Nacional

50 años entre suelas y zapatos

* Zapatero de Monimbó comenzó trabajando con un “campeón” y ahora tiene su propio taller * Emplea a 20 personas y produce un promedio de 350 pares semanales, que los vende en el país y CA

Carlos Salinas

A los once años, Sergio Luna se escapaba de su casa hasta una zapatería. Le gustaba pasar el tiempo viendo cómo los trabajadores fabricaban el calzado, al que él mismo no podía acceder por su condición de pobreza. Su sueño era aprender ese oficio, tal vez no sólo por el hecho de ganar dinero, sino por tener siempre un par de zapatos en sus pies.
Luna se recorría descalzo las calles de Monimbó, ese barrio indígena de Masaya al que las artesanías y los pequeños oficios le dan vida e importancia económica, soñando con formar una zapatería. El primer paso era aprender el oficio, y cuando tuvo la oportunidad no la desaprovechó.
Un día, estando en la zapatería que visitaba a diario, se acercó a su propietario, un hombre grueso de rasgos indígenas, al que apodaban “El Campeón” --Luna no recuerda por qué, tal vez por su capacidad de pasar ebrio casi todos los días, dice--, y le pidió que le enseñara a fabricar los zapatos. Tres años después, el muchacho formaba parte del equipo de “El Campeón”.
“Éramos muy pobres, recuerdo que siempre andaba descalzo. Mi mamá nos crió sola, y aprender un oficio me sirvió para ayudarla. Al principió trabajé con “El Campeón”, pero como él bebía mucho y trabajaba poco, tuve que dejar ese trabajo”, cuenta Luna, 50 años después, sentado en la sala de su casa, en Monimbó, donde ha logrado conformar un próspero negocio, que emplea a 20 personas y produce un promedio de 350 pares de zapatos semanales.
Pero no fue fácil, advierte el zapatero. Antes de poder conformar su negocio, hizo varios intentos que terminaron en fracaso. El último lo realizó a finales de la década de 1970, mientras el país comenzaba a bullir por los movimientos clandestinos de los sandinistas, que terminaron en la expulsión de los Somoza y la insurrección del 79.
Fue una época de oportunidades para Luna. Su recién conformada zapatería coincidió con un período de gran demanda de calzado, a la que él no estaba acostumbrado. No sabe explicar a qué se debió, pero recuerda que le brindó el impulso económico que necesitaba para fortalecerse en el ramo.
Prosperidad en la adversidad
Hasta su casa llegaban muchas personas haciendo grandes encargos de zapatos, y él, apenas con dos trabajadores, tenía que ingeniárselas para cubrir esa demanda. Al principio viajaba con las cajas de zapatos por varios municipios, mostrando su producto a potenciales compradores, pero ahora éstos venían hasta su taller, por lo que decidió crecer y contratar más trabajadores.
Mientras Nicaragua se sumía en un conflicto sin tregua y miles de personas dejaban el país, cargando con lo poco que tenían, Luna forjaba un próspero negocio de calzado, cuya demanda no cayó.
“A mediados de los ochenta el Gobierno comenzó a apoyar fuerte a la pequeña industria, que en esos días era la que mantenía la economía. Teníamos apoyo financiero y el calzado se vendía como pan caliente, pero trabajábamos desordenados, escaseaban los insumos, no había mucha mano de obra, y la calidad del producto decayó”, explica.
Dice que debido al apoyo del Gobierno, muchos trabajadores preferían tener su propio taller en lugar de trabajarle a alguien más. “Nadie quería ser operario, sino propietario, y comenzaron a surgir talleres por todos lados”.
Apertura económica
Pero la alta demanda de calzado no duró mucho. A inicios de la década del noventa, con el cambio de Gobierno y la apertura económica, los mercados del país se comenzaron a llenar de calzado proveniente de Brasil, México, Centroamérica y Estados Unidos. Los precios eran competitivos, y para muchos comerciantes resultaba más económico ofrecer los productos importados. Los pequeños productores sintieron el golpe y muchos colapsaron.
Luna sintió el reto de adaptarse a estos nuevos cambios y trabajó en la modernización de la zapatería: pidió apoyo gubernamental y préstamos a los bancos locales para ampliar su taller, contratar personal y comprar maquinaria.
Ahora en el taller trabajan 17 operarios --como él los llama--, que se encargan de todo el proceso de producción. Luna ha tenido que especializarse, confeccionando zapatos para mujer, con una marca y estilos propios: sandalias elaboradas con madera, cuero y yute, una especie de hilo similar al que se utiliza para fabricar los sacos para empacar café.
Cada trabajador se dedica a una rama específica del proceso de producción: uno forma las plataformas de las sandalias cortando troncos de madera de acetuno, que según Luna es la ideal por su color y calidad. Otros trabajadores lijan las piezas y las barnizan, y otros se encargan de formar los zapatos.
El taller de Luna es un ir y venir de gente, lleno del ruido formado por las risas y conversaciones de los trabajadores, las máquinas y el ruido de los martillos. Hay un fuerte olor a pegamento y cuero, y un calor asfixiante.
Luna dice que comercializa sus productos en los mercados de las principales ciudades del país, pero también ha comenzado a vender los zapatos en el exterior, participando en ferias de negocios en El Salvador, Costa Rica, Honduras y Panamá, como parte de un proyecto impulsado por la Secretaría Técnica de la Comisión Nacional de Promoción de Exportaciones (CNPE), que consiste en apoyar a las Pymes en sus procesos de producción, y buscarles nuevos mercados.
Dentro de este proyecto, Luna ha podido mejorar su sistema de producción, contabilidad, administración y comercialización de sus productos. El problema, explica, es que en el caso de las ferias internacionales, los distribuidores hacen grandes pedidos que para los productores locales son difíciles de cumplir, debido a la escasez de mano de obra especializada.
“Hemos visto que el producto gusta mucho, pero hasta ahora no hemos podido contactar a grandes compradores porque no tenemos suficiente capacidad de producción”, explica.
Sin embargo, este zapatero no se desanima, y ahora se está preparando para ofrecer sus productos en la Microfer de Managua, que para él es una importante oportunidad para que compradores locales e internacionales conozcan el tipo de calzado que fabrica. Y después de Microfer, Luna tiene puestos los ojos en El Salvador, hasta donde enviará unos 600 pares de zapatos para comercializarlos en una feria local.
“Soy zapatero a mucha honra. No me siento inferior a otros porque sé que mi oficio sirve a la sociedad”, afirma este hombre, ya con 61 años encima, mientras muestra la bodega donde guarda el calzado, el mismo que en unas semanas se estará comercializando en el pequeño país centroamericano. “Ojala que los venda todos, si Dios quiere”, afirma.