por la Editorial Antorcha, Fernando Gordillo se encarama en algo y dice que hay estudiantes presos. Marchamos nuevamente hacia el parque central. La guardia nos pone manos arriba, y nos lleva a empujones hacia el comando donde estaban los otros presos. Pero, inexplicablemente, cuando estábamos entrando al comando nos sueltan a nosotros y a los que capturaron antes.
Llenos de júbilo retrocedemos hacia el lado de la Casa Prío donde, entre el Club Social y la librería Recalde, vigilada por la fila de guardias, estaba el resto de los manifestantes que regresaban a conocer de nuestra suerte.
Yo había aprovechado para tomar la bandera de la universidad, y orgulloso la mantenía en alto.
Atravesamos el cordón de la guardia que nos separaba de los otros compañeros. Celán Ordóñez y Gonzalo Alvarado, este último estudiante de cuarto año del instituto, me pidieron la bandera, a lo que accedí.
Después no tuve conciencia clara de lo que ocurrió. Miré que un guardia lanzaba al aire cerca de mi cara, un artefacto de color indefinido.
Un ruido seco y el estallido de un dolor terrible en mi cara, en mis ojos, en mis oídos.
Amigos: no voy a mentirles.
Yo no vi cuando le cortaron la pierna de tajo a Gonzalo Alvarado que estaba a mi lado. Apenas vi caer a Celán Ordóñez.
Yo sólo tuve la conciencia de haber quedado ciego para siempre, y un grito de horror brotó de mis entrañas.
¡Mamaaaaaaaaa!
Corrí como un loco, sin saber nada, sin ver nada. Después entreabrí los ojos y miré una puerta abierta.
El resto es conocido.
Entramos al restaurante El Rodeo, me quité la camisa, nos echamos agua en un lavandero, igual que hacían todos. Subimos al segundo piso y vimos las calles desoladas. El batallón blindado siempre en posición de combate.
Los “ay” y los gritos, las ambulancias.
Salí como un fantasma, sin camisa, atolondrado, sin tener aún noción exacta de lo ocurrido.
Me volví a lavar en la pila de La Merced y, poco a poco, fui conociendo detalles, los muertos, los heridos.
Masacre estudiantil
Rolando Avendaño Sandino, periodista ágil y audaz, pide donar sangre al pueblo, en Radio Atenas. La guardia reprime y cierra la emisora. Yo regreso a la casa de estudiantes, y vamos al hospital San Vicente. Un cuadro dantesco. El salón de la entrada está totalmente lleno de heridos, ensangrentados, tirados en el suelo, no hay camas, no hay cuartos, no hay plasma. Pero todo León está solidario.
De pronto, miro a mi amigo Celán Ordóñez, también en el suelo: lo cuida su hermano, el sacerdote Orlando Ordóñez. Le van a cortar la pierna --dicen.
Los médicos y enfermeras se están volviendo locos.
Hay cuatro estudiantes muertos. Uno de ellos es Sergio Saldaña, el del libro de medicina. ¡Pobre compañero!
Los cadáveres son preparados, y más noche llevados al paraninfo para recibir el homenaje del pueblo.
Tampoco duerme Rolando Avendaño Sandino, quien, en una pequeña tipografía del barrio Zaragoza, levantando los textos a mano, edita la única publicación escrita que circularía por todo el país y que sería arrebatada por manos ávidas de información en buses, parques, iglesias y que correría de mano en mano, ya que la censura y el estado de sitio iban al unísono.
Era una publicación extra del semanario Ecos.
León no ha dormido. Durante todo el día desfila frente a los ataúdes.
En las primeras horas de la tarde, una multitud se aglomera frente al paraninfo: los cuatros féretros presiden el duelo.
En el balcón del paraninfo aparecen sucesivamente los oradores y Humberto Sotomayor, hermano de Uriel, estremece a la muchedumbre cuando maldice a la hiena que parió a ese par de cachorros criminales, en clara alusión a la madre de los Somoza.
Tal es el odio contenido, la furia impotente. El momento culminante se produce cuando aparece el rector Mariano Fiallos Gil y da su mensaje a la nación y al mundo convirtiéndose en ese momento, y por mucho tiempo, en el principal dirigente del pueblo nicaragüense, contra la barbarie y el despotismo.
Estalla la furia popular
Tres cadáveres van hacia sus pueblos de origen, y sólo Sergio Saldaña será enterrado en León.
Marchamos lentamente, de nuevo, mientras los oradores se suceden en cada boca calle. La multitud amenaza con sus puños cerrados, al pasar por Catedral, a la guardia acantonada en el comando.
Lo mismo ocurre cuando pasamos ante la cárcel la 21. Los más fogosos quieren asaltar el penal.
Pero se impone la prudencia. El pueblo quiere rebelarse, pero está con las manos vacías, desarmado, desorganizado.
Mientras las guerrillas pululan en los bordes fronterizos desconectados, el pueblo está inerme.
A pesar de todo, suenan los tambores de Sutiava y, al siguiente día, las masas asaltan la casa del Coronel Anastasio Ortiz, jefe de la patrulla genocida, y la quema.

Pedro Joaquín Chamorro

La noche del 10 de enero de 1978, cuando llevábamos el ataúd de Pedro Joaquín Chamorro, me acordé del entierro de Sergio Saldaña, y cuando el pueblo quemó Plasmaféresis, me acordé de la quema de la casa de Tacho Ortiz, pero ahora el pueblo estaba organizado.
El 23 de julio se hizo célebre un cartelón que decía: “Tacho Ortiz, tu tumba está abierta”.
Ahora habría otro cartelón para el último Tacho. Tacho Somoza
Era cuestión de tiempo: 20 años.

* Extractos de la segunda edición en preparación “De Sandino a Carlos Fonseca”, del mismo autor