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Obispo Jorge Solórzano profeta de tierra adentro


Edwin Sánchez

Si a los 20 años un joven seminarista rechazó la oferta de varios millones de dólares que unos scouts le hicieron para que perteneciera a algún equipo de la NBA, impresionado por su monumental estatura y la facilitad de encestar el balón, ¿acaso podría haber otra tentación mundana que no pudiera vencer ese muchacho, ahora convertido en un Obispo?
Con su traje negro, sencillo, presentándose casi como si fuera él y no nosotros los visitantes de la Conferencia Episcopal, monseñor Jorge Solórzano nos deja con esa sensación agradable de estarle viendo despojado de la pompa de los altos jerarcas de Roma o de cualquier parte, que disfrutan de sus posiciones con los mismos gustos del mundo, amén de colocar distancias artificiales ante el resto de los simples mortales.
Además de sus 1.97 metros de estatura, el religioso destaca por una misión apostólica de alta graduación, que le permite ejercer su trabajo sin pensar en lo que deja atrás, tanto, que con esa misma fe ha barrido fronteras territoriales y hasta sociales. Es capaz de sentirse bien en su antigua parroquia de la capital o en esas comarquitas indocumentadas del norte, porque ni aparecen en los mapas de Nicaragua ni del interés oficial. Hasta allá, sin quererlo, ha construido la imagen de que un Obispo --hasta ahora conocen a uno de carne y hueso-- debe montar mulas, machos y caballos, y fajarse en los terrenos donde la pobreza no es ninguna cifra para los archivos urbanos, sino un puro dolor campesino.
Monseñor Solórzano podría ser definido como un profeta de tierra adentro. Este hombre rural, pero con estudios en México y Roma, cuando niño que pastoreaba “algunas vacas que tenía mi papá” en la comarca de San Andrés de La Palanca, ordeñaba casi al filo de la una de la madrugada, y entre el campo y la escuela…
“Desde muy pequeño sentí ese llamado de Dios repetidas veces, porque en ese tiempo a la comarca llegaba el sacerdote una vez al año a la iglesia Cristo del Rosario, durante las fiestas patronales. No había mucha propaganda ni energía eléctrica, mucho menos televisión. Siento que fue un llamado directo de Dios y no de la publicidad vocacional. En el campo sentí prácticamente como una voz de Dios: “No sigas pastoreando vacas, sino a mi pueblo”.
“Me salvé de ser jesuita”
Como un joven normal, participaba en las fiestas patronales, ponía serenatas con algunos amigos “o tocábamos la guitarra, pero sentía que eso no me llenaba”. Cuando iba a la celebración de la misa, el muchacho intuía: eso es lo mío. Así descubrió “lo que Dios quería para mí, y lo que yo quería para mi vida. A los 14 años quería entrar al seminario. Les dije a los sacerdotes jesuitas que llegaban a dar la misa al Open 3, que quería ser como ellos. Me dijeron que era muy pequeño y que me bachillerara. A los 16, ya bachiller, volví con lo mismo”.
“Los jesuitas quisieron llevarme con esa orden, pero entonces no conocía la distinción entre las congregaciones. Yo era del campo. Ellos me dijeron: “Te vas a estudiar con nosotros”, pero el noviciado lo tenían en Panamá. A mí me dio miedo irme a ese país, es muy largo, dije, porque yo nunca había salido del campo. Por eso me salvé de ser jesuita. Una vez que vine a Managua, donde mi hermana, vi a unos seminaristas cantando la misa. ¡Pero si aquí hay donde estudiar! “Sí”, dijo mi hermana, “es el Seminario Fátima”. Me fui solo, me presenté, y ahí estaba el rector, que era Bosco Vivas, quien me dijo: “‘Venite’. Mis párrocos se enojaron”.
Jorge Solórzano, el hombre: ¿Cómo conciliar la parte que lo jala al mundo y la otra que lo llama a las cosas espirituales?
Como joven tenía mis inquietudes, pero mi carácter y mis orígenes me han ayudado. Es diferente el joven del campo al de la ciudad. El trabajo en el campo y los estudios, no me quedaba tiempo para otras cosas, y mi carácter me ha ayudado. Me gusta la alegría, las fiestas, salir a pasear. Y me gustaba mucho estudiar medicina. El doctor Jorge Solórzano Villalta, familiar, me consiguió una beca para ir a León. Hasta el último momento estuve pensándola, y al final sentí que lo que más me llenaba era seguir radicalmente a Jesucristo. Decidirme por la carrera sacerdotal incomodó a mi padre. Él quería a un médico. Cuando uno siente el llamado de Dios y que eso llena tu vida, las demás cosas del mundo no te cuesta dejarlas.
Su carrera en la Iglesia Católica ha sido una de las más relampagueantes. ¿A qué atribuye usted este hecho?
A los 22 años terminé mis estudios, tres de Filosofía y cuatro de Teología. La edad mínima para ser sacerdote es de 25 años. El cardenal Obando me dijo cuando yo terminé: “¿Y ahora qué hacemos con usted? Está muy joven”.
Me mandaron de pastoral a las comarcas de Tipitapa, y ahí serví. Luego me ordenó de diácono, y cuando cumplí 24, me dice: “Le vamos a dispensar un año, porque el Obispo lo puede hacer”. Y me ordenó el 29 de marzo de 1985 en la Iglesia de la Cruz Grande, en Ciudad Sandino. Pasé de párroco en Mateare y María Inmaculada. Después me envió a estudiar a Roma tres años. Sí, he ido muy rápido. A los 39 me nombraron como Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Managua, el 13 de julio de 2000 y ordenado por el Cardenal.
Usted se va a quemar, me dicen, porque no paramos, vamos a comarcas donde nunca ha llegado un obispo; los campesinos están sorprendidos porque llego a estos lugares. Me dicen que vaya despacio, pienso que no, porque si tengo la salud y la fuerza, me doy totalmente.
¿Dónde estaba usted cuando le comunicaron que el papa Juan Pablo Segundo lo nombraba como Obispo Auxiliar?
Era párroco del Espíritu Santo, de la 14 de Septiembre y de la Nicarao. Cuando me nombraron, yo daba clases en la Universidad Católica. Fue un sábado. Yo no lo esperaba. Yo había visto que los nombramientos se hacen a personas mayores, yo tenía 39 años, y no me preocupaba ni buscaba esos puestos. Dios llama, pero también se vale de causas segundas.
¿Cuál es esa causa segunda?
Yo creo que en mi caso es el cardenal Obando. Trabajé muy cerca con él, fuimos amigos, y cuando estudiaba en Roma yo lo acompañaba. Yo aprendí muchísimo como Obispo Auxiliar, fue mi mejor escuela para poder servir y comprender a la gente.
Llegar a Obispo, ¿qué significó este estatus para su vida?
Es una cruz muy pesada, no lo veo como estatus; es un compromiso, no lo he vivido como un superior, como alguien más importante, sino como alguien que está más comprometido a servir a todos.
El lema episcopal y un país dividido
¿Qué nos quiere decir con su lema episcopal: “Que todos sean uno”?
Ut onmes sint. Me dieron un mes para prepararme. Tenía que preparar el escudo y el lema, entre otras cosas. Estuve en el monasterio de las Madres Clarisas, en Ciudad Darío. Me encerré en una celda a orar, meditar y ayunar. Leyendo la Biblia, le pedí al Señor mi lema, pero ésta no es una simple frase bíblica, sino toda la misión que uno va a tener en el ministerio episcopal, en toda la vida. ¿Cuál es mi misión que me pides, Señor, en este servicio como Obispo? Y siempre me aparecía en la Biblia: “Que todos sean uno”.
Escoge ese lema en un país fragmentado, cada quien con sus tribus económicas, políticas, sociales.
Me parece que es providencial, de parte de Dios, Él ya sabe que iba a realizar este ministerio en un país como usted lo describe, con muchas divisiones, muchas fracturas. Creo que el Señor me da esa misión para servir en este país, tanto a lo interno de la Iglesia como a nivel social. El Evangelio debe incidir en la sociedad. Trabajo por la comunión, por la unidad, que todos seamos uno: creo que eso es el cielo. Si rompemos la comunión, la unidad, sea como persona, como familia, como iglesia, como partidos políticos, estamos ya en el infierno.

"Yo ya rebasé mis metas"
Si alguien se mete a la política, busca ser diputado y hasta presidente. Usted que está en la religión católica, ¿cuál es su meta?
Yo ya rebasé mis metas, porque mi meta era llegar a ser sacerdote del campo, de una comarquita rural. Y ya fui sacerdote de una comunidad rural como Mateare y sus comarcas, fui hasta párroco de mi mismo pueblo, y me hubiera gustado trabajar en el área rural. El Señor me ha llamado a estos servicios. Le decía al Cardenal: mándeme al campo, y él me decía que tenía madera de oficinista, por eso me tenía en la Curia. Ahora estoy feliz en la Diócesis de Matagalpa. Tenemos 530 comunidades rurales y las ando visitando todas, voy contento, a caballo, en macho, en mula. Pienso morir en Matagalpa.

Una tentación millonaria
¿Qué hace un pastor de almas en su tiempo libre?
Tengo muy poco tiempo libre. Pero cuando logro tener unas horas libres, me gusta el deporte, el béisbol, boxeo. Durante el Mundial vi algunos partidos de fútbol, los que pude, para por lo menos informarme. Y también en la lectura, leo bastante. Dejo siempre mis dos horas de estudio por la noche.
¿Qué es lo que estudia?
Me he metido a estudiar el fenómeno de las sectas, porque tenemos un avance muy fuerte de las sectas en el Norte, y este fin de semana leemos esto.
Cuando habla de sectas, algunos le quitan el grado de Iglesia a la Evangélica, ¿a qué se refiere con esto de sectas?
Es sobre todos los movimientos religiosos. Ahí se clasifican iglesias históricas, hay nuevos movimientos como el de la Nueva Era, el mundo del relativismo, hay muchas corrientes, y lo que se llama algunas sectas que pueden clasificarse… a lo mejor Testigos de Jehová, Mormones…
¿Qué deporte le gusta o practica?
Jugué mucho béisbol, de lanzador, primera base. Fildeando me sentía bien porque alguna bola que se iba de jonrón podía alcanzarla por mi brazo. Cuando estudié Teología en México, yo llegué de 18 años. Ahí en el Seminario no jugaban béisbol, entonces me entrenaron para básquetbol. Y me pasó una historia. Como hacíamos partidos con otros seminarios y universidades de México, una vez unos scouts de la NBA que estaban viendo me hicieron la propuesta de que me fuera a esa organización, que me pagarían millones. Yo tenía 18 años (1979), 100 libras menos y me miraban cómo daba los saltos triples y ponía la bola con la mano en el aro, y entonces ellos me hicieron esa propuesta. Fue una tentación.
Yo llamé al entonces Arzobispo, Miguel Obando, y le dije: ...Mire, tengo esta tentación, y él me dice: No se deje vencer por la tentación.
Entonces desprecié esa oferta de esos millones de dólares que me ofrecían en la NBA y me quedé en el Seminario.
¿Cuánto tiempo le dieron los scouts?
Yo les dije que me dieran unos días, y me dieron una semana para que me decidiera. Estaba yo con la duda, y el Cardenal me animó a que no me dejara vencer por esa tentación
¿Si ya venció esa tentación, ya venció todo?
¡Nooo!, estamos en la lucha.
¿Qué equipo era?
No me acuerdo, fue hace 20 y pico de años. Yo traté de olvidar eso para no estarme acordando de esa tentación.
Su altura, por encima del promedio del nicaragüense, ¿qué le ha significado a usted?
Tiene sus ventajas y desventajas. Las desventajas son que no alcanzo en los aviones, y es un sufrimiento para mí viajar. Y cuando voy a visitar al extranjero, después de algunas reuniones voy al alojamiento y no alcanzo en las camas, y duermo con los pies de fuera.
¿Y con las damas? Hay unas que saben echar el ojo.
Son respetuosas, por lo menos a mí no me han dicho nada.
Pero hay miradas.
Puede ser…