Nacional

No las debía, no las temía y se ganó respeto

*Estudiaba para sacerdote en El Salvador cuando se abrió la Academia Militar y cambió su destino *Había similitud, dice el General Rocha: obediencia y disciplina *El intento del “push” de Agüero y el salón de belleza en la elección de René Schick

Edwin Sánchez

¿Qué hay en común entre un guardia, digamos un general, y un sacerdote salesiano? Tal vez no haya una respuesta conceptual, pero sí un nombre: Edmundo Rocha Delgado.
“Yo estudiaba en El Salvador, haciéndome sacerdote. Cuando regreso a Nicaragua, necesito ver qué carrera tomo. Fundaron la Academia Militar de Nicaragua en 1939 y abrió en el 40. Entré.
¿Por qué?
Me gustó, había mucha similitud con la carrera eclesiástica: obediencia, disciplina y pobreza.
Los militares de Somoza se enriquecían, le decimos al general Rocha, de la Primera Promoción de la Academia.
¿Dónde están esos capitales?
Los comandantes de pueblo agarraban dinero.
Estos comandantes eran sargentos, cabos, subtenientes y sí tenían algunas cositas, entraditas indebidas que no debían que hacerlo, eran centavos.
Claro que se podía hacer algunos centavos como hicieron (unos), pero no era para enriquecerse, sino tal vez para tener su casa. Cuando llego de comandante a Chinandega, me ofrecieron terrenos reglados, pero como a mí no me gustaba eso, yo no acepté. Lo mismo cuando llegué a Chontales.
¿Quién los ofrecía?
El pueblo, el alcalde, los amigos. Una comisión se presentó en Chinandega: --Mi comandante, sabemos que usted no tiene ni un pedacito de tierra, aquí le venimos a obsequiar tantas manzanas--. Y yo --decía otro-- una vaquilla. El otro, otra cosa.
Yo le respondía: “Gracias, yo les agradezco, pero soy un hombre que no me gusta tener así propiedades”. Así fue en Chontales, donde fui comandante, tampoco les acepté. Así que yo soy uno de los comandantes que no tuvo tierras, precisamente porque no compré ni acepté lo que me regalaban.

Uno de los generales que se quedó en 1979
Edmundo Rocha Delgado si no es el único, por lo menos es de los poquísimos generales de Anastasio Somoza Debayle que se quedó en Nicaragua durante la Revolución. Fue retirado del servicio activo el primero de enero de 1971. Desde entonces se dedicó a la Educación Física y Deportes, en el Ministerio de Educación. El triunfo del 79 lo encontró a cargo de la dirección de esa área. El 6 de agosto el entonces Ministro Carlos Tünnermänn lo cesanteó. Desde esos días, el veterano militar y deportista no volvió a conseguir trabajo, sino 15 años después.
Ahora ya es un jubilado colmado de recuerdos, condecoraciones y convertido en un general muy singular: cada vez que iba a ejecutar un operativo contra manifestantes clamaba: “¡Ay Dios mío!” Ordenaba a sus subordinados a no maltratar a los ciudadanos y durante fue jefe de la Policía de Managua apartaba los garand para garantizar una negociación. Jamás, siendo guardia, maltrató a nadie, no se enriqueció, fue compadre de Somoza, pero tampoco se aprovechó de esa relación para alcanzar prestigio y poder.
Con la madeja biográfica del general se pudieran bordar dos existencias a la vez: es casi hablar de la vida de un cura que ofició su sacerdocio por los caminos menos ortodoxos de la religión: en cuarteles en vez de parroquias; director de la Academia Militar, en vez del Obispado en la Curia y en la enseñanza de la Educación Física y promoción del Deporte que lo remitía al Seminario.
General Rocha, ¿qué pasó el día que Tacho se fue del país?
Cuando viene la debacle, el triunfo de los sandinistas, se va toda la guardia, todos mis compañeros. El 17 de julio yo era director general de Educación Física y Deportes. Consulté con mi esposa y le digo: “¿Qué hacemos? Tenemos tantos niños, además, yo no tenía tantos reales para poder llevarme a tanta gente”. Entonces me dice: “Quedémonos”. Yo me quedé confiado de que no le debía nada a nadie y no me iban a hacer nada.
La guardia estaba peleando, yo no, porque era retirado. Nada tengo que ver. Yo estaba en otros asuntos, haciendo tanto por la juventud. Teníamos por primera vez profesores graduados de Educación Física.
¿No le hicieron nada los sandinistas?
Al quedarme, indudablemente que me buscaron. Yo seguía trabajando ahí en Deportes. Me despiden y voy a mi casa. Luego vino la seguridad a buscarme. Me llevaron preso y me dijeron: “Por tratarse de un alumno de la Academia Militar y director de esa escuela, no lo vamos a llevar a ningún comando a investigarlo, sino a su propia escuela”. Me llevaron allá, me preguntaron muchas cosas, consultaba por teléfono y al cabo de tantas horas me dicen: “Está libre, pero necesita tres firmas”.
Uno de los nuevos oficiales me facilitó la liberación, al reconocer que yo le había salvado la vida cuando fui jefe de la Policía de Managua. Donde Lenin Cerna me llevaron, y ahí me trataron bien y hasta me respetaban el rango.
Estando en el antiguo Campo de Marte, los militares dijeron: “El general no viene preso, sino que pasará esta noche con ustedes. Él va en libertad”. Al día siguiente, cuando lo dejaban libre, le dijeron: “Mire general, no se vaya fuera del país, porque contra usted no tenemos nada”.
“Lo que me hizo la Revolución”
Me vine a mi casa desde entonces. Pierdo el trabajo, porque no tengo reales. Me quitan una pequeña pensión vitalicia que la GN me daba como retirado, por 30 años de servicio. El sueldo de general de por vida, no el de ahora, entonces era de mil 500 córdobas. Y pasé 15 años sin trabajar, pasando una pobreza extremada, ahí viviendo de alguna manera. Me quedé aquí, encomendándome a Dios, y ellos no hallaron algo de qué acusarme.
Un sandinista que llegó a mi casa me dijo que la guerrilla en la montaña estudiaba el escalafón de la GN, oficiales en servicio e inactivos, desde Anastasio Somoza Debayle hasta el último subteniente. Somoza, “hay que matarlo. Fulano de tal…, sutano…, así que todos ya estaban recomendado lo que harían con los oficiales. Y cuando llegaron a los retirados, ven mi nombre: “¡Ah!, éste es el de los deportes, este hombre es muy bueno, maravilloso, a ése no le vamos a hacer nada”. El sandinista me dijo: “Yo quedé impresionado de todo lo bien que hablaron de usted en la montaña y yo quería conocerlo”.

El día que Agüero quiso quedar preso
Era el comandante de la Policía de Managua de 1964, durante las elecciones cuando corrió René Schick. El presidente Luis Somoza le dijo a Edmundo Rocha que era el responsable de todo lo que pasara en la capital. La Policía apenas tenía 250 hombres en la capital.
De repente, en las propias elecciones, le habla el presidente Luis Somoza por teléfono: --“¿Qué pasa por el parque del barrio San Antonio? --No sé nada, señor. Ya voy a ver”. La guardia carecía de aparatos de comunicación. Por medio de amistades, por teléfono o directamente me informaban de algunas cosas. ¿Qué pasó? Aquí un grupo salió volando balas, encabezado por el doctor Fernando Agüero. “¡Ay Dios mío!”, dije. Yo siempre cuando iba a cualquier operación me encomendaba a Dios, quien me guió siempre en todas mis operaciones y salí muy bien. Inmediatamente llamo a mis soldados, les doy instrucciones, “¡cuidado me vienen con cuentos aquí! No me le vayan a faltar el respeto a ningún ciudadano, pero tampoco se dejen así nomás. Defiéndanse, pero deben defenderse como se les ha instruido, sino aquí les espera el comandante para castigarlos”.
Agüero y sus muchachos se refugiaron en un salón de belleza del barrio, informa el comandante. “Me monto en el único vehículo que disponía la Policía, un antiquísimo Mercedes Benz de los pequeños. Al llegar veo que está la bomba tirando agua, que yo la había pedido.
“Yo le digo a un oficial, que al no saber quién es le invento un nombre: ¿quién le ha ordenado a usted que le estén tirando agua sucia a mi pueblo. ¡Pare esa bomba! Y me dirijo al pueblo.
“Os habla el comandante de la Policía, Coronel Edmundo Rocha. Vengo a informarles que ya ordené a mis subalternos que pueden irse a sus casas, sin que les registren y les moleste. Váyanse en paz.
El oficial entra al salón, donde estaba el doctor Agüero. No lo conocía, pero por las fotos lo identificó. Le dijo: “Yo soy el comandante de la Policía y vengo a llevarlo preso. No tengo por qué informarle las razones por los cuales lo hago. Ha violado la Ley Electoral”.
El dirigente conservador y Rocha entraron en unas negociaciones. “Sí, estoy listo, pero quiero salir en frente del parque con mi gente. Segundo, que me de la casa por cárcel. Que me permite llevar una lista de los que estarán presos conmigo”.
“¡Un momento general Somoza!”
“Vea doctor, le digo, me pidió tantos minutos, yo le pido uno. Ya regreso. Pensé: es un problema para mí. Sé lo que haré: darle la salida frente donde están los conservadores me hacen una del diablo. Casa por cárcel, sí, y que lleve preso no sólo una lista, sino todo lo que él quiera”. Habló por teléfono desde una casa con el general Somoza.
“¿Y qué arreglaste?”, preguntó. Le digo: Lo voy a sacar por detrás. “¿Por qué le vas a dar la casa por cárcel si es un delincuente?” Cuando escucha que Somoza levanta el tono, Rocha le replica: “¡Un momento general, recuerde que el responsable de todo esto soy yo, y quiero terminarlo rápido, entonces le suplico que me deje trabajar!”. Cuando lo oye decidido y algo alterado, el dictador le dice: “Bueno comandante, haga todo lo que usted quiera, pero hágalo ya, pronto”.
El líder no quería irse, recuerda Rocha, cuando llegó el segundo de la Policía de apellido Montealegre. Verlo le significó un alivio para el hoy general. Ajustan sus relojes y le ordena: “Si dentro de cinco minutos no he salido abra fuego, y termine con esto, no le importe que su comandante esté aquí”.
“Un momento”, dice Agüero, “pare a Montealegre. Está bien comandante, voy a hacer lo que dice”. Montealegre lo sacó por detrás y se lo llevó a su casa. Estando en su residencia, ya todo arreglado, Rocha fue donde el jefe de la Policía por la parte civil, el coronel Borge. “Ve, Borgito, yo quiero llevarle el problema resuelto al señor presidente. No sentenciés a esta gente, llámale la atención, que son de buena conducta, y no hay récord policíaco, para que puedan irse”.
El comandante Rocha le informa al presidente Luis Somoza. “Le traigo la solución si acaso la quieren aceptar: lo que hace el doctor Agüero es una jugarreta. Quiere caer preso para darle mucha importancia a esto. Desde el punto de vista militar no nos conviene tener a este líder, porque honestamente es un gran líder de verdad, porque sopesé la importancia del doctor cuando vino de Estados Unidos a Nicaragua, una cosa tan grande que cuidado que más multitudinaria que la manifestación que se le hizo a Somoza, cuando retornó de Estados Unidos.
“La guardia, con un hombre así preso, no va a poder hacerle frente cuando estén molestando a cada comando en toda Nicaragua. Quiero tratarlo como un niño, darle unas nalgaditas, y que se pueda ir”.
Los Somozas y Schick
Entonces salta el General Somoza. “¿Por qué? Hay que castigarlo, que esto y lo otro”. Intervino el doctor Schick: “Estoy de acuerdo con lo que dice el comandante Rocha, que se le llama la atención y se le ponga en libertar y se termina esto”. Luis Somoza, el presidente, estuvo de acuerdo: que se haga así. A él le gustaba resolver así.
Al día siguiente a las ocho de la mañana junto al director civil de la Policía se dirigen a la casa del doctor Agüero. Ahí están los otros detenidos. Borge les dice que por su buena conducta “esta dirección sólo les llama la atención, no lo vuelvan a hacer, quedan en libertad”.
Se levanta el doctor Agüero: “¿Por qué vamos a salir, acaso nosotros no cometimos unas faltas?”
Él quería quedarse preso, rememora Rocha, más conocido como Rochita. “Bueno doctor, le digo, aquí la autoridad civil ya sancionó. Yo me llevo a mis guardias, yo lo dejo a usted. Ahí vea usted qué hace con su gente. Yo me voy con mi guardia”. Y así terminó aquello.