Nacional

El Señor de los Grillos

*Migrante nica en México lo aprendió de un artesano de ese país y ahora lo enseña a los niños trabajadores *Sin embargo, estos infantes forman parte de unas estadísticas desalentadoras, en el país existen 315 mil menores económicamente activos *Una especialista dice que el trabajo infantil también es un problema cultural que ha estado siempre presente en la realidad nicaragüense

Félix y Jonatan, de once y nueve años, respectivamente, se ganan la vida como vendedores ambulantes. Ellos recorren la mitad de Managua “a pie” comercializando sus productos, pero a diferencia de la mayoría de este tipo de comerciantes, tan comunes en la capital, su “mercancía” no consiste en bolsas con agua, artículos para carros o bisuterías chinas. Félix y Jonatan venden grillos elaborados con palmas de coco.
Estos niños habitan en los escombros de Managua, cerca del Malecón, ese lugar lleno de bares y discotecas que es la zona de diversión para la clase baja capitalina. Esta tarde de julio ambos andan sin camisa para evitar el bochornoso calor, típico de la ciudad, lo que permite ver sus pequeños cuerpos broceados a fuerza de las asoleadas que se dan recorriendo la capital vendiendo sus grillos.
Félix habla con timidez, respondiendo con dificultad a las preguntas de esta periodista. A veces de su boca sólo salen monosílabos: “sí”, “no”, “ajá”. Aun así, se expresa más que su pequeño hermano. Luego de un tiempo de insistencia, y cuando ha tomado más confianza, el niño cuenta sobre sus recorridos y los “lugares estratégicos” que ya tienen en Managua para vender sus grillos: el Aeropuerto Internacional, Metrocentro, Plaza Inter, Bello Horizonte, las principales universidades de la ciudad, el Malecón y el mercado “Roberto Huembes”.
“Ahí vendemos más”, dice Félix, quien explica: “Sacamos entre 50 y 60 pesos de ganancia. La mitad se las damos a mi mama y la otra mitad la ahorramos para comprar ropa y juguetes”.
Los grillos que ofrecen estos niños son un trabajo artesanal. Consiguen las hojas largas y delgadas en lo alto de las palmeras de coco que nacen a lo largo de las vías capitalinas. En los últimos años, este recurso se ha convertido en la materia prima de una actividad que se extiende rápidamente, y que en el caso de los niños vendedores de la calle sustituye a los chicles, el agua empaquetada en bolsas o los alimentos caseros, porque son más baratos y fáciles de hacer.
Félix explica que para vender los grillos primero se suben a la cumbre de las palmeras para bajar las hojas, que luego sumergen en agua para que no se resequen en el transcurso del día. El siguiente paso es recorrer los semáforos y los principales centros de Managua ofreciendo el producto, cuyo precio depende del tamaño: pueden oscilar entre diez y veinte córdobas, aunque “a veces los vendemos a lo que sea la voluntad de la persona”, dice Félix.
El Señor de los Grillos
¿Cómo aprendieron estos niños esta actividad? Félix cuenta que les enseñó su hermano mayor, José Abraham, de 15 años, quien a la vez aprendió de Erik Cuadra, llamado por los niños “El Señor Grillo”.
Cuadra, de 50 años, es un hombre pequeño, moreno, delgado y de risa contagiosa. Habla mucho, y cuando lo hace deja ver una boca desprovista de dientes delanteros. Lo entrevistamos en su puesto de venta de elotes en la entrada de Plaza Inter, todavía sufriendo una modorra causada por el exceso de licor, porque, dice, participó en las festividades del 19 de julio.
En sus tiempos de juventud, en la década de los 70, Cuadra estuvo preso, condenado a 15 años de cárcel por matar al hermano de un comandante de la Guardia somocista, condena que no terminó de cumplir. Sobre esto dice que prefiere no hablar por “temor”, y hace girar la conversación hasta el tema de los grillos.
Cuadra emigró del país huyendo de la guerra de la década de 1980 y de la crisis económica de esos años. Cuenta que se desplazó en busca de trabajo a Estados Unidos, pero antes estuvo trabajando en varias zonas de México, como el balneario de Acapulco, donde vendía las artesanías que hacía un anciano mexicano, quien fue el que le enseñó a hacer 75 figuras con palmas de coco.
Después de varios intentos, Cuadra logró cruzar la frontera hacia EU, donde vivió por 16 años, hasta que fue deportado por mala conducta: se metió con las drogas y se inyectaba heroína y morfina, adicciones que lo llevaban a robar para poder tener dinero para el consumo.
De regreso a Nicaragua se dedicó a vivir de sus creaciones artesanales y de la venta de elotes en la entrada de Plaza Inter, zona rondada por niños de la calle, que comercializan cualquier objeto o piden dinero a los transeúntes. A estos niños, dice, les enseñó todo lo que él aprendió sobre la elaboración de figuras de palmas, “para que tengan conocimientos que utilicen a su favor y no anden pidiendo en las calles”.
“Los chavalos no le dan valor a su propio trabajo, porque venden las artesanías a lo que sea la voluntad de la gente”, dice con voz lastimera, aunque reconoce que con la venta de estas figuras algunos niños mantienen a su mamá, a sus hermanos y hasta a sus padrastros.
Situación compleja
Estos infantes forman parte de unas estadísticas desalentadoras. Datos de la Encuesta Nacional de Trabajo Infantil (Entia), realizada en 2004 por varios organismos que trabajan con niños, muestran que en el país existen 315 mil infantes y adolescentes económicamente activos, lo que representa el 18 por ciento de la población total de este sector, que cuenta con cerca de 1 millón 800 mil personas.
“El trabajo infantil es una situación muy compleja y difícil de erradicar, que ocurre porque hay una necesidad en la familia: los padres mandan a los hijos a trabajar, porque no ganan lo suficiente para sustentarlos a todos”, explica Dinora Medrano, psicóloga especialista en casos de violencia y salud mental, de la Universidad Centroamericana (UCA).
La especialista dice que el trabajo infantil también es un problema cultural que ha estado siempre presente en la realidad económica nicaragüense, aunque advierte que actualmente se convierte en una cuestión de mayor riesgo, dado los altos índices de violencia que se registran en la capital.
Medrano expresa que los padres siguen enviando a sus hijos a las calles porque “es más fácil que se le compre cualquier cosita a un niño a que se le compre a un adulto”. “El infante es más susceptible a despertar emociones en una persona. Los niños están conscientes de que deben de verse más vulnerables de lo que son para conmover a sus clientes y vender”, explica.
Sobre los niños que venden grillos, la psicóloga dice que éstos “están más expuestos que los que venden chicles, agua o cajetas, porque estos productos tienen su precio y no varía, no se puede pedir rebaja. Sin embargo, los grillos, que es un trabajo artesanal, elaborado por ellos mismos, es una labor subvalorada: los niños piden ‘por favor, cómpremelo’, aceptando el dinero que las personas le quieran dar por el hecho de que no es un artículo necesario”.
Según Medrano, esto daña la autoestima de los niños y perjudica su formación.
Economía descansa en trabajo infantil
“La economía descansa en el trabajo infantil, y es por eso mismo que estas familias no priorizan la educación, porque consideran más importante que los niños aporten al sustento económico de sus hogares”, explica la secretaria de la Coordinadora de la Niñez (Codeni), María Jesús Gómez. Codeni es una organización de incidencia política que implementa leyes que garanticen y protejan los derechos de los niños y adolescentes.
Gómez señala que generalmente la culpa de esto que ocurre se centra en los padres, porque ellos les permiten trabajar a los niños, pero, en realidad, el Estado tiene mucha responsabilidad, pues a él le corresponde brindar acceso a las condiciones de justicia, salud y educación para los infantes, estipuladas en la Constitución.
Sin embargo, la educación formal es excluyente, explica Alberto López, de la ONG Instituto de Promoción Humana (Inprhu), que realiza proyectos para prevenir el trabajo Infantil en los Mercados de la capital.
López señala que el problema con la educación formal es que les exige a los niños uniforme, una cuota “voluntaria”, dinero para actividades, para comprar escobas y otras cosas que la realidad económica de sus familias no les permite aportar.
Datos del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte (MECD) muestran que la población nicaragüenses en edad escolar es de alrededor de 2.3 millones de personas, de las que anualmente quedan fuera del sistema más de 850 mil.
Para reducir estas cifras, Inprhu trabaja con los directores de las escuelas, a quienes piden que terminen con las exigencias monetarias a los niños.
Esta organización también promueve la formación pre vocacional, preparando a los chavalos de entre 10 y 17 años en talleres de mecánica y carpintería, “para que aprendan un oficio, pero a la vez que sigan estudiando”, explica López.
Pero no todos los menores son favorecidos con este tipo de proyectos. Félix y Jonatan están entre ellos. Y en esta sofocante tarde de julio, ambos niños aprovechan para meterse entre la fila de autos que se han detenido ante la luz roja del semáforo, en una de las avenidas que rodean Plaza Inter. El resplandor del sol impacta sobre los vidrios delanteros de los vehículos, mientras un conductor irritado por el bochornoso calor, escucha a la par de su ventana la voz frágil y quebradiza que le pide: “Cómpreme un grillito, lo que sea su voluntad”.